— ¡El muñeco está en llamas! —, gritó desde el fondo de la garita. Pero del otro lado, el único testigo del acto era una cámara apagada. Él no lo sabía, y seguía en su miseria exclamando: — ¡El muñeco está en llamas!

Tardó varias horas en entender que ese muñeco no se apagaría, que seguiría en llamas hasta que algo más pase o simplemente aparte su vista.

— Si no lo veo, el muñeco se apaga —, dijo esperando que su deseo se haga realidad.

Cerró lo ojos, y se puso a meditar en silencio. El ruido del ambiente se quedaba en una estela de vibraciones que oscilaban en una frecuencia muy baja, pero el sonido de las llamas nunca fue parte de la escena.

— El muñeco está dormido —, comenzó a decir, una, y otra, y otra vez, hasta que él mismo se quedó dormido, esperando que las llamas sigan extintas por el simple hecho de no verlas. Su garita se oscureció, y permaneció inmóvil, aunque en su mente se haya reducido a convertirse en una pequeña cajita de fósforos.

Un chispazo atravesó sus sueños, pero su muñeco seguía apagado.