A una verdad no le entra ninguna mentira.

Se cae a pedazos tratando de existir.

Pero gasta más energía de la que genera.

Porque se nubla con un caótico pensamiento sobreactuado.

Ignorando todo.

Dejando de ser nada.

Para convertirse en un absurdo final incesante y obstinado por ser algo.

Aunque sea lo mínimo.

Intentando llegar.

Aunque se quede a medio camino regulando por el frío y la soledad. Intentando escapar de un miedo vacío y solemne. Absoluto y primordial. Alentando al fuego caído del cielo, para que vuelva a ser gota de un sudor sin pasión ni dolor.

Una gota de sudor que espera ser por algo.

Hasta que al final se da cuenta de dónde está.

Y qué hace ahí.

Y se pregunta.

“¿Acaso seré yo,

quien alguna vez supe sostener el deseo,

hoy no pueda entender al destino?

Es mi ángel, mi sosiego y mi sorpresa.

Es el deseo de verme en el espejo y encontrar puras cenizas.

Pero respiro y me contengo,

para la foto…”