Algunas de las cosas que se me ocurren

Mes: noviembre 2022

El momento se volvía eterno mientras la música de fondo se convertía en su banda sonora.

De Nada

Recuerdos encerrados en cajones de cristal que se manchan debiendo sostener una cordura final de estrepitosa sensación. Verdades absolutas de ambiciones se corroen y narran historias que cualquier cielo desearía imaginar, pero que están ahí, hechizadas en cuentos y cánticos perdidos en tierras de alta llanura y un bajo helado.

El clima se hizo horrendo, el dolor se agudizó y sus mentalidades se fusionaron construyendo mares y ataduras de millones de notas. Yo creo que no. Aunque no pueda ser cuestionado.

Miradas ancestrales, rituales rítmicos y sofisticados que hacen sombra a un universo apocalíptico y siembran una esperanza de amor y cordialidad tan tierna que derrama un poco de savia amarga. Haciendo bien, tanto bien que ahuyenta tanto mal inventado. Es gracioso satisfacerse de lo mínimo. Estamos tan llenos de esa sazón violeta que nos culmina a sentarnos y no sospechar porque más lindo es ver.

Un vaso de soda en la noche, un auto estacionado en la puerta y el portón que no canta. Reluciente diamante que se frustra por no intentar tocar el carbono de nuestra historia, cuando no depende más que de ello para vivir y ser feliz por lograrlo.

Un gigante absoluto se derrama en tierra y pasto para encontrase a sí mismo, zumbando, aleteando y volviendo a volar. Conociendo las historias más chicas por perder lo más grande, y entender, de una buena vez, que siempre hay que buscar. A eso vinimos.

Desde abajo y bien arriba, bailando, celebrando. Cruzando diablos y mazmorras para llegar a ese tesoro incalculable que no valió el camino porque éste fue más gratificante. Rodados de metal, cadenas de plata y filtros solares que se embalsan en autopistas de sacrificios y desafíos, pero contemplando ese horizonte ancestral cueste lo que cueste. Llamados del pasado que se canalizan en futuro cercano y eterno.

Un siniestro final se hizo presente para aclarar ciertas dudas y restituir ciertas certezas. Levantando un descontrolado huracán que nunca dejó de interpretar la vida como una satisfacción pasajera, bebiendo y destruyendo mitos mientras creaba leyendas. Porque su nombre nunca será olvidado. Un nombre que respira por si solo y se sobresalta cuando el clima desértico se llevaba una caravana puesta. Descarrilando un poco, sin derrapar lo suficiente. Como para sentir la tierra sin escapar de ella.

Un lugar escondido se abre paso a paso a ser un paraíso octogonal que se celebra en la memoria irrisoria de un cuento malogrado, pero con muchísima sinceridad escondida que se escapa a son y sentido. Una olvidada leyenda sobre un contendiente de la vida y la liberación que se presenta como un hermoso amante del destino oculto de sentir que todo tiene una razón hermosa para estar. Una visión asesina que se fragmenta al pensarla y contemplarla en su belleza utópica y siniestra.

Verde locura extraordinaria, triple sensación de cimas y tierras empapadas de un lecho anaranjado y brilloso. Mirando el néctar y creyendo que es miel de abejas, porque la clarividencia del clima no es más que una lustrosa guerra que me miente y desgarra. Sin luchar por luchar, haciéndolo por amor.

Un Camino de Hormigas

El bajón se hacía sentir en las tripas de Guille. Rezongaba por dentro. Las últimas pastillas fueron innecesarias, pero Guille necesitaba subir un poco más. Al menos un rato. Lo mínimo era algo.

– Creo que estoy por vomitar

– No seas boludo. No las escupas.

Guille se dejó caer del lado izquierdo y giró un poco por el pasto para quedar del lado derecho.

– Al revés quedate, no aprietes el hígado que es peor.

A Guille le costó una barbaridad, pero a milímetros de apoyar la mejilla su mundo empezó a girar más de lo que podía controlar. Un sabor amargo y ácido provino de su esófago y produjo un reflejo que hizo escupir algo de saliva rancia. Escupió y se giró dándole la espalda a Darío. Apoyando su costado derecho.

– ¡Dejame acostarme como quiero!

– Hacé como quieras. No me grites.

Darío miró el suelo y se quedó colgado mirando el caminito de las hormigas. Eran las seis y pico de la mañana y estaban recontra activas. El sol había salido hace rato. Darío volvió a ver a Guille y lo encontró en posición fetal. Acostado del lado izquierdo. Sonrió.

