No menosprecies nada.
Todo puede sorprenderte.
Categoría: Inconscientes Page 1 of 2
Recuerdos encerrados en cajones de cristal que se manchan debiendo sostener una cordura final de estrepitosa sensación. Verdades absolutas de ambiciones se corroen y narran historias que cualquier cielo desearía imaginar, pero que están ahí, hechizadas en cuentos y cánticos perdidos en tierras de alta llanura y un bajo helado.
El clima se hizo horrendo, el dolor se agudizó y sus mentalidades se fusionaron construyendo mares y ataduras de millones de notas. Yo creo que no. Aunque no pueda ser cuestionado.
Miradas ancestrales, rituales rítmicos y sofisticados que hacen sombra a un universo apocalíptico y siembran una esperanza de amor y cordialidad tan tierna que derrama un poco de savia amarga. Haciendo bien, tanto bien que ahuyenta tanto mal inventado. Es gracioso satisfacerse de lo mínimo. Estamos tan llenos de esa sazón violeta que nos culmina a sentarnos y no sospechar porque más lindo es ver.
Un vaso de soda en la noche, un auto estacionado en la puerta y el portón que no canta. Reluciente diamante que se frustra por no intentar tocar el carbono de nuestra historia, cuando no depende más que de ello para vivir y ser feliz por lograrlo.
Un gigante absoluto se derrama en tierra y pasto para encontrase a sí mismo, zumbando, aleteando y volviendo a volar. Conociendo las historias más chicas por perder lo más grande, y entender, de una buena vez, que siempre hay que buscar. A eso vinimos.
Desde abajo y bien arriba, bailando, celebrando. Cruzando diablos y mazmorras para llegar a ese tesoro incalculable que no valió el camino porque éste fue más gratificante. Rodados de metal, cadenas de plata y filtros solares que se embalsan en autopistas de sacrificios y desafíos, pero contemplando ese horizonte ancestral cueste lo que cueste. Llamados del pasado que se canalizan en futuro cercano y eterno.
Un siniestro final se hizo presente para aclarar ciertas dudas y restituir ciertas certezas. Levantando un descontrolado huracán que nunca dejó de interpretar la vida como una satisfacción pasajera, bebiendo y destruyendo mitos mientras creaba leyendas. Porque su nombre nunca será olvidado. Un nombre que respira por si solo y se sobresalta cuando el clima desértico se llevaba una caravana puesta. Descarrilando un poco, sin derrapar lo suficiente. Como para sentir la tierra sin escapar de ella.
Un lugar escondido se abre paso a paso a ser un paraíso octogonal que se celebra en la memoria irrisoria de un cuento malogrado, pero con muchísima sinceridad escondida que se escapa a son y sentido. Una olvidada leyenda sobre un contendiente de la vida y la liberación que se presenta como un hermoso amante del destino oculto de sentir que todo tiene una razón hermosa para estar. Una visión asesina que se fragmenta al pensarla y contemplarla en su belleza utópica y siniestra.
Verde locura extraordinaria, triple sensación de cimas y tierras empapadas de un lecho anaranjado y brilloso. Mirando el néctar y creyendo que es miel de abejas, porque la clarividencia del clima no es más que una lustrosa guerra que me miente y desgarra. Sin luchar por luchar, haciéndolo por amor.
Desde donde me fui.
Regresando al galope encantado.
Erigiendo un pedestal.
Sabiendo siempre que lo que fui a buscar.
Era entender que aquello que me hace bien está acá.
Y siempre estuvo sin comparar.
—–
Desde que me fui.
Regresando con aullido encantado.
De un delfín coral.
Admirando la belleza magna y liberal.
De lo que me vio nacer, creer y crear.
Siendo yo y nada más
Hoy condenso con el viento, mientras confieso con la lluvia.
Cientos de truenos se esparcen para ver una mirada inútil y fugaz, volando y triturando las costillas de un pájaro que nunca tuvo el sueño de sentir el suelo desde lejos.
Me ciego al ver el resplandor de un alma que no comparte una idea, y se guarda para sí sus recuerdos de amor y crianzas. Que nunca fueron la solución a una vida de deseo eterno, pero que colaboraron para formar una canción interna y amante de la aventura, de los desconocido y del mirar para adelante.
Buscando.
Replicando.
Sintiendo la miel.
Descubriendo la esencia.
Perdiendo el control.
Dejándose llevar.
Volviendo a elegir.
Y volviendo a buscar.
Esa magia intacta que nunca dejó de formar olas y centellas. Porque el cielo, una vez más, recorre un modelo clandestino del sentir imperfecto y perturbado.
Rompiendo.
Abriendo.
Olvidando la sonrisa.
Certera, y amigable.
Desprovista de una amargura casi animal.
Que llora por olvidarse del sol. Y escribe canciones de resplandores instantáneos.
Y permitiendo que la altura corroa lo menos oxidado de algunas luces.
Hoy crezco con el viento, mientras creo con la lluvia.
Versalitas y miradas de chatarra cotorrera.
