Algunas de las cosas que se me ocurren

Autor: NachoFernan Page 2 of 9

Un Camino de Hormigas

El bajón se hacía sentir en las tripas de Guille. Rezongaba por dentro. Las últimas pastillas fueron innecesarias, pero Guille necesitaba subir un poco más. Al menos un rato. Lo mínimo era algo.

– Creo que estoy por vomitar

– No seas boludo. No las escupas.

Guille se dejó caer del lado izquierdo y giró un poco por el pasto para quedar del lado derecho.

– Al revés quedate, no aprietes el hígado que es peor.

A Guille le costó una barbaridad, pero a milímetros de apoyar la mejilla su mundo empezó a girar más de lo que podía controlar. Un sabor amargo y ácido provino de su esófago y produjo un reflejo que hizo escupir algo de saliva rancia. Escupió y se giró dándole la espalda a Darío. Apoyando su costado derecho.

– ¡Dejame acostarme como quiero!

– Hacé como quieras. No me grites.

Darío miró el suelo y se quedó colgado mirando el caminito de las hormigas. Eran las seis y pico de la mañana y estaban recontra activas. El sol había salido hace rato. Darío volvió a ver a Guille y lo encontró en posición fetal. Acostado del lado izquierdo. Sonrió.

Guille tosió y se limpió la baba mezclada con pasto y hormigas.

– Che, Daro…

– ¿Qué?

– ¿Vendemos crack y flash?

– ¿Flash?

– Si, flash, suena re piola para droga.

– No existe el flash.

– Inventemos una droga. Y le ponemos flash. Y la vendemos nosotros solos. Nos hacemos millonarios. ¿Cuál hay?

– Que ni vos ni yo somos bioquímistros como para hacer flash, y menos crear una droga nueva.

– Bioquímicos se dice.

– No importa.

Darío volvió a su mundo mirando las hormigas. Ya tenía las articulaciones de las rodillas duras. Sabía que al moverlas le iban a doler. Empezó de a poco a intentar moverlas, pero era poco, prefería quedarse en cuclillas un rato más mirando las hormigas a tener que soportar el dolor del estiramiento.

– Che, Guille…

– ¿Qué?

– Me va la de flash.

– ¡Viste! ¡Vamos toneladas! No, no hay mucho dinero.

– No tenemos como para toneladas, pero si conseguimos a algún bioquí…mico barato la podemos hacer.

– La de Breaking Bad.

– El papá de Malcolm.

– Ese. Heisenberg.

– Un crack.

– Sería gracioso que el rubio ese se llame flash.

Ambos formalizaron una sonrisa austera y muy sincera, y se quedaron callados un par de minutos. Cada uno tratando de enfocar la vista, y corroborar cada tanto que podían mover los músculos.

La plaza estaba lo suficientemente vacía como para que los dos se sientan tranquilos y el barrio era demasiado placentero como para que pudieran sentirse intimidados de alguna manera. La gente que iba a trabajar sabía esquivarlos.

El sol giró lo suficiente como para pegarle en la cara a Guille. Tragó un pedazo de saliva amarga y pastosa e intentó acomodarse mirando algún punto fijo. Se había quedado dormido unos minutos y en todo ese tiempo Darío se quedó mirando las hormigas y cómo estas esquivaban los palitos que él les tiraba.

– Che, Daro…

– ¿Qué?

– ¿Y si en vez de hacer flash comemos algo? Creo que me siento mal.

– Deberíamos ir a la panadería.

– Comprate unos chispá.

– Pero vení conmigo.

– Dame un rato.

Darío intentó estirar las rodillas, pero sentía que ya estaban agarrotadas al máximo. No iba a ser fácil moverlas. Y se quedó así. Admirando a las hormigas hasta que Guille se levante. En algún momento.

-Che, Guille…

Don Giménez Segundo

Don Giménez no podía más, su boca se estaba transformando en una fábrica de baba espumosa y alaridos cada vez más agudos e insoportables.

-¡Te odio! -, gritaba Don Giménez.

-¡Basta! -, gritó la chica desde adentro.

-¡Te odio! -, gritaba Don Gimenez, e ignoraba los sonidos que se escuchaban desde adentro, estaba concentrado en una única cosa que lo estaba transformando en su versión más horripilante.

-¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! -, y triplicaba el grito para que fuese oído y comprendido.

-¡Basta, Don, Basta! -, grita una vez la chica desde adentro.

Don Gimenez por primera vez la sintió. Miró al suelo y se limpió la baba espumosa. Bufó un par de veces y volvió a tomar aire. Estaba agitado, su corazón no soportaba tanto odio contenido. Pero más allá de eso, Don Giménez se confiaba a sí mismo de ser sociable, apreciable, y hasta amigable con todos. Y sin embargo, odiaba.

Su némesis le era indiferente, escupía una mirada suelta en cada agudo alarido que le proporcionaba Don Giménez.  En el barrio no tenía un nombre definido, y a él poco le importaba. Don Giménez lo odiaba. No había razones más allá de lo comprensible. El viejo era complejo en su carácter y eso lo hacía adorable. Pero ese odio dejaba sin voz a la chica que gritaba desde adentro. El ‘basta’ que le proporcionaba la chica era suficiente como para que Don Giménez supiese que hizo algo malo. Él lo sabía, aunque no lo comprendía. Su maldad no se regía en hacerle la vida imposible a ella, pasaba por un cuarto intermedio en donde no sabía que le estaba haciendo mal. Como cuando meó la alfombra. Don Giménez pensó que era un buen lugar para mear. Pero a la chica le pareció un lugar bastante malo porque le gritó ese día y Don Gimenez lo recuerda con cada grito de ‘basta’ de la chica.

Mientras el tiempo lo vistió con una sabiduría inocente, la vejez trajo consigo algunos problemas de sordera y algo de cadera.

“Los riñones me andan bárbaro”, pensaba cada tanto Don Giménez, estaba contento de que pueda seguir yendo al baño sin problemas. Veía a otros similares a su edad y los veía decadentes y gorditos. Él se sentía cómodo con sus orejas largas casi al suelo y su panza bastante más alejada del suelo. Aunque le pesaba la edad. Estaba siempre cansado. Últimamente dormía más. “De aburrido”, se justificaba para encontrarle una razón. Y se daba una vuelta más para buscar al sol y que no le moleste los ojos.

Y a veces aparecía él.

Y desde la ventana lo miraba dormir a Don Giménez.

No era fetiche. Ni curiosidad.

Aquel que no tenía nombre sólo lo miraba para molestar.

Y Don Giménez lo odiaba por eso.

-¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! -, le gritaba cada vez que lo veía.

-¡Callate, Don Giménez! ¡Pará de ladrar! -, gritaba la chica mientras llegaba con la chancleta. Y al son de un par de gritos pelados cerró la persiana.

Don Giménez quedó a la sombra, y desde el techo aquel que no tenía dueño comenzó maullarle al sol, mientras se tiraba a dormir.

La chica no lo entiende, pero Don Gimenez tiene excelentes razones para odiarlo.

Fuego interno

El dolor es cálido

Enseña vida

El Señor del Tiempo

– Hola, si. Por favor, ¿con el Señor del Tiempo? Si, si, no hay ningún problema, lo aguardo en línea.

Martín se vio consumido en un espiral reaccionario y multidimensional, su momento de gloria se había vaciado y sólo le quedaban algunos recuerdos vagos de sinceridad y postmodernismo.

Tosió un par de veces y se quedó a la espera de que el Señor del Tiempo conteste a su interno. La musiquita monofónica había quedado registrada en los albores de finales del siglo anterior como algo nuevo y muchos ya se hacían eco del mismo programa para construir sus salas de espera con instrumentales basadas en los primeros juegos digitales.

Martín trago saliva y la musiquita comenzó de nuevo. El penitente acto lo constituía como un paciente, un esperador, una nota perdida que se mantiene a lo largo de toda una canción reclinada y sumergida en bastos atardeceres sin sentir más que el sonido cutre y anaranjado del sol escondiendo su calor. Pero Martín no se sentía así. Él estaba esperando en la oscuridad a que el Señor del Tiempo se desocupe para entregarle un poco de su inmensidad abrazadora.

