Escupí a un costado y la saliva tenía dejos de un espeso verde amarronado. El estómago volvió a molestarse e intentó vomitar. Pero lo frené y mientras me quejaba por cada movimiento logré levantarme. Sentía las piernas flojas y duras al mismo tiempo.

Usé el antebrazo para tapar al sol y ver un poco más allá. La vista seguía algo nublada, pero quería irme de ahí y necesitaba buscar algún lugar seco y cómodo. Necesitaba estar tirado para no presionar ningún área sensible y liberarme un poco de todos los dolores. O al menos de alguno.

Empecé a caminar sin rumbo. Los primeros pasos fueron insoportables, pero la acción de caminar se fue volviendo cada vez más fácil, a pesar de los dolores parecía sencillo caminar. Relojié el paisaje buscando a dónde podía ir, pero sin pensarlo ya estaba enfilando a un pequeño monte de árboles. Era ideal para protegerme del viento.

El suelo estaba inestable y ocupaba toda mi atención al caminar. Cada cinco o seis pasos frenaba para relajar los músculos y le dedicaba unos segundos al cielo. Estaba cubierto de nubes grises bastante claras. En algunos lugares se agolpaban lo suficiente para que el gris se transforme en casi negro. Eran pocos los espacios en donde el celeste del cielo se dejaba ver. Desde donde estaba naciendo el sol estaba todo bastante despejado.

Los árboles resultaron estar más lejos de lo que esperaba. Las piernas me empezaban a molestar y sentía pequeños calambres, pero quería llegar. Todo ese peso líquido que me sumaba la ropa mojada no me ayudaba en nada a la travesía. Y cada tanto el viento se hacía presente y me recordaba el frío insoportable del cual me había olvidado. Los últimos metros parecían interminables. Lo único que lograba aliviarme era el sol. Era casi imperceptible, pero podía sentir el calor en la cara y en las manos. Era agradable. Me hacía sentir bien.

Llegué cansado y muy adolorido. Las piernas me pedían que las deje descansar y busqué rápidamente dónde yacer. Había varias ramas y troncos tirados. Me acerqué al más cercano, y con movimientos toscos pero lentos fui sentándome. Al soltar el peso del cuerpo el tronco se rompió y apareció una sensación de caída al vacío. Rápidamente intenté sostenerme de cualquier cosa y agarré la primer rama que pude. Y sin querer apreté una espina que me atravesó la mano en ese espacio carnoso entre los dedos índice y pulgar. Me nació un grito gutural y sordo mientras seguía en caída libre al suelo. Abrí la mano, pero la espina seguía clavada ahí junto con un pedazo de rama.

Sentía un dolor punzante y categóricamente superior a cualquier otro que recuerde. Ya no me importaba la panza o la cabeza. Tampoco el golpe en la cintura al chocar contra el suelo y el tronco. Sentía en la mano un ardor profundo y electrificante.

Me senté rápidamente y me miré la herida. Varios hilos de sangre salían de ambos lados de la palma. El mundo se aceleró de golpe, la respiración no sólo me agitaba el pecho, los pensamientos iban a la velocidad del sonido y no lograban encadenar una idea. Tenía que relajarme.

Algo me decía que sacar la espina era la única forma de terminar con el dolor. Aunque también me decía que iba a ser doloroso. Casi tanto como cuando se incrustó.

Por un segundo no sentí la cabeza, ni el estómago. Tampoco el frío, ni las piernas, ni ningún otro músculo. Por un segundo no sentí siquiera el dolor de la mano, toda mi atención se enfocaba en el futuro dolor que iba a sentir cuando tenga que sacar la espina. La tocaba para entender con qué lidiaba, y cual sería la forma menos dolorosa para sacarla. Pero por cada movimiento sentía un pinchazo eléctrico en la mano que me recorría hasta el codo.

La espina era enorme, casi tan larga como el pulgar y la punta tenía un filo increíble. Revisé toda la situación varias veces y no había muchas opciones, era lento o rápido. Contuve todo el aire que pude.

Y empecé. Despacio.

A medida que salía iba padeciendo cada milímetro de forma exponencial. Dudé de seguir, el dolor iba en aumento y apenas adelanté medio centímetro. Me faltaban tres más. Seguir lento significaba que el dolor vaya en aumento por mucho tiempo más. Sabía que la respuesta era hacerlo rápido. Lo sabía desde un principio. Pero no quería hacerlo. Ya el dolor era bastante y…

Le pegué un tirón sin pensarlo y la terminé de sacar, escapando consigo muchísima sangre. El dolor era atroz. Grité. Por una fracción de segundo algo del grito interrumpió el dolor y me apreté la mandíbula muy fuerte, pero enseguida el recuerdo punzante y la sensación aguda de la herida abierta volvió a tomar protagonismo.

Tapé la herida con la boca para que deje de sangrar y de paso limpiar el barro. La sangre no paraba de salir y se sentía dulce, el barro era bastante más amargo. Me senté en el suelo cuidando de no clavarme nada. Todavía estaba sosteniendo la espina. La miré con desprecio y la tiré. El dolor ya no era tan constante y me permitía sentir algunos otros dolores de los que ya me había olvidado. Como los de la cabeza y el estómago. Quería estar bien y se me estaba poniendo difícil.