Don Giménez no podía más, su boca se estaba transformando en una fábrica de baba espumosa y alaridos cada vez más agudos e insoportables.

-¡Te odio! -, gritaba Don Giménez.

-¡Basta! -, gritó la chica desde adentro.

-¡Te odio! -, gritaba Don Gimenez, e ignoraba los sonidos que se escuchaban desde adentro, estaba concentrado en una única cosa que lo estaba transformando en su versión más horripilante.

-¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! -, y triplicaba el grito para que fuese oído y comprendido.

-¡Basta, Don, Basta! -, grita una vez la chica desde adentro.

Don Gimenez por primera vez la sintió. Miró al suelo y se limpió la baba espumosa. Bufó un par de veces y volvió a tomar aire. Estaba agitado, su corazón no soportaba tanto odio contenido. Pero más allá de eso, Don Giménez se confiaba a sí mismo de ser sociable, apreciable, y hasta amigable con todos. Y sin embargo, odiaba.

Su némesis le era indiferente, escupía una mirada suelta en cada agudo alarido que le proporcionaba Don Giménez.  En el barrio no tenía un nombre definido, y a él poco le importaba. Don Giménez lo odiaba. No había razones más allá de lo comprensible. El viejo era complejo en su carácter y eso lo hacía adorable. Pero ese odio dejaba sin voz a la chica que gritaba desde adentro. El ‘basta’ que le proporcionaba la chica era suficiente como para que Don Giménez supiese que hizo algo malo. Él lo sabía, aunque no lo comprendía. Su maldad no se regía en hacerle la vida imposible a ella, pasaba por un cuarto intermedio en donde no sabía que le estaba haciendo mal. Como cuando meó la alfombra. Don Giménez pensó que era un buen lugar para mear. Pero a la chica le pareció un lugar bastante malo porque le gritó ese día y Don Gimenez lo recuerda con cada grito de ‘basta’ de la chica.

Mientras el tiempo lo vistió con una sabiduría inocente, la vejez trajo consigo algunos problemas de sordera y algo de cadera.

“Los riñones me andan bárbaro”, pensaba cada tanto Don Giménez, estaba contento de que pueda seguir yendo al baño sin problemas. Veía a otros similares a su edad y los veía decadentes y gorditos. Él se sentía cómodo con sus orejas largas casi al suelo y su panza bastante más alejada del suelo. Aunque le pesaba la edad. Estaba siempre cansado. Últimamente dormía más. “De aburrido”, se justificaba para encontrarle una razón. Y se daba una vuelta más para buscar al sol y que no le moleste los ojos.

Y a veces aparecía él.

Y desde la ventana lo miraba dormir a Don Giménez.

No era fetiche. Ni curiosidad.

Aquel que no tenía nombre sólo lo miraba para molestar.

Y Don Giménez lo odiaba por eso.

-¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! -, le gritaba cada vez que lo veía.

-¡Callate, Don Giménez! ¡Pará de ladrar! -, gritaba la chica mientras llegaba con la chancleta. Y al son de un par de gritos pelados cerró la persiana.

Don Giménez quedó a la sombra, y desde el techo aquel que no tenía dueño comenzó maullarle al sol, mientras se tiraba a dormir.

La chica no lo entiende, pero Don Gimenez tiene excelentes razones para odiarlo.