El corazón de Martín empezó a palpitar muchísimo más pesado y lento. Sentía que cada latido escupía una cantidad de sangre que sus venas apenas podían soportar. Pero él esperaba, como aquel que se entristece por perder y sueña con una revancha, moldeando un presente desilusionado y caótico.

Por un instante la musiquita que transmitía la cajita se vació y comenzó de nuevo, Martín se perdió contando la cantidad de veces en que volvió a empezar. Sus dedos se entumecían, su espalda giraba en caída libre cada vez más pronunciada y el sonido ininterrumpido de eco que promocionaba el teléfono se descomponía en un sinfín de melodías inconclusas que no llegaban a construir un presente.

Martín llegó al punto de no-pensar. Se quedó en blanco contemplando la mínima sinfonía y el resultado anacrónico de una cadena de altos y bajos melodramáticos que sustituían un mundo de silencio y desazón. Pero el Señor del Tiempo no lo atendía. La musiquita se escuchaba como un réquiem antagónico y malinterpretado.

Martín comenzó a sentir algo que nacía en ningún lado, pero que estaba ahí. Sus piernas se estremecieron y un calosfríos recorrió varios hilos de nervios que sacudieron un millar de ramificaciones y lograron erizarle los vellos de sus muslos y, poco a poco, también en sus brazos.

Martín comenzó a sentir el dolor de que el Señor del Tiempo lo olvide, como lo ha hecho con todos, alguna vez.

Y colgó.

Sin esperar a que la musiquita termine.

Simplemente interpretando, sintiendo y resignificando al presente.

Entendiendo a su vida como un punto finito.

Lloró y gritó para sentirse libre.

Martín comprendió que el Señor del Tiempo nunca lo iba a atender.

Porque él era el Señor del Tiempo.

Él era el Señor de su Tiempo.

SuperEllos

– Martín se tambaleaba por el pasillo hasta la sala de estar y se tumbó en el sillón marrón. Apenas cayó se dio cuenta de que el control remoto estaba entre los almohadones, pero moverse significaba demasiado esfuerzo y el daño en las costillas ya estaba hecho. Bufó una vez más dejando escapar hasta la última gota de aire y volvió a inspirar llenándose los pulmones hasta el tope.

– Callate Diego, me duele la cabeza.

– Martín estaba cansado, se relamía esperando que alguien le alcance un mate, o una coca bien fría. Sacó su antebrazo de su cara e intentó ver la mesita ratona. Pero no había ni mate, ni coca. Su frustración se hizo aún más frustrante.

– Ya está Diego, pará con esa boludez.

– Martín tiró nuevamente la cabeza para atrás y entendió que su amigo no iba a dejar de narrar todo lo que él estaba haciendo. Martín lo aceptó.

– Sos insoportable

– Dijo Martín y sonrió. Con su último aliento, intentó sacarse el control de la espalda, pero no había lógica en sus movimientos toscos que pululaban a ritmos incomprensibles. Martín largó una carcajada y se dejó caer al suelo. Los cuarenta centímetros que lo alejaban del suelo los realizó en cámara muy lenta, como lo haría una babosa de metro setenta.

– Metro setenta y seis.

– Dijo la babosa Martín desde el suelo.

– ¿No me traes un vaso de agua al menos?

– Martín preguntó al aire, esperanzado y con el agónico suspiro de alguien que le reza al universo para salvar su alma. Cerró los ojos y dejó caer la cabeza a un costado. La ternura que mostraba Martín era sólo comparable con la de un cachorro de labrador jugando con una pluma. Pero de la misma manera generaba lástima, pena y una culpa impresionante a todo aquel que lo viera y no hiciese nada por salvar su entidad. Martín se rió de nuevo y puso sus manos entre su cachete izquierdo y el suelo. Su amigo no tenía escapatoria, había caído en una trampa de ternura y pena. No tuvo más opción que levantarse e ir hasta la heladera a buscar un vaso de agua bien fría.

– Y si querés andá poniendo el agua en la pava.

– Martín no paraba de dar órdenes. Su amigo ya estaba más cerca de no creerle la mentira de la culpa y seguir siendo el narrador de esta aventura bastante tediosa y embolante. Pero siguió su quest en búsqueda de ese vaso de agua helada que tanto necesita Martín para sobrevivir.

