Me paro a pensar, un segundo, un instante de más.
Reparando en el sentido por entender,
de una buena vez,
la ironía en conquistar el segundo puesto,
una y otra vez.
Porque no entiendo y no comprendo el por qué.
¿Qué sentido armonioso tiene conquistar un desierto agreste?
Sin sentir y sin pensar, ni un segundo más, en llegar a ganar.
Esa decisiva final,
ese último peldaño,
para no sentirse completado.
Tal vez.
¿Serán las ganas de empatar,
destinando su vida a vivir,
aceptando el destino de ser y estar,
sin la necesidad de parecer y semejar?
¿Vale la pena olvidar,
y sólo dejar pasar,
ese mal-trago que embriaga el objetivo,
borrando y perdiendo,
o simplemente disolviendo,
ese segundo de ironía, que recuerda y congela,
y escabulle un sentido de frustración ascendente,
de otra ironía latente?
O sólo tal vez,
será esa necesidad,
de sólo por un segundo,
ser el significado en la vida de alguien más.
O sólo tal vez,
esté en esa ironía histórica de vivir,
sólo para recordar,
que el primero está allá,
y que no queda más,
que superarse para llegar,
y de una buena vez.
Irónicamente,
el segundo es un estado mental,
un número transformado en ordinal,
un segundo en la vida de alguien más,
y eternamente el primero será,
cuando entienda, comprenda y vea,
que aparece en muchas más vidas,
de las se pueda imaginar.
Será dueño de recuerdos,
de segundos y años,
de vidas eternas compartidas,
amadas, añoradas y queridas,
valoradas por lo más mínimo,
por lo más ínfimo,
lo más íntimo,
por ese segundo compartido,
que cambió la vida por demás,
irónicamente otra vez.
Y una vez más.
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