Algunas de las cosas que se me ocurren

Autor: NachoFernan Page 3 of 10

Las Cuatro del Día

¿Qué creencias se les imponen a les niñes y no estás de acuerdo?

Perspectiva

Cualquier cosa impuesta no creo que sea beneficiosa. Todo debería ser puesto sobre la mesa y dar a la opción de elegir. Pero cualquier enseñanza que encuentre a la competencia como una sensación de satisfacción por la derrota del enemigo, es considerado una mala creencia. Todo es hermoso hasta que se corrompe el egoísmo y sobrepasa al nivel mínimo de empatía.


¿Un recuerdo valioso de tu infancia?

Profundidad

Todos son valiosos. Pero para contar uno… recuerdo una vuelta en Villa Gesell que mi viejo me despierta recontra temprano a la mañana para ir a caminar a la playa. No recuerdo la caminata, o ni siquiera si fui. Pero recuerdo cuando me despertó. Nada. El momento ayuda.


¿Una persona que te alivie en momentos tristes?

Presentación

El Chiro. O Sotillo… los dos Cristian.


¿Elegirías otra época para vivir? ¿Cuál? ¿Por qué?

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Pregunta de mierda. Porque la respuesta no viene por tiempo, sino por lugar y quién. Un rey en el siglo quince no es lo mismo que un cortador de fiambrín en Morón hoy, o un ciudadano promedio en Nueva York. Depende mucho de dónde nazca o las posibilidades que tenga. Más allá de eso, siempre voy a preferir viajar al futuro. La tecnología tiene que en un punto lograr que el ser humano no labure nunca más y se dedique a hacer huevo.

Las Hojas y el Viento

Nadie le dijo al árbol que era otoño. Pero él, improvisto de necedades, se abalanzó a consumir toda la energía que le quedaban a sus hojas, y simplemente no tuvo más remedio que dejarlas ir, desnudando su interior y mostrando una versión fría y casi sin vida.

El destino de cada hoja se presentó como un capricho del viento, que marcaba para derecha o izquierda, a un lado y hacia el otro, para adelante y atrás, subiendo y bajando. Y siempre cayendo, flotando. Sumiéndose en una contemplación del mundo una vez más intensa y catastrófica, pero a su vez placentera y cálida.

El resplandeciente sol acariciaba los tallos y quemaba los bordes ya secos y marchitos como un final de inesperada dulzura. Y sin embargo el frío otoñal se hacía presente poco a poco, escondiendo al sufrido invierno en un manto de nubes y quejumbras. El sol mantenía su postura, revolviendo un momento más ese recuerdo inhóspito de sed y devoción que cada hoja le entregó durante su ciclo de vida.

Y el árbol estaba ahí, contemplando con amor e indiferencia cómo cada una de sus hojas caían en búsqueda de un lugar en dónde descansar. Pero el viento, sucio y anacarado, entretejía nuevos caminos.

Una verdad oculta en el sueño de ser. Respondiendo al certero final, desnudo y contemplativo.

La Foto

-Es ahora, ¿cierto?

-Si – dijo Ella en su tono más amigable y traslúcido.

Horacio se levantó y recorrió el cuarto en búsqueda de sus tesoros más cariñosos. Caminaba despacio, sus piernas ya no respondían como antes y cada jadeo le significaba una puñalada en el pulmón derecho. Exhalaba despacio para no toser, aunque le costaba por demás.

Ella lo miraba con soltura amarga, mientras desprendía de su ropaje un olor a jazmín e incienso. No era perfume, Ella tenía ese olor de manera natural. Se sentó en la punta de la cama y miró a Horacio mientras paseaba de un lado al otro, agarrando y dejando cosas.

-No hay ninguna puerta allá, ¿para qué son las llaves? -, preguntó indiferente.

-Ya sé que no hay puertas allá, ni siquiera son de esta casa las llaves. -, Horacio enmudeció enseguida y siguió su recorrido sin mirarla.

Ella bajó la mirada de nuevo, no le gustó la respuesta de Horacio, pero sabía que todos responden necedades en sus momentos más intensos.

-El ser humano es algo extraño – dijo Ella -, se aferra a cosas que son insignificantes, a objetos que no tienen más valor que el que le asigna uno mismo.

-En algo hay que creer.

-¿Creer? Las cosas son, el resto no es más que un cuento contado por tu imaginación.

Horacio se escurrió la mano en el bolsillo y sacó un guante de cuero gris que apoyó sobre la cama. Ella no giró, apenas movió un mechón de su pelo para ver lo que Horacio había dejado.

-¿Y este guante?

-Me lo regaló mi esposa hace mucho tiempo, no sabía que estaba en el bolsillo. Por cierto, ¿cómo está Marcela?

