Algunas de las cosas que se me ocurren

Mes: octubre 2021

De Circos & Cirqueros

– Y dime, ¿Hasta cuándo tendré que soportar tus atrevimientos?

Las venas de su muñeca se trenzaron como ríos. Su tensión se podía medir en onzas. Su ojo izquierdo se retorció y lo cerró enseguida.

Recordaba sus épocas de inexperto, y cómo pagaba por sus errores. “Si tan solo hubieses nacido en mis dorados veinte…”, rezaba por dentro.

– Ven muchacho. Así es el sistema. Lo entenderás mejor de grande. Ve a jugar y olvídate por un segundo de que las cosas están mal.

El viejo se guardó todas sus emociones y las terminó canalizando en pequeñas supernovas de Alplax.

Bendijo una vez más al muchacho y se marchó.

Esperando nunca más volver a verlo.

Y así fue.

De Tripas Corazón

¡Hola Tripa!

Te escribo por acá porque, por alguna razón, nunca te pude responder ese audio que me mandaste. Seguramente ya ni lo recuerdes, pero yo sí, y casi todos los días pienso en eso.

Desde que nos conocimos en la facu hace un par de años formamos un vínculo bastante particular, rodeado de pura buena onda y nada más. Nunca hubo un materialismo, o una intención de lucrar uno con el otro. No teníamos razones ni necesidad. Siempre nos manejamos con afecto y cariño para saludarnos para navidad o fin de año. Una hermosa relación en donde sencillamente nos mandábamos mensajes para decir: “Hola, pienso en vos, un abrazo Tripa”. Y entre esos mensajes nos contamos cosas de nuestro día a día. Tu casamiento, la casa, el fallecimiento de mi viejo, el de tu abuelo, la enfermedad de tu abuela, la puta pandemia, hasta llegar a cosas más triviales como las materias que vamos a cursar o el proyecto en el que estábamos.

Esa tarde de Junio me encontraba desarmando la pileta. Aunque desarmando es un término un poco desacertado refiriéndome a que la estaba rompiendo a martillazos. Hacía calor y todavía no tenía los dolores de muñeca que hoy tengo por esa misma causa. Estaba con ganas y dejaba todas mis angustias y frustraciones en cada martillazo destruyendo las paredes y el piso. Fue hermoso y bastante satisfactorio haber sacado una pileta de cemento de casi 50 años a puro martillazo limpio. Básicamente lo usé como terapia.

Entre martillo y pala escuché tu primer mensaje, saludando y preguntando cómo andaba. Te respondí a los quince minutos contándote la hazaña en la cual me estaba metiendo y de paso te hablé un poco de mis planes con la casa y te invité a hacer un asado en el patio. El día estaba hermoso y toda proyección sobre una futura juntada me alegraba un poco más el corazón.

Tu respuesta cayó media hora después en donde me diste un “si” rotundo a la idea de juntarnos con nuestras novias y seguidamente me dijiste que hacía unos meses habían perdido un embarazo. Mi cerebro se tildó. Una angustia insoportable me recorrió el cuerpo y todas mis extremidades se tensaron. Un impulso eléctrico se hizo cargo de mi espalda y cerré los ojos, no sin antes apretar muy fuerte los dientes. Tragaba saliva mezclada con polvillo y no me importaba. Por mi mente había miles de imágenes tuyas, pero predominaba una particular en donde estabas contándome esto en vivo, con tu sonrisa asimétrica y escapando tu mirada de la mía para no partir en llanto. En esa imagen te abrazaba tan fuertemente como lo estaban haciendo mis manos, y enseguida los dos llorábamos a moco tendido y sin tapujos.

Pero esa imagen no era real. Tal vez era lo que hubiese deseado. Simplemente por el hecho de que en esa imagen no usaba palabras, sólo un abrazo en donde contenía como una presa toda esa energía latente que necesitaba escapar. Y sin embargo, esa imagen me quedó una y otra vez dando vueltas. También los imaginaba a ustedes, a vos y a tu novia, luchando contra esa muralla de injusticia propia de la vida y el destino inocuo del deseo de ser padres.

“Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”. Tal vez con eso era suficiente. Pero para mí era poco. Necesitaba encontrar palabras que expliquen y te hiciesen sentir ese abrazo que imaginaba tan claro y sentido, para que sepas cuánto realmente te quiero, cuánto me afectó esa noticia, pero principalmente para que sepas que acá estoy. Siempre. Para escucharte y abrazarte. Pero algo de mí intentó ser ultra perfeccionista, y no encontré la forma de expresar eso. De alguna u otra manera, no había palabras que digan lo sencillo: “Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”.