Guille tosió y se limpió la baba mezclada con pasto y hormigas.

– Che, Daro…

– ¿Qué?

– ¿Vendemos crack y flash?

– ¿Flash?

– Si, flash, suena re piola para droga.

– No existe el flash.

– Inventemos una droga. Y le ponemos flash. Y la vendemos nosotros solos. Nos hacemos millonarios. ¿Cuál hay?

– Que ni vos ni yo somos bioquímistros como para hacer flash, y menos crear una droga nueva.

– Bioquímicos se dice.

– No importa.

Darío volvió a su mundo mirando las hormigas. Ya tenía las articulaciones de las rodillas duras. Sabía que al moverlas le iban a doler. Empezó de a poco a intentar moverlas, pero era poco, prefería quedarse en cuclillas un rato más mirando las hormigas a tener que soportar el dolor del estiramiento.

– Che, Guille…

– ¿Qué?

– Me va la de flash.

– ¡Viste! ¡Vamos toneladas! No, no hay mucho dinero.

– No tenemos como para toneladas, pero si conseguimos a algún bioquí…mico barato la podemos hacer.

– La de Breaking Bad.

– El papá de Malcolm.

– Ese. Heisenberg.

– Un crack.

– Sería gracioso que el rubio ese se llame flash.

Ambos formalizaron una sonrisa austera y muy sincera, y se quedaron callados un par de minutos. Cada uno tratando de enfocar la vista, y corroborar cada tanto que podían mover los músculos.

La plaza estaba lo suficientemente vacía como para que los dos se sientan tranquilos y el barrio era demasiado placentero como para que pudieran sentirse intimidados de alguna manera. La gente que iba a trabajar sabía esquivarlos.

El sol giró lo suficiente como para pegarle en la cara a Guille. Tragó un pedazo de saliva amarga y pastosa e intentó acomodarse mirando algún punto fijo. Se había quedado dormido unos minutos y en todo ese tiempo Darío se quedó mirando las hormigas y cómo estas esquivaban los palitos que él les tiraba.

– Che, Daro…

– ¿Qué?

– ¿Y si en vez de hacer flash comemos algo? Creo que me siento mal.

– Deberíamos ir a la panadería.

– Comprate unos chispá.

– Pero vení conmigo.

– Dame un rato.

Darío intentó estirar las rodillas, pero sentía que ya estaban agarrotadas al máximo. No iba a ser fácil moverlas. Y se quedó así. Admirando a las hormigas hasta que Guille se levante. En algún momento.

-Che, Guille…

Don Giménez Segundo

Don Giménez no podía más, su boca se estaba transformando en una fábrica de baba espumosa y alaridos cada vez más agudos e insoportables.

-¡Te odio! -, gritaba Don Giménez.

-¡Basta! -, gritó la chica desde adentro.

-¡Te odio! -, gritaba Don Gimenez, e ignoraba los sonidos que se escuchaban desde adentro, estaba concentrado en una única cosa que lo estaba transformando en su versión más horripilante.

-¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! -, y triplicaba el grito para que fuese oído y comprendido.

-¡Basta, Don, Basta! -, grita una vez la chica desde adentro.

Don Gimenez por primera vez la sintió. Miró al suelo y se limpió la baba espumosa. Bufó un par de veces y volvió a tomar aire. Estaba agitado, su corazón no soportaba tanto odio contenido. Pero más allá de eso, Don Giménez se confiaba a sí mismo de ser sociable, apreciable, y hasta amigable con todos. Y sin embargo, odiaba.

Su némesis le era indiferente, escupía una mirada suelta en cada agudo alarido que le proporcionaba Don Giménez.  En el barrio no tenía un nombre definido, y a él poco le importaba. Don Giménez lo odiaba. No había razones más allá de lo comprensible. El viejo era complejo en su carácter y eso lo hacía adorable. Pero ese odio dejaba sin voz a la chica que gritaba desde adentro. El ‘basta’ que le proporcionaba la chica era suficiente como para que Don Giménez supiese que hizo algo malo. Él lo sabía, aunque no lo comprendía. Su maldad no se regía en hacerle la vida imposible a ella, pasaba por un cuarto intermedio en donde no sabía que le estaba haciendo mal. Como cuando meó la alfombra. Don Giménez pensó que era un buen lugar para mear. Pero a la chica le pareció un lugar bastante malo porque le gritó ese día y Don Gimenez lo recuerda con cada grito de ‘basta’ de la chica.

