Estuve caminando durante horas y el sol ya estaba en su cuarto de caída. Fui picando de monte en monte buscando algo para comer pero no había nada. O al menos no se me ocurría qué poder comer. Los árboles eran ásperos y con hojas muy pequeñas y sin carne.
Me senté a descansar un poco. Tenía las piernas cansadas aunque ya se estaban moviendo por cuenta propia. Hubo ciertos momentos en donde una puntada se colaba en la rodilla izquierda, y me obligaba a dejarla en paz un tiempo. El tronido de los pájaros revivía en el ambiente y se mezclaban con el sonido del viento golpeando a las ramas unas con otras.
El campo estaba vivo y no lo percibía mientras caminaba. Seguí el recorrido de los pájaros y vi que había decenas de distintos colores, formas y tamaños. Con alas largas, colas en V, gordos y algunos volando tan alto que no se podían distinguir si ya los había visto.
Siguiendo el recorrido de uno en particular que frenó en la copa del árbol en donde estaba yo, vi que se puso a comer de una fruta que nunca me percaté que estaba. Tosí en mi sorpresa y el pájaro voló al notar mi presencia.
De entre las ramas de los árboles nacía una enredadera trepadora de ramas verdes carnosas pero muy delicada con una flor violeta muy particular y unas bayas del tamaño de un pulgar verdes, amarillas y naranjas. Ya había visto la planta colgada en otros árboles, me llamaban mucho la atención las flores que eran peculiarmente extravagantes. Pero nunca me había percatado de sus frutos.
Analicé un poco más la planta, me llamaba la atención que sólo los frutos más anaranjados estaban carcomidos y huecos.
“Esos deben ser los que están más maduros”, pensé.
No había ninguno de color naranja que pueda alcanzar sin cortarme con alguna espina del árbol, así que agarré el que yo consideré más maduro que tenía al alcance. Le costó separarse de la planta y sin intensión lo estrujé al sacarlo. Era esponjoso al tacto y al partirlo se mostraron cientos de bolitas de agua con un tinte rojizo. Algunas eran casi transparentes.
“¿Serán estas cosas lo que comen los pájaros? Se ven más rojos en los comidos”
Algo me decía que iba a ser de un gusto muy poco agradable.
Y, nuevamente, ese algo no se confundió. Apenas partí una de las bolita con el diente, un gusto ácido y picoso se adueñó del lugar y comenzó a expandirse por toda la boca. La lengua se torcía por sí sola, y mientras mis labios se quedaban sin saliva, la panza se me contraía. Quería escupirlo.
Pero probé de nuevo, tenía que comer algo. El hambre era más fuerte que el gusto y algo me impulsó a terminar de comer eso. Acepté el gusto simplemente para acallar la panza. Y funcionó.
Asumiendo resignadamente que tendría que ingerir esa comida, hice una última respiración fuerte y comencé a engullir uno tras otro. Mi cerebro no tenía eco. Mi panza estaba contenida.
Era sentirme bien. Comer.
Perdí la cuenta en el cuarto, o quinto. Cada tanto tenía un reflujo que me obligaba a resignificar el fruto y buscar alguno más maduro. Pero estaba muy bien comiendo, hasta que un reflejo se lleva a la fuerza mi concentración.
“… Mburucuyá!”, escuché en mi cerebro de golpe.
Me sorprendí. ¿Cómo sabía eso?
– Mburucuyá -, solté con mi voz.
Necesitaba escuchar cómo sonaba. La voz no me resultaba ajena. Miré lo que me quedaba en la mano y la recordé. Recordé cómo era, y sabía que el gusto era este, y sabía también que le faltaba madurar. Le faltaba un gusto dulce particular.
– Mbu-ru-cu-yá -, nuevamente en voz alta, pero ahora separando las sílabas. Como si fuese un juego para mí. Quería divertirme. Necesitaba divertirme y sentirme bien. La panza no estaba tan quejosa, aunque el hambre siga ahí latente. El retumbar en la cabeza tampoco molestaba tanto. Era apenas imperceptible.
“Creo que también se llama Pasiflora, pero Mburucuyá suena mejor”, brotó de mi mente un recuerdo más. Algo me daba el conocimiento de saber qué era lo que tenía en la mano.
Necesitaba seguir comiendo, pero ya los que quedaban en ese monte apenas tenían forma. Miré a la distancia a ver si podía reconocer algún monte que tenga en las cercanías, achiqué los ojos en busca de enfoque y lograr tapar un poco el sol. Intenté recordar en qué otros montes había visto esa flor, pero todos eran más o menos iguales para mí y a la distancia no se apreciaban bien.
El objeto con bordes perfectos se erguía en el medio de la nada. Seguía sin distinguirlo, estaba bastante lejos todavía. Definitivamente no era un árbol, ¿una piedra enorme? No sentía que pueda ser algo que tenga comida, por lo que intenté despejarlo de mi cabeza y buscar algún monte que me provea de más frutos.
La curiosidad podía esperar un tiempo, al menos hasta que termine de comer.