Sin pensar en absolutamente nada más que en eso, le dediqué unos minutos a seguir rompiendo la pileta mientras mi cabeza armaba frases para construir el mensaje final. El hecho de que nuestra comunicación tenga algo de delay propio de una vida activa, me dejaba ese margen para pensar qué decir y cómo.

Pasó media hora y el sol estaba cayendo, mi día de trabajo en la pileta se estaba terminando y no dejé de pensar un segundo en qué decirte. Pero no encontraba esas palabras tan obvias y sencillas. Estaban ahí, pero no las veía con claridad. Sentía que no eran suficientes, que más allá de eso tenía que decir algo más, no sé, cualquier cosa. Pero hice lo peor que pude haber hecho alguna vez. Dejarlo para después.

¿¡Por qué!?

Hacía un año que había fallecido mi viejo y recuerdo docenas de mensajes que no decían nada, pero eran más que suficientes. Hubieron mensajes en donde sólo usaron tres palabras “Lo lamento mucho”, y para mi significaron todo. Sólo expresaban que esa persona lo sentía, y que pensaba en mí. En esos momentos entendí que las palabras no importaban, el hecho de “estar” lo era todo.

Pero también hubo mucha gente que nunca escribió, ni llamó, o ni siquiera se acercó. Y sin embargo los entendí, es muy difícil aflorar un sentimiento cuando no se sabe qué decir y tenés el tiempo que te corre. Un gran amigo de mi viejo y toda la familia, el Colo, nunca escribió ni llamó. No apareció por meses pero sabíamos que estaba sufriendo mucho. Una tarde cualquiera, mi hermana se lo encontró por casualidad en la disquería y cuando la vio se le abalanzó sin escrúpulos a abrazarla y se largó a llorar a más no poder. En medio de la disquería, sin que le importe nada.

Hoy me siento como el Colo, lleno de culpa y contradicciones. Te quiero muchísimo Tripa. Y no sé por qué. No tenemos más que una sola materia cursada juntos, pero hubo un algo que flotó y me marcó un amor especial por vos. Y me doy cuenta del cariño que te tengo por lo pesada que está mi consciencia, que me dice que te escriba, que todavía hay tiempo y que nunca es tarde. Siento que te debo una explicación que no existe, una excusa que es más que tonta y que a vos no te interesa, porque seguramente lo que más te importe es que te escriba para decirte que acá estoy, que espero que nos veamos pronto para tomar una birra, hacer un asadito, o que te pida que me cuentes cómo anda tu novia, tu familia y la casa. O tal vez, esperes un simple: “Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”.

Ojos al Viento

– ¡Es un idiota, jefe! ¡Ese robot no merece el MVP! ¡El premio debería ser mío!

– Te lo he dicho desde el comienzo Jett, eres demasiado buena, pero no sabes jugar en equipo.

– ¿Acaso eso es un equipo? Pfff, esos idiotas no podrían ganar nada sin mí y usted lo sabe.

– Tu rebeldía no te llevará a ningún lado.

– No me rebelo contra nada. Y ya deme el maldito MVP.

– Primero juega en equipo, y luego tendrás tu premio.

– Ese robot no lo merece.

– Ese robot logró quince asistencias.

– Y yo he matado al equipo enemigo entero, ¡tres veces! ¿Acaso no son suficientes las muertes?

– No cuando todo tu equipo también muere.

– Ellos son unos idiotas. Y usted también.

– Controla tu actitud Jett. De lo contrario te sacaré del equipo.

– No puede jefe, soy demasiado buena.

– Vete al diablo Jett.

– Oblígueme.

[xxx]

Por Siempre

“No te veo hace tiempo, pero sé que estás bien. De alguna u otra manera lo sé. Tal vez sea esa briza que me acompaña, o ese amargo final de saber que no volveré a verte aunque sepa que estés bien”.

El motor se encendió y sus mechones blancos se sacudieron por debajo del casco. La navaja cayó al suelo. Ella sabía que era en vano, pero sin embargo la dejó tirada ahí, junto a su última lágrima.

“Por siempre.”, dijo y aceleró. El reflejo de la hoja recorrió por horas el camino de luces que dejaba la motocicleta.

Años más tarde, una nueva lágrima formó un huracán en sus manos. Olvidando el recuerdo de la navaja. Por siempre.

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