– Y dime, ¿Hasta cuándo tendré que soportar tus atrevimientos?

Las venas de su muñeca se trenzaron como ríos. Su tensión se podía medir en onzas. Su ojo izquierdo se retorció y lo cerró enseguida.

Recordaba sus épocas de inexperto, y cómo pagaba por sus errores. “Si tan solo hubieses nacido en mis dorados veinte…”, rezaba por dentro.

– Ven muchacho. Así es el sistema. Lo entenderás mejor de grande. Ve a jugar y olvídate por un segundo de que las cosas están mal.

El viejo se guardó todas sus emociones y las terminó canalizando en pequeñas supernovas de Alplax.

Bendijo una vez más al muchacho y se marchó.

Esperando nunca más volver a verlo.

Y así fue.