– Y la pava. Dale, después yo armo los mates.

– Martín entró en una espiral hipnótica en donde creía que todo el mundo caería en las mentiras que recitaba. Pero su amigo entendió que Martín, de alguna manera, estaba negociando y aceptó la propuesta, aún sabiendo que muy posiblemente pierda toda su libertad en dedicarse a cumplir caprichos ajenos.

– Che, Diego.

– Martín intentaba comunicarse, pero su amigo ignoraba su llamado. Estaba sacando el agua de la heladera y era un procedimiento muy importante para él, ya que de derramar algo, sólo él podría limpiarlo porque Martín estaba tumbado en el suelo y no se iba a levantar. Martín entendió y se cayó la boca por un rato mientras su amigo hacía todo. Unos segundos después ya estaba en viaje a darle a Martín el bendito vaso de agua.

– Dale Diego, armate los mates.

– Martín intentó reincorporarse pero sólo sabía levantar el brazo por encima de la mesa ratona. Su amigo lo veía cada vez más incómodo y le ofreció acompañarlo a que se duerma. Martín agarró el vaso de agua, lo tomó de un saque y lo devolvió vacío. Formulando una reverencia se reincorporó para enfilar a su pieza.

– ¿Hoy dijiste pulular, no?

– Dijo Martín a pasos de haber iniciado su caminar. Se rió, y su amigo lo entendió como una burla.

– No nabo, no te enojes, lo dije porque es rara la palabra. Como de hace noventa años. No sé, piola.

– Su amigo sonrió y dejó entrever que Martín ya lo tenía cansado. Pero que estaba todo bien, y eso era lo que importaba. Martín miró al baño de camino a su pieza, y giró para prender la luz. Pero no entró. Simplemente lo miró y volvió a apagar la luz. Con un gesto holgazán volvió a su antiguo objetivo que era descansar un rato hasta que se le vaya la resaca.

– ‘Ta mañana Diego.

– Dijo Martín mientras su amigo se daba media vuelta y se iba a preparar los mates que le había prometido Martín que iba a hacer.

Las Cuatro del Día

¿Qué creencias se les imponen a les niñes y no estás de acuerdo?

Perspectiva

Cualquier cosa impuesta no creo que sea beneficiosa. Todo debería ser puesto sobre la mesa y dar a la opción de elegir. Pero cualquier enseñanza que encuentre a la competencia como una sensación de satisfacción por la derrota del enemigo, es considerado una mala creencia. Todo es hermoso hasta que se corrompe el egoísmo y sobrepasa al nivel mínimo de empatía.


¿Un recuerdo valioso de tu infancia?

Profundidad

Todos son valiosos. Pero para contar uno… recuerdo una vuelta en Villa Gesell que mi viejo me despierta recontra temprano a la mañana para ir a caminar a la playa. No recuerdo la caminata, o ni siquiera si fui. Pero recuerdo cuando me despertó. Nada. El momento ayuda.


¿Una persona que te alivie en momentos tristes?

Presentación

El Chiro. O Sotillo… los dos Cristian.


¿Elegirías otra época para vivir? ¿Cuál? ¿Por qué?

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Pregunta de mierda. Porque la respuesta no viene por tiempo, sino por lugar y quién. Un rey en el siglo quince no es lo mismo que un cortador de fiambrín en Morón hoy, o un ciudadano promedio en Nueva York. Depende mucho de dónde nazca o las posibilidades que tenga. Más allá de eso, siempre voy a preferir viajar al futuro. La tecnología tiene que en un punto lograr que el ser humano no labure nunca más y se dedique a hacer huevo.

Las Hojas y el Viento

Nadie le dijo al árbol que era otoño. Pero él, improvisto de necedades, se abalanzó a consumir toda la energía que le quedaban a sus hojas, y simplemente no tuvo más remedio que dejarlas ir, desnudando su interior y mostrando una versión fría y casi sin vida.

El destino de cada hoja se presentó como un capricho del viento, que marcaba para derecha o izquierda, a un lado y hacia el otro, para adelante y atrás, subiendo y bajando. Y siempre cayendo, flotando. Sumiéndose en una contemplación del mundo una vez más intensa y catastrófica, pero a su vez placentera y cálida.

