La mano me seguía sangrando, aunque bastante menos que antes. Evidentemente la tela estaba dando resultado, de todos modos sentía un latido interno en la mano, y tenía cierta picazón. No importaba tanto. Yo seguía rato llorando. Tiritando. Y totalmente desmoralizado. Nada tenía sentido. Ni lo de afuera, ni lo de adentro.

– ¡Qué mierda todo!

Me escuché la voz por primera vez y no me reconocí. No quería hablar, me rechazaba a mí mismo. No era yo. Pero tampoco sabía quién o qué era yo.

El llanto se convirtió en una angustia que me rompía el pecho. En algún lugar adentro mío había un agujero que me estaba chupando toda la energía; me daba vuelta pensar que nada tenía sentido. No había respuesta a nada. Tragaba saliva espesa, mezclada con moco y un gusto amargo.

“¿Yo hice esto? ¿Por qué no sé nada?”

Sabía que mágicamente no iba a aparecer una respuesta. Cualquier cosa era mentirme. Ese dolor inocuo era muy distinto al dolor que sentía en la mano. No había una venda para frenarlo un poco, sólo podía llorar. Desconsolada y primordialmente. Y al igual que la venda, el llanto no curaba, pero al menos me desahogaba y servía. Mi respiración se hizo errática y defectuosa, el aire que entraba no alcanzaba para llorar y cubrir mi necesidad de oxígeno. Y por esa misma falta de oxígeno me marie.

Estaba mareado, tragando saliva y moco, con la palma ensangrentada latiéndome y ganas de vomitar. Empecé a respirar de modo sincronizado y poco a poco me fui calmando. Intenté re-analizar la situación, pero el estómago se me estrujó de repente y me tiré de costado a escupir una gran cantidad líquido espeso blanco y marrón. Era asqueroso. Mucho peor que su contextura semifluida era su gusto y el hecho de saber que eso estaba en mi organismo. Escupí un poco más y ya no se sentía tan mal. El gusto era apenas soportable. Lo importante es que tranquilizaba mis tripas.

Me agarré la cabeza, el sol se había movido un poco y ya me daba de frente a los ojos. Intenté taparme con el antebrazo y al cerrarlos sentí como el dolor de cabeza se escondía y me aliviaba. Evidentemente la luz me estaba haciendo mal. Entré en un letargo momentáneo hasta que una pequeña brisa me molestó por la espalda y me despertó.

“Quiero dormir”, y asentí con la cabeza.

Me acurruqué en torno al tronco partido y acomodé la campera debajo del cuello. Necesitaba descansar, aunque me duela todo, y de repente tenga hambre, quería dormir un rato más. Despertarme de vuelta. Tirité por última vez y fui cerrando los ojos esperando que todo pase.

“Tranquilo, todo va a estar bien”, recordé.