-Está bien, durmiendo. No puedo decirte más que eso.

Horacio suspiró y siguió recorriendo el cuarto. Algo lo aturdía.

-¿Qué pasa?

-No encuentro la foto de los chicos.

-Los chicos están bien -, respondió Ella cortante.

-¡Ya sé que están bien! Necesito ver la foto.

Horacio estaba ofuscado. Buscó tres veces en la mochila y seguía sin encontrar la foto. Se estaba agitando y eso no le hacía bien a lo que le quedaba del pulmón. Un fuerte tosido le hizo escupir sangre que cayó en el suelo manchando la punta de sus pantuflas.

Ella dejó caer un suspiro, estaba cansada y todavía tenía mucho por hacer.

-Ya es hora Horacio.

-Por favor, no.

-Por favor, si. Tu cuerpo no puede soportar el cáncer ni un momento más.

Horacio se encogió de hombros y se apoyó en la cómoda de algarrobo. Intentaba mantener el equilibrio pero no podía, su visión era cada vez más borrosa.

-Necesito unos minutos más, necesito ver esa foto.

-Esa foto no está acá.

Horacio lloró y se dejo caer de rodillas al suelo. Su mano seguí aferrada al borde de la cómoda. Sentía el frío del vidrio y su filo biselado.

Ella seguía sentada, de espaldas a Horacio. Con un pequeño gesto de su comisura hizo que cada uno de los objetos en el cuarto empezaran a brillar con un color propio e indescriptible.

-Todo tiene una profundidad, un color y un tiempo.

-¿Y eso qué tiene que ver? -, preguntó Horacio tratando de reincorporarse.

-La foto que estás buscando todavía no fue tomada. Faltan casi treinta años para que alguien saque esa fotografía.

Horacio tosió un par de veces y dejó caer la sangre al suelo, esta vez, salpicando el pie de la cómoda. Se agarró fuerte del pecho y sintió la cruz escondida debajo de su camisa.

-¿Treinta años? -, preguntó limpiándose la sangre con el costado de su brazo.

-Si

-¿Los chicos van a tener treinta años?

-Los chicos y Marcela van a estar unidos por mucho más que treinta años. Y si te sirve de consuelo, llevarán esas llaves a todos lados.

Horacio miró de nuevo las llaves y éstas se iluminaban en colores celestes y rosas, con una profundidad infinita. Horacio inspiró aliviado y su respiración se hizo más pausada y placentera, y por primera vez desde que la vio, pudo sonreír.

-Yo sé que son cosas y no tienen más sentido que el que le damos. Pero de eso se trata la vida, ¿no? Darle un sentido a las cosas que no lo tienen.

-El ser humano es algo extraño. Intentan darle sentido a cosas como la vida, y encuentran razones para luchar hasta conmigo.

-No intento luchar contra vos, sólo quiero saber que todo va a estar bien.

-Todo va a estar bien Horacio. ¿Vamos?

-Vamos.

Horizonte

El cielo cantaba una sonata de luces tintineantes en miles de versiones que mis ojos descomponían y entendían como un sufragio de libertad emocional. Pero no podía pensar en eso, mi estómago se llenaba de preguntas tales como ¿Qué voy a comer?, o ¿Qué hago acá?

Pero en ese mar de dudas había algunas que me sorprendían aún más por su corta respuesta.

¿Quién soy yo? ¿Quién es yo?

Una y otra vez en mi cerebro esas preguntas golpeaban con un eco seco y estruendoso.

Mis manos partidas se agarraban con algo de fuerza de los bordes del bote y trataban de darle un poco de paz a ese movimiento fluctuante de atrás y adelante.

La luna me observaba con cautela, esperaba mis próximos movimientos. Pero yo la miraba con asombro juvenil y le respondía que no espere más que un simple suspiro de esperanza por lograr llegar a tierra.

¿Acaso era la tierra mi objetivo?

¿Acaso la necesidad de pisar un terreno firme lograba construir en mi mente un laberinto de dudas y certezas que no tenían respuesta pero me dejaban limpiar al tiempo de un mal trago?

El mar siempre fue un maestro muy duro. Y la luna, fiel a su enigma eterno, se entreteje en un manto de clarividencia, en donde muchos pueden (o dicen) encontrar respuestas.

Pero yo sabía que no. Para mí era una piedra sin siquiera luz propia, pero con la energía de ordenar un mundo único y eterno, sin bordes o finales. Un mundo de tierra, agua, aire y fuego. Un mundo polar y angustiado que sufría tanto como yo.

La bruma se hizo presente mientras desfiguraba el inocente clima de soledad. El frío de la noche no me dejaba respirar y mis labios tiritaban a un ritmo placentero, al tiempo que la sal escapaba de todos mis poros.

