“¡Y que sea la última vez!”, le gritó. Estaba enojado y muy molesto. La sopa le había salido pésima y se la agarraba con el pibe por una macana que se había mandado.

“Eso es proyectar”, se dijo así mismo mientras veía las lágrimas del pibe. Hasta donde él sabía, no quedaban dudas de que un vaso roto no significaba tanto escarmiento.

“Pero si me hubiese pasado a mí de chico, hasta con el cinturón me daban”, se justificaba. Una y otra vez justificaba cada una de sus acciones, y sin embargo eso le hacía pensar.

“Soy mejor que mis viejos”, se repetía. Pero no le gustaba esa frase.

“Yo no soy mis viejos”, esgrimía para adentro mientras veía caminar al pibe directo a su pieza sin comer.

“¡Concha!”, y dejó de pensar por un rato. Pidió una pizza de puerros y palmitos. Esa que más le gusta al pibe, y se la llevó a la pieza con un vaso de coca.

“Que no se entere tu madre”, le dijo mientras le guiñaba el ojo. El pibe entendía mejor que nadie que esa era su peculiar forma de pedir perdón.