Algunas de las cosas que se me ocurren

Autor: NachoFernan Page 7 of 10

Escapando a Vivir

Una sonrisa escapó junto a una lágrima. Ambas significaron enormes transformaciones en sus propios universos, al tiempo que distorsionaron un poco más a esa realidad presumida que las mantuvo escondidas en jaulas de miedos y frustraciones.

Ellas necesitaron salir para existir. Y aunque su destino esté demarcado a desaparecer en destellos de formas y suspiros, ellas siempre pidieron salir.

Para ser parte de la historia por unos segundos.

Para despertar y sentir.

Para anhelar y recordar.

Para existir y dejar un cambio, por unos segundos.

Una sonrisa escapó junto a una lágrima y nos dejó una cantidad de realidad que nos aturde y llena. Que nos enceguece y cambia colores.

Porque para ellas la vida existe por el sentido de sentirse vivo y por recordar lo que es el presente cuando duele y a su vez acaricia.

Suelo Impala

Reversionando.

Justificando y cumpliendo.

Andando derecho y celebrando un camino.

Por ser ese cimiento encontrado, por ser un concepto de alegría y emoción oculto en ojos fuertemente cerrados. Sólo por estar en ese lugar.

Mintiendo y otorgando sentido.

Cumpliendo y satisfaciendo.

Reversionando.

¿Sabés Qué Pasa?

Walter tocó seis timbrazos fuertes en la casa del Negro. Estaba desesperado, su respiración se le aceleraba y cada timbrazo se hacía más largo a medida que el Negro no aparecía para abrirle la puerta.

– ¡Ya va, ya va! -, se escuchó desde dentro de la casa.

El Negro se sorprendió al ver a Walter con la camisa desprendida, y sosteniéndose del marco de la puerta. Estaba algo transpirado, pero el saco le tapaba bastante bien las aureolas de sudor en las axilas. Se preocupó al verlo así.

– ¿Qué pasó, Walter?

– No, Negro, necesito que me ayudes -, cada palabra le costaba, jadeaba y apenas podía enfocar la vista.

– Si, pasá, amigo.

El Negro escoltó a Walter hasta el baño de servicio, y buscó en la heladera algo para servirle.

– Gracias Negro -, dijo Walter mientras recibía una lata de cerveza helada.

– Che, no me preocupes más. ¿Qué pasó Walter? ¿Recién salís de la oficina?

– Si, vengo de ahí. Y necesito que me ayudes -, tomó un sorbo largo de cerveza que le abrió el esófago y le enfrió el pecho. – Ufff, lo re necesitaba. Gracias.

El Negro buscó otra y se la sirvió en un vaso. Walter nunca se había percatado que su anfitrión le había dejado un chopp delante suyo y lo que quedaba de su cerveza lo terminó sirviendo para brindar.

– ¡Salud, amigo! Pero contame, ¿qué anda pasando?

– Vos sos informático Negro, tenés que tener alguna salida. Le mandé un mail al jefe pidiendo mi renuncia.

– ¡Ahh, tranquilo, no pasa nada!

Walter tomó otro trago largo dejando en su chopp sólo un culito de cerveza y bastante espuma. Lo interrumpió.

– No, no es sólo eso. Ojala le haya mandado eso nomás, pero también le dije algunas cosas que no están buenas.

El negro comenzó a reírse suave pero burlonamente mientras buscaba otra lata para ofrecerle. Walter continuó.

– ¡Pará, no te rías! En el correo le puse que es un desagradecido. Que hace más de diez años que estoy trabajando para la empresa y que en estos diez años nunca recibí ni siquiera un agradecimiento por lo que hice. ¿Entendés que le hice ganar a la empresa más del cuarenta porciento en utilidades anuales?

– No, la verdad que no entiendo. Lo mío es más de computadoras.

– Si, por eso vengo a verte. Necesito que borres ese mail.

El Negro estaba entretenido escuchando el relato y soltó una sonrisa para calmarlo.

– No, Walter, una vez enviado un mail, no se puede “borrar”. Simplemente viaja por la nube y llega a la otra persona. Y es instantáneo.

Walter se agarró la cabeza mientras el Negro disfrutaba del espectáculo. Caminaba de un lado al otro en pasos cortos y mirando el suelo y su cerveza. El Negro se reía para adentro. Se regocijaba viendo a su amigo desprenderse de toda dignidad mientras puteaba en frases cortas.

– No sé Negro, necesito tranquilizarme. Nuestro jefe es un hijo de puta, pero necesito seguir laburando. Hace diez años que trabajo y nadie lo aprecia. Encima en el mail le puse que es un desagradecido, porque a la secretaria le paga más que a mí. Es inaceptable.

El Negro intentaba calmarlo.

– Despreocupate Walter, ¿Vamos al patio?, que está lindo para aprovechar afuera y te va a venir bien tomar aire.

– No, Negro, porque a todo esto, ¿sabés por qué la secretaria cobra más que yo?

– ¿La secretaria? ¿Claudia? -, el Negro se llevó el chopp a la boca mientras esperaba la respuesta de su amigo.

– ¡Si, Claudia! ¿Sabés por qué? ¡Porque se encama con el jefe!

