Algunas de las cosas que se me ocurren

Categoría: Cartas

Desfigurado

Sr. Juez;

Juro ante mis verdades, ante la realidad que se me asemeja y ante mis deseos. Juro por sobre todo rencor y resto de pasiones que lo que diré es mi más sincera versión de mi raciocino modernizado. Por eso diré lo propio que debe ser oído, aunque ya se haya oído, sólo por el hecho de que sea oído una vez más.

Me quedan cientos de agradecimientos, docenas de prejuicios y milenares errores para ser entendido como un ser humano creado y forjado bajo la luz de este río que fluye en la esencia universal. Y por el simple hecho de conocerlo y alimentarlo durante tanto tiempo, el oscuro no sonará de nuevo en mi corazón.

Quiero que se sienta esa ansiedad de sonidos y trillares. Que se muestre en la cara de todos los inocentes que el encanto está ahí, excitando al presente y mostrando una expresión amigable y serena. Como una tribu adormecida después de tanta fiesta.

Creo entender la vida.

No tiene un destino temporal, es más bien espiritual. Saber que la esencia está en sentir el momento siendo todo lo demás puro cocoliche me acrecienta el universo, me da de comer tanto que me siento satisfecho por cuatro o cinco vidas más. Escucho su llamado y el miedo existe en un tiempo tan efímero como el suspiro. Al igual que lo bueno, lo malo o lo intrascendente. La luz bloquea toda sombra y la desvive.

Rompo con un cristal de armonía y el pasado atribuye un centenar de historias inconclusas.

Lo siento Sr. Juez. Me he corrompido por la esencia de lo bello y me he quedado perplejo al sonreír. Quiero hundirme en esa espesura fresca de dulce y colorida profundidad.

Sr. Juez., mi pecho está abierto a escuchar un último veredicto. A ser parte del derecho divino de justicia que sólo el cauto e intemperamental puede concebir como el centro perfecto de una puja de intereses.

Quisiera correr, eternamente. Ver a través del deseo olvidado, sentir el cataclismo de un colmillo desgarrando la carne del hueso. Corromper el clima de serenidad y devolverle el corazón al pueblo. Sentir por primera vez que el lobo no me va a alcanzar. Pero sentirlo lo más real posible.

Sr. Juez., entiendo que usted no es un ansioso lector de mi vida. Por lo tanto entiendo que usted no sepa toda mi construcción y así poder culpar a todo mi pasado por mi presente para luego mediar mi futuro. Usted no necesita ese pesar y aún menos yo esa excusa. Mi realidad se basa únicamente en mis elecciones. Y, tal vez, algo extra del universo. Pero seamos sinceros, yo soy quien está dejando una última carta.

El instinto me carcome más allá de la prudencia, me entrega el cuerpo a un alma desfavorecida por la amargura social de tener que aceptar todo por lo que es, y sólo conocer la lucha en la máscara crucial de cada día.

Siento cómo me aman, y siento ese amar que me deja perplejo.

Siento una falta de convicción en la realidad que me sorprende.

Siento que lo mejor está por venir. Tal vez porque me siento especial.

Continuamente siento que intentan convencerme de que no soy especial. Y seguramente no lo sea en esta masa amorfa, pero convencerme de ello no me va a ser mejor o peor, no va a cambiar al mundo si ni siquiera puede cambiar al presente. Es simplemente la falta de ego lo que explicaría el por qué la sociedad no admite algo tan simple como es la felicidad en el otro, aunque ello signifique aceptar su deseo primordial de sentirse superior.

No soy mejor que el resto, simplemente especial. Al igual que todos.

Sr. Juez. Soy inocente, y mi vida confirma ese acto de inadvertencia que se ha tenido por traerme hasta aquí. A tener que demostrar por mi pluma que sólo he conseguido una pizca de su atención para que me absuelvan de esta locura.

Porque sólo en el seno de mis sentimientos se encuentra la calma. Tan serena y clara, tan hermosa y descansada. Dejándose llevar por el viento y olvidando el propósito de ser.

Soy un visitante de su mundo y agradezco el pase gratis.

Es loco analizar la distancia cuando no existe.

Te siento tan lejos, y a la vez tan cerca.

Como si me abrazaras con el viento.

De Tripas Corazón

¡Hola Tripa!

Te escribo por acá porque, por alguna razón, nunca te pude responder ese audio que me mandaste. Seguramente ya ni lo recuerdes, pero yo sí, y casi todos los días pienso en eso.

Desde que nos conocimos en la facu hace un par de años formamos un vínculo bastante particular, rodeado de pura buena onda y nada más. Nunca hubo un materialismo, o una intención de lucrar uno con el otro. No teníamos razones ni necesidad. Siempre nos manejamos con afecto y cariño para saludarnos para navidad o fin de año. Una hermosa relación en donde sencillamente nos mandábamos mensajes para decir: “Hola, pienso en vos, un abrazo Tripa”. Y entre esos mensajes nos contamos cosas de nuestro día a día. Tu casamiento, la casa, el fallecimiento de mi viejo, el de tu abuelo, la enfermedad de tu abuela, la puta pandemia, hasta llegar a cosas más triviales como las materias que vamos a cursar o el proyecto en el que estábamos.