Mientras el tiempo lo vistió con una sabiduría inocente, la vejez trajo consigo algunos problemas de sordera y algo de cadera.

“Los riñones me andan bárbaro”, pensaba cada tanto Don Giménez, estaba contento de que pueda seguir yendo al baño sin problemas. Veía a otros similares a su edad y los veía decadentes y gorditos. Él se sentía cómodo con sus orejas largas casi al suelo y su panza bastante más alejada del suelo. Aunque le pesaba la edad. Estaba siempre cansado. Últimamente dormía más. “De aburrido”, se justificaba para encontrarle una razón. Y se daba una vuelta más para buscar al sol y que no le moleste los ojos.

Y a veces aparecía él.

Y desde la ventana lo miraba dormir a Don Giménez.

No era fetiche. Ni curiosidad.

Aquel que no tenía nombre sólo lo miraba para molestar.

Y Don Giménez lo odiaba por eso.

-¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! -, le gritaba cada vez que lo veía.

-¡Callate, Don Giménez! ¡Pará de ladrar! -, gritaba la chica mientras llegaba con la chancleta. Y al son de un par de gritos pelados cerró la persiana.

Don Giménez quedó a la sombra, y desde el techo aquel que no tenía dueño comenzó maullarle al sol, mientras se tiraba a dormir.

La chica no lo entiende, pero Don Gimenez tiene excelentes razones para odiarlo.

Fuego interno

El dolor es cálido

Enseña vida

El Señor del Tiempo

– Hola, si. Por favor, ¿con el Señor del Tiempo? Si, si, no hay ningún problema, lo aguardo en línea.

Martín se vio consumido en un espiral reaccionario y multidimensional, su momento de gloria se había vaciado y sólo le quedaban algunos recuerdos vagos de sinceridad y postmodernismo.

Tosió un par de veces y se quedó a la espera de que el Señor del Tiempo conteste a su interno. La musiquita monofónica había quedado registrada en los albores de finales del siglo anterior como algo nuevo y muchos ya se hacían eco del mismo programa para construir sus salas de espera con instrumentales basadas en los primeros juegos digitales.

Martín trago saliva y la musiquita comenzó de nuevo. El penitente acto lo constituía como un paciente, un esperador, una nota perdida que se mantiene a lo largo de toda una canción reclinada y sumergida en bastos atardeceres sin sentir más que el sonido cutre y anaranjado del sol escondiendo su calor. Pero Martín no se sentía así. Él estaba esperando en la oscuridad a que el Señor del Tiempo se desocupe para entregarle un poco de su inmensidad abrazadora.

El corazón de Martín empezó a palpitar muchísimo más pesado y lento. Sentía que cada latido escupía una cantidad de sangre que sus venas apenas podían soportar. Pero él esperaba, como aquel que se entristece por perder y sueña con una revancha, moldeando un presente desilusionado y caótico.

Por un instante la musiquita que transmitía la cajita se vació y comenzó de nuevo, Martín se perdió contando la cantidad de veces en que volvió a empezar. Sus dedos se entumecían, su espalda giraba en caída libre cada vez más pronunciada y el sonido ininterrumpido de eco que promocionaba el teléfono se descomponía en un sinfín de melodías inconclusas que no llegaban a construir un presente.

Martín llegó al punto de no-pensar. Se quedó en blanco contemplando la mínima sinfonía y el resultado anacrónico de una cadena de altos y bajos melodramáticos que sustituían un mundo de silencio y desazón. Pero el Señor del Tiempo no lo atendía. La musiquita se escuchaba como un réquiem antagónico y malinterpretado.

Martín comenzó a sentir algo que nacía en ningún lado, pero que estaba ahí. Sus piernas se estremecieron y un calosfríos recorrió varios hilos de nervios que sacudieron un millar de ramificaciones y lograron erizarle los vellos de sus muslos y, poco a poco, también en sus brazos.

Martín comenzó a sentir el dolor de que el Señor del Tiempo lo olvide, como lo ha hecho con todos, alguna vez.

Y colgó.

Sin esperar a que la musiquita termine.

Simplemente interpretando, sintiendo y resignificando al presente.

Entendiendo a su vida como un punto finito.

Lloró y gritó para sentirse libre.

Martín comprendió que el Señor del Tiempo nunca lo iba a atender.

Porque él era el Señor del Tiempo.

Él era el Señor de su Tiempo.