El cielo se encarnó en una espiral nebulosa y me venció. Me venció una vez más.

Sin darle una respuesta.

Sin lograr entenderlo.

Tal vez, y sólo tal vez, necesitaba un poco más de cielo para mí.

Para darme el lujo de saber quién fui, al menos esa vez.

El Otro

¿Quién es aquel que se atreve a entrar en mi espacio personal?

Soy yo, un simple visitante anónimo.

Y dime, visitante anónimo. ¿Existe algún nombre con el cual pueda llamarte? Algo más natural y sincero.

No, aunque si quieres, puedes llamarme Sergio.

Sergio. Un gusto en conocerte. ¿Qué haces por aquí?

Nada particular. Sólo vengo a leerte.

Es un honor para mí que vengas hasta este humilde blog, Sergio.

Gracias.

Y bien. ¿Hubo algo que te haya gustado hasta ahora? ¿O prefieres que no hablemos?

Preferiría que no hablemos. Me gusta leer en un ambiente relajado.

Muy bien. Un gusto, Sergio. Que tengas una buena lectura.

Gracias.

Ventriloquía de Estación

Desde donde me fui.

Regresando al galope encantado.

Erigiendo un pedestal.

Sabiendo siempre que lo que fui a buscar.

Era entender que aquello que me hace bien está acá.

Y siempre estuvo sin comparar.

—–

Desde que me fui.

Regresando con aullido encantado.

De un delfín coral.

Admirando la belleza magna y liberal.

De lo que me vio nacer, creer y crear.

Siendo yo y nada más

Ningún Don es un Don de Dioses

Dedicado a la última escena que un suspiro creó.

En el afán de querer tener más de lo que me prometieron en vida, la desesperación me ahoga y no me permito apreciar el suspiro eterno, ese que te enseña a ver el presente sin final.

Es delicado y atrevido. Te enrojece y nubla dejándote atado a esa libertad extraordinaria, en donde no existe más que ser por ser.

Miro el cielo, lleno de nubes, coloreado con cientos y miles de pinceladas distintas que forman un infinito tan sobrenatural como verdadero.

Y ahí está.

Sobrepasando los setenta millones de colores.

Sobrepasando el infinito de colores.

Ver a un Dios proviene del interior, contemplando lo más preciado y delicado. Eso que supera al infinito en un solo suspiro.

Volver al sueño

Reconstruir esa maravilla

Apenas imaginable

Destrucción

A una verdad no le entra ninguna mentira.

Se cae a pedazos tratando de existir.

Pero gasta más energía de la que genera.

Porque se nubla con un caótico pensamiento sobreactuado.

Ignorando todo.

Dejando de ser nada.

Para convertirse en un absurdo final incesante y obstinado por ser algo.

Aunque sea lo mínimo.

Intentando llegar.

Aunque se quede a medio camino regulando por el frío y la soledad. Intentando escapar de un miedo vacío y solemne. Absoluto y primordial. Alentando al fuego caído del cielo, para que vuelva a ser gota de un sudor sin pasión ni dolor.

Una gota de sudor que espera ser por algo.

Hasta que al final se da cuenta de dónde está.

Y qué hace ahí.

Y se pregunta.

“¿Acaso seré yo,

quien alguna vez supe sostener el deseo,

hoy no pueda entender al destino?

Es mi ángel, mi sosiego y mi sorpresa.

Es el deseo de verme en el espejo y encontrar puras cenizas.

Pero respiro y me contengo,

para la foto…”

Describiendo el Tiempo

No sé si fue nuevo, o distinto.

Pero sé que fue raro.

Y lo será mientras lo siga pensando, y analizando.

¿Acaso la propia pregunta no es mi propio escape?

¿Valdría un sinfín de oraciones el resultado de un mero capricho, nacido de una idea en su estado más bruto y abstracto?

Un segundo mirando a ningún lado creó un vórtice hacia otro estado. Dejándome la mirada perdida, sin la necesidad de encontrarla de nuevo. El instante en donde el espacio me observa, y me muestra un punto de una realidad absoluta y primordial que me deja boquiabierto y olvidado en el tiempo. Respirando un aire fugaz y malcriado. Saboreando el momento en donde el movimiento no tiene dirección aparente y simplemente nace para revelarse.

Hasta que el chasquido se hace presente y aquello que mantenía preso a mi tiempo se desmorona en miles de preguntas ilógicas. Preguntas que hace un momento tenían la sabiduría del distinguir el bien y el mal. Que eran creadas en un universo con reglas propias y por ello estaban vivas. Apreciando la calidez de ser pensadas.

Tal y cómo fueron creadas.

Para ser preguntas intimidantes y retrospectivas.

Sin importar su respuesta.

Verdaderas.

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