Esa tarde de Junio me encontraba desarmando la pileta. Aunque desarmando es un término un poco desacertado refiriéndome a que la estaba rompiendo a martillazos. Hacía calor y todavía no tenía los dolores de muñeca que hoy tengo por esa misma causa. Estaba con ganas y dejaba todas mis angustias y frustraciones en cada martillazo destruyendo las paredes y el piso. Fue hermoso y bastante satisfactorio haber sacado una pileta de cemento de casi 50 años a puro martillazo limpio. Básicamente lo usé como terapia.

Entre martillo y pala escuché tu primer mensaje, saludando y preguntando cómo andaba. Te respondí a los quince minutos contándote la hazaña en la cual me estaba metiendo y de paso te hablé un poco de mis planes con la casa y te invité a hacer un asado en el patio. El día estaba hermoso y toda proyección sobre una futura juntada me alegraba un poco más el corazón.

Tu respuesta cayó media hora después en donde me diste un “si” rotundo a la idea de juntarnos con nuestras novias y seguidamente me dijiste que hacía unos meses habían perdido un embarazo. Mi cerebro se tildó. Una angustia insoportable me recorrió el cuerpo y todas mis extremidades se tensaron. Un impulso eléctrico se hizo cargo de mi espalda y cerré los ojos, no sin antes apretar muy fuerte los dientes. Tragaba saliva mezclada con polvillo y no me importaba. Por mi mente había miles de imágenes tuyas, pero predominaba una particular en donde estabas contándome esto en vivo, con tu sonrisa asimétrica y escapando tu mirada de la mía para no partir en llanto. En esa imagen te abrazaba tan fuertemente como lo estaban haciendo mis manos, y enseguida los dos llorábamos a moco tendido y sin tapujos.

Pero esa imagen no era real. Tal vez era lo que hubiese deseado. Simplemente por el hecho de que en esa imagen no usaba palabras, sólo un abrazo en donde contenía como una presa toda esa energía latente que necesitaba escapar. Y sin embargo, esa imagen me quedó una y otra vez dando vueltas. También los imaginaba a ustedes, a vos y a tu novia, luchando contra esa muralla de injusticia propia de la vida y el destino inocuo del deseo de ser padres.

“Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”. Tal vez con eso era suficiente. Pero para mí era poco. Necesitaba encontrar palabras que expliquen y te hiciesen sentir ese abrazo que imaginaba tan claro y sentido, para que sepas cuánto realmente te quiero, cuánto me afectó esa noticia, pero principalmente para que sepas que acá estoy. Siempre. Para escucharte y abrazarte. Pero algo de mí intentó ser ultra perfeccionista, y no encontré la forma de expresar eso. De alguna u otra manera, no había palabras que digan lo sencillo: “Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”.

Sin pensar en absolutamente nada más que en eso, le dediqué unos minutos a seguir rompiendo la pileta mientras mi cabeza armaba frases para construir el mensaje final. El hecho de que nuestra comunicación tenga algo de delay propio de una vida activa, me dejaba ese margen para pensar qué decir y cómo.

Pasó media hora y el sol estaba cayendo, mi día de trabajo en la pileta se estaba terminando y no dejé de pensar un segundo en qué decirte. Pero no encontraba esas palabras tan obvias y sencillas. Estaban ahí, pero no las veía con claridad. Sentía que no eran suficientes, que más allá de eso tenía que decir algo más, no sé, cualquier cosa. Pero hice lo peor que pude haber hecho alguna vez. Dejarlo para después.

¿¡Por qué!?

Hacía un año que había fallecido mi viejo y recuerdo docenas de mensajes que no decían nada, pero eran más que suficientes. Hubieron mensajes en donde sólo usaron tres palabras “Lo lamento mucho”, y para mi significaron todo. Sólo expresaban que esa persona lo sentía, y que pensaba en mí. En esos momentos entendí que las palabras no importaban, el hecho de “estar” lo era todo.

Pero también hubo mucha gente que nunca escribió, ni llamó, o ni siquiera se acercó. Y sin embargo los entendí, es muy difícil aflorar un sentimiento cuando no se sabe qué decir y tenés el tiempo que te corre. Un gran amigo de mi viejo y toda la familia, el Colo, nunca escribió ni llamó. No apareció por meses pero sabíamos que estaba sufriendo mucho. Una tarde cualquiera, mi hermana se lo encontró por casualidad en la disquería y cuando la vio se le abalanzó sin escrúpulos a abrazarla y se largó a llorar a más no poder. En medio de la disquería, sin que le importe nada.

Hoy me siento como el Colo, lleno de culpa y contradicciones. Te quiero muchísimo Tripa. Y no sé por qué. No tenemos más que una sola materia cursada juntos, pero hubo un algo que flotó y me marcó un amor especial por vos. Y me doy cuenta del cariño que te tengo por lo pesada que está mi consciencia, que me dice que te escriba, que todavía hay tiempo y que nunca es tarde. Siento que te debo una explicación que no existe, una excusa que es más que tonta y que a vos no te interesa, porque seguramente lo que más te importe es que te escriba para decirte que acá estoy, que espero que nos veamos pronto para tomar una birra, hacer un asadito, o que te pida que me cuentes cómo anda tu novia, tu familia y la casa. O tal vez, esperes un simple: “Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”.

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