Contuviste las lágrimas.

Nunca fuiste de demostrar tus sentimientos.

Preferías guardarlos y no romper con el mandato.

Ese egoísmo insoportable era una jaula en la que siempre confiaste.

Y lo vas a seguir haciendo.

Una y otra vez te vas a justificar, aunque tu reflejo sea por siempre tu peor enemigo.

Sabiendo que con una lágrima te amigarías con él.

Pero la mentira para vos es más fácil, más dulce.

Poética.

Es crear un sueño.

Algo que no existe.

Y muchas veces necesitás que exista.

Aunque sea mentira.

Para que esa lágrima siga ahí.

Pase lo que pase.

Porque tu egoísmo y falta de aceptar el cambio te bloquean.

Y no te permitís otra cosa, más que tener la razón.

La satisfacción de tener razón, por sobre la razón.

Y tu verdad se transforma en tu realidad.

Porque no vas a dejar que una simple lágrima te cambie.

Y sabés…

… que de alguna manera, esa lágrima va a caer.

… que en algún momento, esa lágrima va a explotar.

Y no te va a quedar otra que amigarte con tu espejo.

Porque él no es más que lo que sos, pero sin la necesidad de ser.

Un destino creado por vos mismo.

Para verte y sentirte.

Y deleitar a tu alma con una representación casi perfecta.

Un alter ego que no necesita de la vida para existir.

Y sin embargo tiene más poder que muchos mortales.

Transformándose en un Dios intocable.

En la sensación de llegar el cielo.

De contemplar lo invisible.

De imaginar un sueño.

Regalándole personalidad a un reflejo.

Un nombre y una existencia.

Y sin embargo le temés.

Le escribís su destino dos días antes.

Sabiendo que también es el tuyo.

Y construís el peor escenario.

Conteniendo el dolor y la angustia por el placer del mandato.

Rogando que algo cambie.

Y nada cambiará mientras esa lágrima siga cautiva.

Y seguirá así por mucho tiempo.

Porque a la felicidad la vas a tener que ir a buscar.

Moviéndote.

Activando.

Cambiando.

Vos.

Y a ese Dios.