El resplandeciente sol acariciaba los tallos y quemaba los bordes ya secos y marchitos como un final de inesperada dulzura. Y sin embargo el frío otoñal se hacía presente poco a poco, escondiendo al sufrido invierno en un manto de nubes y quejumbras. El sol mantenía su postura, revolviendo un momento más ese recuerdo inhóspito de sed y devoción que cada hoja le entregó durante su ciclo de vida.

Y el árbol estaba ahí, contemplando con amor e indiferencia cómo cada una de sus hojas caían en búsqueda de un lugar en dónde descansar. Pero el viento, sucio y anacarado, entretejía nuevos caminos.

Una verdad oculta en el sueño de ser. Respondiendo al certero final, desnudo y contemplativo.

La Foto

-Es ahora, ¿cierto?

-Si – dijo Ella en su tono más amigable y traslúcido.

Horacio se levantó y recorrió el cuarto en búsqueda de sus tesoros más cariñosos. Caminaba despacio, sus piernas ya no respondían como antes y cada jadeo le significaba una puñalada en el pulmón derecho. Exhalaba despacio para no toser, aunque le costaba por demás.

Ella lo miraba con soltura amarga, mientras desprendía de su ropaje un olor a jazmín e incienso. No era perfume, Ella tenía ese olor de manera natural. Se sentó en la punta de la cama y miró a Horacio mientras paseaba de un lado al otro, agarrando y dejando cosas.

-No hay ninguna puerta allá, ¿para qué son las llaves? -, preguntó indiferente.

-Ya sé que no hay puertas allá, ni siquiera son de esta casa las llaves. -, Horacio enmudeció enseguida y siguió su recorrido sin mirarla.

Ella bajó la mirada de nuevo, no le gustó la respuesta de Horacio, pero sabía que todos responden necedades en sus momentos más intensos.

-El ser humano es algo extraño – dijo Ella -, se aferra a cosas que son insignificantes, a objetos que no tienen más valor que el que le asigna uno mismo.

-En algo hay que creer.

-¿Creer? Las cosas son, el resto no es más que un cuento contado por tu imaginación.

Horacio se escurrió la mano en el bolsillo y sacó un guante de cuero gris que apoyó sobre la cama. Ella no giró, apenas movió un mechón de su pelo para ver lo que Horacio había dejado.

-¿Y este guante?

-Me lo regaló mi esposa hace mucho tiempo, no sabía que estaba en el bolsillo. Por cierto, ¿cómo está Marcela?

-Está bien, durmiendo. No puedo decirte más que eso.

Horacio suspiró y siguió recorriendo el cuarto. Algo lo aturdía.

-¿Qué pasa?

-No encuentro la foto de los chicos.

-Los chicos están bien -, respondió Ella cortante.

-¡Ya sé que están bien! Necesito ver la foto.

Horacio estaba ofuscado. Buscó tres veces en la mochila y seguía sin encontrar la foto. Se estaba agitando y eso no le hacía bien a lo que le quedaba del pulmón. Un fuerte tosido le hizo escupir sangre que cayó en el suelo manchando la punta de sus pantuflas.

Ella dejó caer un suspiro, estaba cansada y todavía tenía mucho por hacer.

-Ya es hora Horacio.

-Por favor, no.

-Por favor, si. Tu cuerpo no puede soportar el cáncer ni un momento más.

Horacio se encogió de hombros y se apoyó en la cómoda de algarrobo. Intentaba mantener el equilibrio pero no podía, su visión era cada vez más borrosa.

-Necesito unos minutos más, necesito ver esa foto.

-Esa foto no está acá.

Horacio lloró y se dejo caer de rodillas al suelo. Su mano seguí aferrada al borde de la cómoda. Sentía el frío del vidrio y su filo biselado.

Ella seguía sentada, de espaldas a Horacio. Con un pequeño gesto de su comisura hizo que cada uno de los objetos en el cuarto empezaran a brillar con un color propio e indescriptible.

-Todo tiene una profundidad, un color y un tiempo.

-¿Y eso qué tiene que ver? -, preguntó Horacio tratando de reincorporarse.