SuperEllos

– Martín se tambaleaba por el pasillo hasta la sala de estar y se tumbó en el sillón marrón. Apenas cayó se dio cuenta de que el control remoto estaba entre los almohadones, pero moverse significaba demasiado esfuerzo y el daño en las costillas ya estaba hecho. Bufó una vez más dejando escapar hasta la última gota de aire y volvió a inspirar llenándose los pulmones hasta el tope.

– Callate Diego, me duele la cabeza.

– Martín estaba cansado, se relamía esperando que alguien le alcance un mate, o una coca bien fría. Sacó su antebrazo de su cara e intentó ver la mesita ratona. Pero no había ni mate, ni coca. Su frustración se hizo aún más frustrante.

– Ya está Diego, pará con esa boludez.

– Martín tiró nuevamente la cabeza para atrás y entendió que su amigo no iba a dejar de narrar todo lo que él estaba haciendo. Martín lo aceptó.

– Sos insoportable

– Dijo Martín y sonrió. Con su último aliento, intentó sacarse el control de la espalda, pero no había lógica en sus movimientos toscos que pululaban a ritmos incomprensibles. Martín largó una carcajada y se dejó caer al suelo. Los cuarenta centímetros que lo alejaban del suelo los realizó en cámara muy lenta, como lo haría una babosa de metro setenta.

– Metro setenta y seis.

– Dijo la babosa Martín desde el suelo.

– ¿No me traes un vaso de agua al menos?

– Martín preguntó al aire, esperanzado y con el agónico suspiro de alguien que le reza al universo para salvar su alma. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza a un costado. La ternura que mostraba Martín era sólo comparable con la de un cachorro de labrador jugando con una pluma. Pero de la misma manera generaba lástima, pena y una culpa impresionante a todo aquel que lo viera y no hiciese nada por salvar su entidad. Martín se rió de nuevo y puso sus manos entre su cachete izquierdo y el suelo. Su amigo no tenía escapatoria, había caído en una trampa de ternura y pena. No tuvo más opción que levantarse e ir hasta la heladera a buscar un vaso de agua bien fría.

– Y si querés andá poniendo el agua en la pava.

– Martín no paraba de dar órdenes. Su amigo ya estaba más cerca de no creerle la mentira de la culpa y seguir siendo el narrador de esta aventura bastante tediosa y embolante. Pero siguió su quest en búsqueda de ese vaso de agua helada que tanto necesita Martín para sobrevivir.

– Y la pava. Dale, después yo armo los mates.

– Martín entró en una espiral hipnótica en donde creía que todo el mundo caería en las mentiras que recitaba. Pero su amigo entendió que Martín, de alguna manera, estaba negociando y aceptó la propuesta, aún sabiendo que muy posiblemente pierda toda su libertad en dedicarse a cumplir caprichos ajenos.

– Che, Diego.

– Martín intentaba comunicarse, pero su amigo ignoraba su llamado. Estaba sacando el agua de la heladera y era un procedimiento muy importante para él, ya que de derramar algo, sólo él podría limpiarlo porque Martín estaba tumbado en el suelo y no se iba a levantar. Martín entendió y se cayó la boca por un rato mientras su amigo hacía todo. Unos segundos después ya estaba en viaje a darle a Martín el bendito vaso de agua.

– Dale Diego, armate los mates.

– Martín intentó reincorporarse pero sólo sabía levantar el brazo por encima de la mesa ratona. Su amigo lo veía cada vez más incómodo y le ofreció acompañarlo a que se duerma. Martín agarró el vaso de agua, lo tomó de un saque y lo devolvió vacío. Formulando una reverencia se reincorporó para enfilar a su pieza.

– ¿Hoy dijiste pulular, no?

– Dijo Martín a pasos de haber iniciado su caminar. Se rió, y su amigo lo entendió como una burla.

– No nabo, no te enojes, lo dije porque es rara la palabra. Como de hace noventa años. No sé, piola.

– Su amigo sonrió y dejó entrever que Martín ya lo tenía cansado. Pero que estaba todo bien, y eso era lo que importaba. Martín miró al baño de camino a su pieza, y giró para prender la luz. Pero no entró. Simplemente lo miró y volvió a apagar la luz. Con un gesto holgazán volvió a su antiguo objetivo que era descansar un rato hasta que se le vaya la resaca.

– ‘Ta mañana Diego.

– Dijo Martín mientras su amigo se daba media vuelta y se iba a preparar los mates que le había prometido Martín que iba a hacer.

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