Se daban tres o cuatro golpes por cada trago completado. Eran tragos cortos, pero al fin de la hora ya se encontraban tan desorientados como el cuello de un búho.

Las cortinas no alcanzaban a subir y ya el sol, sólo con su presencia, dejaba ciego a más de uno. Varios se fregaban los ojos, mientras otros admiraban la oscuridad.

Un grito era necesario para que todos escapasen. Sólo aquella cerradura quedaba por abrir. La que nadie abriría a menos que el cielo se volviese café. Pero seguirán golpeando… tres o cuatro veces. Tres o cuatro por cada trago completado.