Cuidando la herida lo más posible pude sacarme la campera y apoyarla en una rama. La hemorragia no disminuía, pero no podía seguir haciendo cosas con la mano en la boca, todos los movimientos me valían el doble de esfuerzo. Necesitaba que deje de sangrar.
“¿Y vendarla?”
Me vi la camisa y se me ocurrió romperle una de las mangas para envolver la mano y contener la herida. Comencé a desabrocharme la camisa y me vi una remera azul adentro, también empapada por el sudor. Me sorprendí al verla, estaba completamente limpia, a diferencia de la camisa que ya estaba marrón del barro y roja de la sangre. Terminé de desabrocharla y al quitármela noté en el antebrazo izquierdo una mancha. Hermosa. No parecía natural. Era hecha. Tenía forma de flor geométrica con las puntas alargadas.
“Un tatuaje. Es una estrella de ocho puntas. ¿O son dos de cuatro?”
Todos eran lados iguales, salvo por una de las puntas que se extendía unos milímetros más y me apuntaba directamente a la muñeca. Por un par de segundos me quedé asombrado de su forma y complejidad tan simple. Lo veía de un lado y del otro. Lo conocía. Algo me resultaba conocido en esa forma. Reconocí las letras, y las pude leer. Había una N, O, S y E. Y entre medio de las letras grandes también había más pequeñas: SE, SO, NE y NO.
“Una rosa de los vientos… ¿y cómo carajos es que sé eso?”
Sabía que se llamaba así. Y ahora sabía que representaban los puntos cardinales.
“Norte… Oeste, Sur y Este. Y del Este sale el sol. Porque el sol sale del este”
Acomodé el antebrazo para que la E apunte al sol, que para mi satisfacción seguía bastante cerca del horizonte. Me resultaba más cómodo girar mi cuerpo y pude ordenarlo para que el sol me golpeara la mejilla derecha y quede mirando al norte. Sonreí.
Pero la satisfacción de lograrlo se esfumó al momento en donde me miré la mano, y mi cerebro se quedó mudo, sin sonidos internos o externos. Me miré la mano y de un modo totalmente consciente la cerré. Extrañamente la mano se movía como yo quería.
“Yo”
…
“¿Yo?”
En forma de pregunta resonó tres o cuatro veces en mi cabeza.
“¿Yo? ¿Qué es yo? ¿Quién es yo? ¿Quién soy yo?”
Y no hubo respuesta. Las preguntas quedaron rebotando en un eco silencioso que no encontraba salida alguna. Me tildé. Miraba sin mirar un punto fijo que estaba en ningún lado entre mi mano y el suelo. Todos mis sentidos estaban tildados y en mi cabeza resonó de nuevo con mucho más enojo que antes.
“¿Quién soy yo?”
… nada … el corazón se detuvo un instante, y al siguiente empezó a latir frenéticamente.
“¿Qué hago acá? ¿Dónde estoy?”
Miré para todos lados y no lograba enfocar la vista en nada particular. Sentí cómo se me aceleraba el pecho, mi respiración era asimétrica. Mi mente estaba en blanco y una catarata de preguntas caían a un vacío. Necesitaba enfocarme en algo. Miré el tatuaje, y en ese recorrido me vi la mano de nuevo. Intenté moverla. Y la moví. Pero no pude reconocerla. No sentía que era mi mano. Era algo ajeno a mí, a mis pensamientos. Era como una extensión de mi.
“¿Quién soy?”
Abrí los ojos muy grandes. Necesitaba enfocar, centrarme en algo. La vista se borroneó de nuevo. Intenté enfocarme en los pantalones mojados, llenos de barro, en las botas marrones. En el suelo. En algún árbol. El sol. Mi cabeza seguía sin tener un punto fijo. No paraban de llover preguntas que no terminaban de formularse. Simplemente aparecían y se colaban para desaparecer. No sabía qué responderme, no entendía que estaba pasando. Me desesperaba. Necesitaba alguna respuesta, algo me llevó a buscar la campera y empecé a revisarle los bolsillos. Me sorprendí al encontrar una billetera de cuero negra. No pensé, la abrí.
Revisé los espacios entre todas las capas del cuero y encontré un papel doblado no más grande que la palma de mi mano. Estaba escrito con un trazo fino y color azul en letras grandes e irregulares.
“Tranquilo, todo va a estar bien”
Mi mente se quedó en blanco. Lo intenté leer varias veces. Lo leía, pero no lo entendía. No le encontraba sentido. Las preguntas iban y venían pero seguía sin enfocarme en lo que realmente decía. Respiré despacio mientras acomodaba los ojos.
“Tranquilo, todo va a estar bien”
“¿Tranquilo? ¿Quién? ¿Yo?… ¿Qué es todo? ¿Qué es que todo va a estar bien?”
A medida que una nueva pregunta aparecía, mi corazón latía con más fuerza. No se aceleraba, sino que más bien eran latidos pesados y toscos. Mi pecho se infló como nunca. Comencé a morder las muelas muy fuerte; sentía la presión constante en las mandíbulas. Me dolía pero no me importaba. Estaba enojado. Apreté las manos y estrujé el papel. Grité y tiré la billetera lejos con la poca fuerza que me quedaba. Mientras el grito se iba apagando, la gravedad me regalaba un viaje directo al suelo. Estaba agotado. No tenía fuerzas para seguir enojado. Me dejé caer de costado. Y empecé a llorar. No sé por qué. Pero simplemente lo hice. Lo necesitaba y me estaba haciendo bien.
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