Frío polar de un antiguo sueño que añeja una sabiduría que alcanza el día y la noche. Se sume a sí mismo en búsqueda del letargo.
De la muerte suave y vibrante.
De la fuerza procuradora de la literatura.
Del abrazo de una madre.
Desde un abismo ciego y sin señales.
Porque la pasión sin amor es simplemente energía malgastada en un objetivo redundante y tan poco anecdótico que no tiene ningún sentido.
Verde-agua, gritos y penumbra. Dueños del espacio ínfimo que transforman la calma del huracán en una estampida inalcanzable. Tiempos que circundan y malgastan la vida de la gota de rocío que desaparece en el aire.
Verdad para elegir, y para creer.
¿Hasta dónde llega la mirada del otro?
¿Hasta dónde llega nuestra idea de la mirada del otro?
¿Somos la mirada del otro?
¿O el resultado de la mirada del otro?
¿Y si esa mirada es en realidad una proyección?
¿O algo así como una idea nuestra de lo que suponemos del otro?
¿Es tan importante la mirada?
¿Sentirse mirado?
¿Significa confabular contra uno mismo?
¿Acaso uno mismo crea ese ojo observador y amenazante?
¿Ese ojo es realmente el otro?
¿O ese otro también es creación nuestra?
¿No somos más que un eterno eco de miradas en nuestra mente?
¿Un sinfín de malabares desordenados?
¿O un armado sencillo y antidemocrático de inexperiencias?
Donde estoy yo hay un otro.
Yo soy uno y otro.
Yo convivo en mi psiquis y conmigo.
Obteniendo un eco prematuro y aglutinante.
Que condecora e imagina.
Que sueña e idealiza.
Una imagen proyectada de mis recuerdos.
Atravesada por millones de estímulos.
A los que les doy un sentido.
Negativo y positivo y objetivo.
Pero escuchando.
Y siendo mirado.
Por mi y por ese otro que creo en mí.
Esperando conformarlo.
Algún día.
Me paro a pensar, un segundo, un instante de más.
Reparando en el sentido por entender,
de una buena vez,
la ironía en conquistar el segundo puesto,
una y otra vez.
Porque no entiendo y no comprendo el por qué.
¿Qué sentido armonioso tiene conquistar un desierto agreste?
Sin sentir y sin pensar, ni un segundo más, en llegar a ganar.
Esa decisiva final,
ese último peldaño,
para no sentirse completado.
Tal vez.
¿Serán las ganas de empatar,
destinando su vida a vivir,
aceptando el destino de ser y estar,
sin la necesidad de parecer y semejar?
¿Vale la pena olvidar,
y sólo dejar pasar,
ese mal-trago que embriaga el objetivo,
borrando y perdiendo,
o simplemente disolviendo,
ese segundo de ironía, que recuerda y congela,
y escabulle un sentido de frustración ascendente,
de otra ironía latente?
O sólo tal vez,
será esa necesidad,
de sólo por un segundo,
ser el significado en la vida de alguien más.
O sólo tal vez,
esté en esa ironía histórica de vivir,
sólo para recordar,
que el primero está allá,
y que no queda más,
que superarse para llegar,
y de una buena vez.
Irónicamente,
el segundo es un estado mental,
un número transformado en ordinal,
un segundo en la vida de alguien más,
y eternamente el primero será,
cuando entienda, comprenda y vea,
que aparece en muchas más vidas,
de las se pueda imaginar.
Será dueño de recuerdos,
de segundos y años,
de vidas eternas compartidas,
amadas, añoradas y queridas,
valoradas por lo más mínimo,
por lo más ínfimo,
lo más íntimo,
por ese segundo compartido,
que cambió la vida por demás,
irónicamente otra vez.
Y una vez más.
Reversionando.
Justificando y cumpliendo.
Andando derecho y celebrando un camino.
Por ser ese cimiento encontrado, por ser un concepto de alegría y emoción oculto en ojos fuertemente cerrados. Sólo por estar en ese lugar.
Mintiendo y otorgando sentido.
Cumpliendo y satisfaciendo.
Reversionando.
Dr. Oktubre ruega por encontrar aquello que busca.
Intenta alcanzar un oro que brilla al sol. No sabe si realmente es oro, o simplemente algo dorado.
No le encuentra la forma al bollo de masa, pero asume que debe ser tan esférico como la gravedad le permita.
Una hoja cae de lo más bajo de un árbol. No del medio, no de arriba. No de un costado o del otro. Simplemente cae de lo más bajo.
“La teca no pasa por buscar la respuesta a una pregunta, sino por encontrar una pregunta que todavía no tenga respuesta”, dijo, y se echó a descansar mirando la lluvia del lunes.
Cientos de bastones de madera se posan para dejarme ver el final del océano.
El rosa del horizonte se va transformando en un oscuro show de luces que siempre me acompaña. Pero el sonido trémulo de un cántico armonioso aclama por mi descanso.
El cambio es un accidente en el tiempo, y que gracias a él, nace la vida.