Estaba aletargada, envuelta en suspiros. Y se mecía de un lado al otro.

Pasaron varias lunas hasta que por fin pudo abrir los ojos y encontrar una inspiración para hacerlo. Sus días no completaban las horas por miedo a perder alguna. Y así y todo, recitaba con dulzura y tinto los pesares que le apretaban la respiración. Pero respiraba, porque era todo lo que sabía hacer.

Se mecía de un lado al otro, y buscaba completarse.

Abrió el libro y arrancó las últimas dos hojas. No quería conocer el final. Nunca se preparó para ello y se negaba a aceptarlo.

Contaba los colores en el arcoíris, inventaba nuevos y olvidaba los que ya había inventado. Azul, celeste, turquesa, marfil, ceniza, llanto, amarillo, verduzco, azul, granizo y violeta.

El canto la contorneaba, la espiralaba, y se mecía de un lado al otro.