La noche dormía en su propia calma, la luna pálida y sofocante iluminaba los arbustos del patio formando sombras tenebrosas y lúgubres. Una brisa recorría cada uno de los barrotes del enrejado exterior y, de a poco, se escabullía entre las hojas del ventanal moviendo suavemente las cortinas con un vaivén gélido. Paul estaba sentado en su sillón rojo carmesí, olvidando el tiempo y contemplando las llamas de la chimenea que danzaban con ritmo propio. Sus pensamientos estaban dominados por una quietud sórdida. Su pasiva postura se rompía con un único movimiento que consistía en llevar el vaso de whisky de la mesita caoba a su boca repetidamente. El hielo ya estaba derretido, pero a Paul no le importaba.

El reloj de pared parecía moverse cada vez más lento, los minutos parecían horas, las horas días. La dilatación del tiempo era uno más de los tantos indicios de que ya llegaría. Paul no quería que llegue, pero no tenía opción.

Un suspiro frío se desprendió de su cuerpo y apoyó suavemente el vaso vacío. La muerte se hizo presente sin hacer ningún ruido y se sentó en un sillón gemelo al de Paul. El reloj parecía haberse detenido definitivamente, sólo las llamas y el corazón de Paul marcaban el tránsito del tiempo.

– ¿Quieres? -, le dijo Paul mientras reponía el hielo de su vaso.

La muerte no contestó. Sólo miraba al fuego, hipnotizada, seducida y estática. Una caperuza blanca le tapaba el rostro, y apenas unos mechones oscuros escapaban del velo. Un invisible gesto de negación fue todo lo que Paul pudo leer de esa comunicación. Terminó de rearmar su bebida y volvió a incorporarse en su postura clásica mirando al fuego; y se percató que el reloj ya no continuaba con su eterno movimiento. Se asustó.

– Ya es hora -, dijo por fin la muerte, su voz era delicada y dócil. Parecía provenir de la cabeza de Paul reverberando con un eco blanco.

– ¿No crees que es un poco apresurado? No es el momento todavía.

Paul frunció el entrecejo y cerró fuerte los ojos. Apretó el puño y enseguida lo soltó.

– Ya es hora -, repitió de nuevo la muerte.

Paul bebió un sorbo largo del whisky.

– ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?

– Tu tiempo ya se detuvo, un segundo más y dejarás de pertenecer al mundo de los vivos.

– ¿Y que es este tiempo? Donde puedo respirar, hablar, ver las llamas moverse… ¿acaso esto no es tiempo?

– Este momento es sólo un instante en el tiempo. Es tu instante en el tiempo.

El pecho de Paul se llenó de aire. Él sabía y lo entendía, pero no quería morir. No estaba preparado y quería estirar este instante todo lo posible.

– Déjame pedirte un último deseo -, dijo Paul sin dejar de ver las llamas.

La muerte parecía inmutable. Su postura nunca había cambiado y sus pelos respondían al movimiento de un aire frío que recorría toda la sala.

– Tus opciones son limitadas -, le respondió.

– Sólo déjame escribir una última carta.

El ambiente se tensó y el aire se volvió mucho más denso. El fuego creció fuera de su naturaleza y volvió a su forma enseguida. El velo de la muerte se transformó en un gris pálido.

– ¿A qué te refieres?

– Una última carta. Déjame escribir lo que necesito decir.

La muerte se puso de pie y su caperuza se volvió blanca de nuevo.

– Muy bien, tendrás tu última carta. Pero en el momento en donde dejes de escribir el tiempo se reanudará y tu alma continuará su camino, lejos de tu cuerpo, conmigo.

Paul estaba nervioso, su corazón latía tan rápido y fuerte que sentía que le saldría despedido del pecho. En un pestaneo la muerte desapareció, la brisa escapó del cuarto y la ventana se cerró de repente. Las llamas de la chimenea iluminaron mágicamente la enorme sala y se reveló frente a Paul un escritorio oscuro y amplio con hojas, plumas y tintas.

Paul se acomodó en la silla y puso unas cuantas hojas delante de él. Soltó un último suspiro y simplemente comenzó a escribir. Eternamente.