El Negro escupió toda la cerveza.

– ¡Viste! – continuó Walter -, y eso no es todo. Resulta que Claudia no sólo se encama con el jefe, sino que dicen que también se encama con otros dos.

– ¿Cómo? -, los ojos parecían dos huevos queriendo escapar y las pupilas se le dilataron. Una vena empezó a notársele en la sien.

– ¡Es como te digo, amigo! -, prosiguió Walter -, no me importa qué haga Claudia, pero si el jefe se encama, y otros dos se encaman con ella… ¿Qué tengo que pensar? ¿Acaso me tengo que encamar yo también con todos para recibir un aumento? Te juro, tengo tanta bronca acumulada que necesito largarla. Encima dicen que uno de los que está con Claudia es Alberto, el gordo del estacionamiento.

– ¿Alberto? -, preguntó el Negro sorprendido. No apartaba la vista de Walter y apretaba el chopp con fuerza.

– ¡Si! Ese gordo parece que le da estacionamiento gratis por encamarse con ella. Es un desagradable el gordo ese. Y el otro no sé quién pueda ser. Dicen que tiene una cara de boludo que se le cae, pero no sé quién pueda ser, nadie me dice.

El Negro apoyó el chopp con fuerza contra la mesada y estrujó la lata de cerveza dejando que algunas gotas caigan directamente el piso.

– ¡Mirá vos! -, dijo el Negro irónico y sin emoción.

– ¿Qué pasa, Negro? ¿Estás bien? -, Walter se preocupo al ver que la expresión de su amigo cambiaba segundo a segundo.

– ¿Sabés que pasa? Yo te voy a decir qué pasa -, las venas de su cuello ya tenían formas definidas -, pasa que ese que “tiene una cara de boludo que se le cae” soy yo. Yo estoy saliendo con Claudia hace meses, y siempre me pidió que tratemos de mantenerlo en secreto.

– ¡Uhhhh! No, Negro, ¡no me digas! -, dijo buscando algo de empatía.

– Y, ¿sabés qué es lo peor de todo? Que en el patio hay una fiesta sorpresa para vos.

– ¿Cómo?

– Si, Walter. Estuve meses hablando con el jefe para que te dé ese bendito aumento y hoy lo iba a hacer oficial. Está media empresa en el fondo. El jefe, los de personal, los de sistemas, y hasta Claudia y Alberto.

– No, Negro, tranquilo amigo. No sabía lo tuyo y Claudia.

– No Walter, ¿sabés qué?, me voy, no quiero estar acá.

El Negro agarró la campera y mientras abría la puerta para irse, se giró y le dijo a Walter.

– Encima de todo, sos tan inoperante que me mandaste el mail a mí en lugar del jefe -, y estrelló la puerta contra el marco, dejando un estruendo seco y abrumador.

Walter quedó boquiabierto y apoyó suavemente la cerveza en la mesada.

– Ufff, menos mal -, dijo en un suspiro aliviador mientras salía al patio sonriendo y acomodándose el saco.

Inicios

De un nido de estrellas nació para ser encontrado. Y aunque nadie pudo hallarlo todavía, él seguirá ahí, esperando.

Una luz, un claroscuro de persianas que nublan elementos perdidos. Una sonda, un vendaval. Un cielo bermejo que esclarece una tenue penumbra. Escondido, recibiendo vida. Absorbiendo el amargo final de cada ser, de cada universo interior… de energías alternas que vibran en sintonías neutras y eternas.

Un Dios en un púlsar.

Sobre Todo, Por Ella

Él la miró con soltura, no sabía qué iba a suceder. Simplemente la miró, y no dejó que ninguna pregunta lo atosigue, simplemente esperó a que suceda lo que Dios quiera.

Y la verdad, Dios no quiso mucho al parecer, ya que ella sonrió nomás. Con un resguardo de desamor y miedo ante la posibilidad de que un psicópata intentase burlarse de ella. Su integridad le valía muchísimo, pero no por ello lo ignoró. Simplemente le sonrió. Amablemente.

Él le devolvió la sonrisa mientras una descarada porción de saliva intentaba fugarse de la comisura derecha de su boca. Con un gesto álgido y poco atrevido, la devolvió a su lugar inspirando activamente con un sonido sostenido y repugnante.

Ella sintió un sudor frío. Sonrió una vez más mientras buscaba escapar de su vista. Se le tensaron los hombros y las manos le comenzaron a humedecerse. Su mundo desapareció, y únicamente reconocía lo inmediato.

Él se sintió victorioso. Su insignificante lógica le demostraba que no dejar de mirarla lograría que ella muestre interés en él. “¿Carisma, tal vez? ¿O excelente devoción al cuerpo femenino?”, se preguntaba a sí mismo mientras esa porción de saliva se le terminaba de escapar de la comisura de la boca y caía en su camisa negra.

[asco]

Sos una persona muy copada. Sabelo.

