– Martín se tambaleaba por el pasillo hasta la sala de estar y se tumbó en el sillón marrón. Apenas cayó se dio cuenta de que el control remoto estaba entre los almohadones, pero moverse significaba demasiado esfuerzo y el daño en las costillas ya estaba hecho. Bufó una vez más dejando escapar hasta la última gota de aire y volvió a inspirar llenándose los pulmones hasta el tope.
– Callate Diego, me duele la cabeza.
– Martín estaba cansado, se relamía esperando que alguien le alcance un mate, o una coca bien fría. Sacó su antebrazo de su cara e intentó ver la mesita ratona. Pero no había ni mate, ni coca. Su frustración se hizo aún más frustrante.
– Ya está Diego, pará con esa boludez.
– Martín tiró nuevamente la cabeza para atrás y entendió que su amigo no iba a dejar de narrar todo lo que él estaba haciendo. Martín lo aceptó.
– Sos insoportable
– Dijo Martín y sonrió. Con su último aliento, intentó sacarse el control de la espalda, pero no había lógica en sus movimientos toscos que pululaban a ritmos incomprensibles. Martín largó una carcajada y se dejó caer al suelo. Los cuarenta centímetros que lo alejaban del suelo los realizó en cámara muy lenta, como lo haría una babosa de metro setenta.
– Metro setenta y seis.
– Dijo la babosa Martín desde el suelo.
– ¿No me traes un vaso de agua al menos?
– Martín preguntó al aire, esperanzado y con el agónico suspiro de alguien que le reza al universo para salvar su alma. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza a un costado. La ternura que mostraba Martín era sólo comparable con la de un cachorro de labrador jugando con una pluma. Pero de la misma manera generaba lástima, pena y una culpa impresionante a todo aquel que lo viera y no hiciese nada por salvar su entidad. Martín se rió de nuevo y puso sus manos entre su cachete izquierdo y el suelo. Su amigo no tenía escapatoria, había caído en una trampa de ternura y pena. No tuvo más opción que levantarse e ir hasta la heladera a buscar un vaso de agua bien fría.
– Y si querés andá poniendo el agua en la pava.
– Martín no paraba de dar órdenes. Su amigo ya estaba más cerca de no creerle la mentira de la culpa y seguir siendo el narrador de esta aventura bastante tediosa y embolante. Pero siguió su quest en búsqueda de ese vaso de agua helada que tanto necesita Martín para sobrevivir.
– Y la pava. Dale, después yo armo los mates.
– Martín entró en una espiral hipnótica en donde creía que todo el mundo caería en las mentiras que recitaba. Pero su amigo entendió que Martín, de alguna manera, estaba negociando y aceptó la propuesta, aún sabiendo que muy posiblemente pierda toda su libertad en dedicarse a cumplir caprichos ajenos.
– Che, Diego.
– Martín intentaba comunicarse, pero su amigo ignoraba su llamado. Estaba sacando el agua de la heladera y era un procedimiento muy importante para él, ya que de derramar algo, sólo él podría limpiarlo porque Martín estaba tumbado en el suelo y no se iba a levantar. Martín entendió y se cayó la boca por un rato mientras su amigo hacía todo. Unos segundos después ya estaba en viaje a darle a Martín el bendito vaso de agua.
– Dale Diego, armate los mates.
– Martín intentó reincorporarse pero sólo sabía levantar el brazo por encima de la mesa ratona. Su amigo lo veía cada vez más incómodo y le ofreció acompañarlo a que se duerma. Martín agarró el vaso de agua, lo tomó de un saque y lo devolvió vacío. Formulando una reverencia se reincorporó para enfilar a su pieza.
– ¿Hoy dijiste pulular, no?
– Dijo Martín a pasos de haber iniciado su caminar. Se rió, y su amigo lo entendió como una burla.
– No nabo, no te enojes, lo dije porque es rara la palabra. Como de hace noventa años. No sé, piola.
– Su amigo sonrió y dejó entrever que Martín ya lo tenía cansado. Pero que estaba todo bien, y eso era lo que importaba. Martín miró al baño de camino a su pieza, y giró para prender la luz. Pero no entró. Simplemente lo miró y volvió a apagar la luz. Con un gesto holgazán volvió a su antiguo objetivo que era descansar un rato hasta que se le vaya la resaca.
– ‘Ta mañana Diego.
– Dijo Martín mientras su amigo se daba media vuelta y se iba a preparar los mates que le había prometido Martín que iba a hacer.
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