Me comía la uñas mientras esperaba que pase. Mi nivel de ansiedad podía hacer estallar cualquier termómetro que lo midiese. Y sin embargo, nada pasaba.

Había en mis pies una sonata que no cesaba de galopar en un tono sordo, marcando un tiempo perfecto, eterno y muy acelerado.

No había en la sala un reloj que fuese tan exacto. El tiempo entre que mi cabeza escupía una imagen y la transformaba en película era muy distinto al que comúnmente medimos. Una década en segundos.

Y nada pasaba.

No existía entorno, no existían los objetos, los entes, las cosas. Sólo ideas y millones de estrellas sin soles que me cegaban. El ruido no tenía sonido, pero el silencio era tan sutil que aturdía.

Tardé tres minutos en entenderlo.

Pero cuando lo entendí, entendí todo.

Siempre fui yo.