A veces pienso que en la vida pasan cosas para moldearnos una enseñanza. Y no tienen que ser grandilocuentes en su historia, simplemente una boludez que unta un pedazo de raciocino con un sentimiento, y todo eso resguardado en un recuerdo vívido.
Y así nace una espina silenciosa, que se escucha en momento puntuales, y te trae el recuero de que no hiciste lo que tenías que hacer para estar bien. Pero así como existe la posibilidad de satisfacer ese ardor cada vez que la espina se clava más, también está la posibilidad de que si intentamos extirparla nos rompamos la piel y nos termine infectando.
¿Hay que dejar ser a la espina más allá del dolor del momento esperando a que la sangre se la trague sola?
Mi espina hoy aparece reluciente en un pedazo de porcelanato frente al ventanal. El primero, el que se pisa cuando se entra, y se pisa cuando se sale. El problema es que se encuentra medio despegado, y al medir sesenta centímetros, hay treinta pegados y treinta que chapotean en una arenisca que parece morder y descomprimir minúsculas piedras ya molidas. En otras palabras, una parte hace juego, y lo siento cada vez que la piso. Y me saca la mente.
El nervio que toca es similar a esa espina minúscula que se hace presente en una electricidad ínfima pero que se mantiene vibrando en tu frecuencia negativa un rato. Y medito para encontrarle una solución… sacarla, pegarla así como está, hacerle un tratamiento, o llamar a Luis. Opciones tengo varias pero todas tienen su sangre.
Plata, tiempo, presión de que salga bien porque sino me va a costar el doble de plata y tiempo. Nada es gratis decía un forro. Y ahí está. Siendo otra espina pero a esa sí es más difícil. Tal vez haya que convivir hasta que se termine de despegar y la vuelvo a pegar de nuevo pero sin hacer ninguna rotura y laburándola bien. Aguantar que hoy no es siempre, y ya se va a despegar sola.