Cuando me llamaron para ese papel no pensé que me iba a significar tanto.

Era sencillo, mi personaje tenía que caminar alegremente por un campo y preguntarle la hora a un grupo de personas. Y luego de agradecer, saldría caminando por la derecha.

Simplemente aparecía, preguntaba la hora y se iba. Sencillo.

Resulta que gracias a mi personaje, el personaje principal se percata de la hora y se despide porque ya es muy tarde para su cita. En mi opinión, no era necesario contratar a alguien para que hiciera ese papel. Podía ser una alarma o la campana de algún monasterio. Cualquier cosa que haga ruido en cierto horario podría cumplir ese rol a la perfección. Un rol que entendí luego, una vez analizado el tema.

El personaje principal, el cual toda la audiencia conoce y en cierto punto respeta, se da cuenta de que podría perder al amor de su vida porque mi personaje le pregunta la hora.

¿Por qué?

¿Cuál era la razón de que a mi personaje le importase conocer la hora?

¿Y por qué preguntárselo a esa persona particular, que casualmente es el personaje principal de la obra?

Pero también me nacían preguntas aún más básicas:

¿Cómo me llamaba?

¿Qué edad tenía? ¿Dónde estaba mi familia? ¿Cuáles eran mis gustos?

No había recuerdos en mi personaje. Era el títere del director. Era ese juguete vudú al cual puede usar cuando quiera y sin consentimiento para mostrar el objetivo real, forzando una reacción o aumentando el nivel de estrés o insatisfacción del famoso personaje principal.

Era sencillo: entrar, molestar, sonreír y seguir camino sin pena ni gloria.

Yo no quería ser ese falso villano del tiempo. Yo quería saber quién era realmente mi personaje.

La idea de personificar a mi personaje tiene un cierto orgullo narcisista al intentar alcanzar los matices de un personaje principal. Pero sin embargo, para la audiencia, mi personaje pasaba a ser como un buchón del tiempo, y eso no lo podía permitir.

Durante once horas trabajé arduamente en crearle un nombre, William Morris; un apodo característico, el borbón de Escocia; y una edad, 59 años, aunque sus amigos digan que parece de 55.

William era padre de tres. El más grande, Peter, con 19 años. Le seguía Jason con 16, y por último estaba Jenny, la niña mimada de William con tan sólo 6 años. Su mujer, Rachel Stonewall era propietaria de un local de flores en las afueras de Chicago y todos los días él la llevaba al trabajo en su Chevrolet Fleetline modelo 1942 color cielo. William trabajaba en una destilería en el sur, y ya estaba tramitando los últimos papeles de su tan esperado retiro.

Pero no todo era color de rosa en la vida de William, era adicto al juego. Durante gran parte de su vida luchó contra la ludopatía y en el gremio de la destilería lo sabían. Se abrieron paso para aprovecharse de esa situación y lo sedujeron para participar de algunas partidas. William aceptó con la condición de entrar con un máximo de 100 dólares.

Los 100 dólares rápidamente se convirtieron en 300, lo que le dejó margen y satisfacción. Luego de casi cuatro horas de tomar whisky, las cuentas de William empezaron a bajar a cero hasta llegar al punto de deberles unos 3.000 dólares. Estaba destrozado.

William sabía que no se debe hacer tratos con esa clase de gente, pero no sabía hasta dónde podían llegar esas personas. William tuvo que vender el auto y su esposa tuvo que cerrar su local de flores.

Los del gremio de la destilería le pidieron más plata a William y se pusieron cada vez más duros hasta llegar al punto de secuestrar a la pequeña Jenny. Rachel, su mujer, entró en una profunda depresión y terminó hospitalizada. William tuvo que hipotecar por segunda vez su casa para pagar el rescate.

Enojado, y con razón, plantó una bomba en la destilería que estallaría a las 17:15 horas, momento exacto en donde los peces gordos se juntan a confabular sus siguientes acciones.

Esa era la hora exacta que tenía que responder el personaje principal cuando William se lo preguntase.

Hablé con el director y quedó fascinado con todo mi planteo.

Al final me hizo caso y terminó usando una campana del monasterio para marcar la hora y yo ya no aparecería en la obra.

Tal vez William Morris era mucho para él.