-La foto que estás buscando todavía no fue tomada. Faltan casi treinta años para que alguien saque esa fotografía.

Horacio tosió un par de veces y dejó caer la sangre al suelo, esta vez, salpicando el pie de la cómoda. Se agarró fuerte del pecho y sintió la cruz escondida debajo de su camisa.

-¿Treinta años? -, preguntó limpiándose la sangre con el costado de su brazo.

-Si

-¿Los chicos van a tener treinta años?

-Los chicos y Marcela van a estar unidos por mucho más que treinta años. Y si te sirve de consuelo, llevarán esas llaves a todos lados.

Horacio miró de nuevo las llaves y éstas se iluminaban en colores celestes y rosas, con una profundidad infinita. Horacio inspiró aliviado y su respiración se hizo más pausada y placentera, y por primera vez desde que la vio, pudo sonreír.

-Yo sé que son cosas y no tienen más sentido que el que le damos. Pero de eso se trata la vida, ¿no? Darle un sentido a las cosas que no lo tienen.

-El ser humano es algo extraño. Intentan darle sentido a cosas como la vida, y encuentran razones para luchar hasta conmigo.

-No intento luchar contra vos, sólo quiero saber que todo va a estar bien.

-Todo va a estar bien Horacio. ¿Vamos?

-Vamos.

Horizonte

El cielo cantaba una sonata de luces tintineantes en miles de versiones que mis ojos descomponían y entendían como un sufragio de libertad emocional. Pero no podía pensar en eso, mi estómago se llenaba de preguntas tales como ¿Qué voy a comer?, o ¿Qué hago acá?

Pero en ese mar de dudas había algunas que me sorprendían aún más por su corta respuesta.

¿Quién soy yo? ¿Quién es yo?

Una y otra vez en mi cerebro esas preguntas golpeaban con un eco seco y estruendoso.

Mis manos partidas se agarraban con algo de fuerza de los bordes del bote y trataban de darle un poco de paz a ese movimiento fluctuante de atrás y adelante.

La luna me observaba con cautela, esperaba mis próximos movimientos. Pero yo la miraba con asombro juvenil y le respondía que no espere más que un simple suspiro de esperanza por lograr llegar a tierra.

¿Acaso era la tierra mi objetivo?

¿Acaso la necesidad de pisar un terreno firme lograba construir en mi mente un laberinto de dudas y certezas que no tenían respuesta pero me dejaban limpiar al tiempo de un mal trago?

El mar siempre fue un maestro muy duro. Y la luna, fiel a su enigma eterno, se entreteje en un manto de clarividencia, en donde muchos pueden (o dicen) encontrar respuestas.

Pero yo sabía que no. Para mí era una piedra sin siquiera luz propia, pero con la energía de ordenar un mundo único y eterno, sin bordes o finales. Un mundo de tierra, agua, aire y fuego. Un mundo polar y angustiado que sufría tanto como yo.

La bruma se hizo presente mientras desfiguraba el inocente clima de soledad. El frío de la noche no me dejaba respirar y mis labios tiritaban a un ritmo placentero, al tiempo que la sal escapaba de todos mis poros.

El cielo se encarnó en una espiral nebulosa y me venció. Me venció una vez más.

Sin darle una respuesta.

Sin lograr entenderlo.

Tal vez, y sólo tal vez, necesitaba un poco más de cielo para mí.

Para darme el lujo de saber quién fui, al menos esa vez.

El Otro

¿Quién es aquel que se atreve a entrar en mi espacio personal?

Soy yo, un simple visitante anónimo.

Y dime, visitante anónimo. ¿Existe algún nombre con el cual pueda llamarte? Algo más natural y sincero.

No, aunque si quieres, puedes llamarme Sergio.

Sergio. Un gusto en conocerte. ¿Qué haces por aquí?

Nada particular. Sólo vengo a leerte.

Es un honor para mí que vengas hasta este humilde blog, Sergio.

Gracias.

Y bien. ¿Hubo algo que te haya gustado hasta ahora? ¿O prefieres que no hablemos?

Preferiría que no hablemos. Me gusta leer en un ambiente relajado.

Muy bien. Un gusto, Sergio. Que tengas una buena lectura.

Gracias.

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