Dos átomos, divisibles, pero con una potencia latente en sus núcleos.

Cada uno con un escudo eléctrico, negativo, invisible y atómicamente a una distancia impresionante del centro.

Y vacío. Eterno y simple vacío.

Sus propias fuerzas no permiten acercarse más allá del escudo.

No permiten entrar en el vacío interno.

No permiten llegar a sus núcleos. A sus positivos.

El escudo invisible de negatividad condena a ese núcleo a protegerse y vivir en soledad. A esconder sus deseos y guardarlos sin intenciones.

Dos átomos se vuelven eternos danzando sin separarse de cierta distancia, atómicamente eterna y soñando que nunca lleguen a sus núcleos.