Un Momento, Por Favor

La noche dormía en su propia calma, la luna pálida y sofocante iluminaba los arbustos del patio formando sombras tenebrosas y lúgubres. Una brisa recorría cada uno de los barrotes del enrejado exterior y, de a poco, se escabullía entre las hojas del ventanal moviendo suavemente las cortinas con un vaivén gélido. Paul estaba sentado en su sillón rojo carmesí, olvidando el tiempo y contemplando las llamas de la chimenea que danzaban con ritmo propio. Sus pensamientos estaban dominados por una quietud sórdida. Su pasiva postura se rompía con un único movimiento que consistía en llevar el vaso de whisky de la mesita caoba a su boca repetidamente. El hielo ya estaba derretido, pero a Paul no le importaba.

El reloj de pared parecía moverse cada vez más lento, los minutos parecían horas, las horas días. La dilatación del tiempo era uno más de los tantos indicios de que ya llegaría. Paul no quería que llegue, pero no tenía opción.

Un suspiro frío se desprendió de su cuerpo y apoyó suavemente el vaso vacío. La muerte se hizo presente sin hacer ningún ruido y se sentó en un sillón gemelo al de Paul. El reloj parecía haberse detenido definitivamente, sólo las llamas y el corazón de Paul marcaban el tránsito del tiempo.

– ¿Quieres? -, le dijo Paul mientras reponía el hielo de su vaso.

La muerte no contestó. Sólo miraba al fuego, hipnotizada, seducida y estática. Una caperuza blanca le tapaba el rostro, y apenas unos mechones oscuros escapaban del velo. Un invisible gesto de negación fue todo lo que Paul pudo leer de esa comunicación. Terminó de rearmar su bebida y volvió a incorporarse en su postura clásica mirando al fuego; y se percató que el reloj ya no continuaba con su eterno movimiento. Se asustó.

– Ya es hora -, dijo por fin la muerte, su voz era delicada y dócil. Parecía provenir de la cabeza de Paul reverberando con un eco blanco.

– ¿No crees que es un poco apresurado? No es el momento todavía.

Paul frunció el entrecejo y cerró fuerte los ojos. Apretó el puño y enseguida lo soltó.

– Ya es hora -, repitió de nuevo la muerte.

Paul bebió un sorbo largo del whisky.

– ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?

– Tu tiempo ya se detuvo, un segundo más y dejarás de pertenecer al mundo de los vivos.

– ¿Y que es este tiempo? Donde puedo respirar, hablar, ver las llamas moverse… ¿acaso esto no es tiempo?

– Este momento es sólo un instante en el tiempo. Es tu instante en el tiempo.

El pecho de Paul se llenó de aire. Él sabía y lo entendía, pero no quería morir. No estaba preparado y quería estirar este instante todo lo posible.

– Déjame pedirte un último deseo -, dijo Paul sin dejar de ver las llamas.

La muerte parecía inmutable. Su postura nunca había cambiado y sus pelos respondían al movimiento de un aire frío que recorría toda la sala.

– Tus opciones son limitadas -, le respondió.

– Sólo déjame escribir una última carta.

El ambiente se tensó y el aire se volvió mucho más denso. El fuego creció fuera de su naturaleza y volvió a su forma enseguida. El velo de la muerte se transformó en un gris pálido.

– ¿A qué te refieres?

– Una última carta. Déjame escribir lo que necesito decir.

La muerte se puso de pie y su caperuza se volvió blanca de nuevo.

– Muy bien, tendrás tu última carta. Pero en el momento en donde dejes de escribir el tiempo se reanudará y tu alma continuará su camino, lejos de tu cuerpo, conmigo.

Paul estaba nervioso, su corazón latía tan rápido y fuerte que sentía que le saldría despedido del pecho. En un pestaneo la muerte desapareció, la brisa escapó del cuarto y la ventana se cerró de repente. Las llamas de la chimenea iluminaron mágicamente la enorme sala y se reveló frente a Paul un escritorio oscuro y amplio con hojas, plumas y tintas.

Paul se acomodó en la silla y puso unas cuantas hojas delante de él. Soltó un último suspiro y simplemente comenzó a escribir. Eternamente.

Dr. Oktubre – Parte I

Dr. Oktubre ruega por encontrar aquello que busca.

Intenta alcanzar un oro que brilla al sol. No sabe si realmente es oro, o simplemente algo dorado.

No le encuentra la forma al bollo de masa, pero asume que debe ser tan esférico como la gravedad le permita.

Una hoja cae de lo más bajo de un árbol. No del medio, no de arriba. No de un costado o del otro. Simplemente cae de lo más bajo.

“La teca no pasa por buscar la respuesta a una pregunta, sino por encontrar una pregunta que todavía no tenga respuesta”, dijo, y se echó a descansar mirando la lluvia del lunes.

Reversionando

Es tan lindo el futuro.

Debe ser porque no existe.

Pero sin embargo ahí está.

Inmóvil, impredecible, inexplicable.

Y hasta inexistente.

Siendo soñado.

Siendo idealizado.

Siendo inventado y traducido.

Esperando a llegar.

Para ser presente un segundo.

Y pasado una eternidad.

No se puede hacer nada.

Simplemente esperarlo.

Porque llega.

En algún momento llega.

Y que no exista lo hace lindo.

Cae la hoja

Perdida en los vientos

Destino rubí

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