Algunas de las cosas que se me ocurren

Categoría: Cuentos

De Gigantes & Verdugos

Durante toda la caída me fui sosteniendo de piedras y raíces que sobresalían del suelo seco y rocoso. Al principio, unos pocos grados de inclinación en la pendiente no significaba tanto trabajo, pero luego de unos diez metros más, la pendiente se hizo muchísimo más pronunciada y simplemente caí. Mis manos intentaban frenar la caída pero sólo conseguía que se raspen violentamente. En un momento algo golpeó mi muslo, pero no sentía nada de eso. En mi cerebro todo se traducía como imágenes a procesar en algún futuro, pero nada de sensaciones más que lo urgente.

Cuando la pendiente llegó a su fin, el pasto verde y alto me daba la certeza de que no estaba en el camino correcto. Delante mío nacía el valle de entre los montes, y en lo único que pensaba era que la guardabosques de la entrada nos advirtió que no saltiemos los caminos principales porque hace calor y es temporada de serpientes. Para nosotros era como un juego, saltearse los caminos y encontrarnos unos metros más abajo. A cambio teníamos algún codo raspado y bastante polvo. Pero nada tan grave como para no beneficiarse del placer de divertirse.

El último atajo me significó algo más que un codo rojo, o un poco de polvo. Ese último atajo me dejó mirando al propio valle del monte, lleno de árboles y arbustos. Sin horizonte ni sendero.

El celular no tenía señal, y sólo lo acompañaba un treinta porciento de carga. Lo guardé en el bolsillo de adelante y me acomodé la gorra. Ajusté la mochila en donde tenía los cigarrillos, la cámara, el encendedor y media botella de agua. Hice un rápido repaso de todo lo que tenía. De alguna manera me estaba preparando para hacerme cargo de la situación. Tenía que volver al camino. En mis opciones estaba volver a subir la pendiente, aunque su inclinación significaba muchísimo esfuerzo y el riesgo de caer y romperme algún hueso contra las piedras.

Algo me llamaba a entrar al monte.

Un recuerdo ajeno que se colaba en una fantasía que todavía no existía.

Un frío caliente se apoderó de mis piernas y empezaron a correr sin mirar atrás. Los brazos me abrían el paso entre las ramas y espinas de aquellos arbustos secos. Sin embargo, no sentía nada físico. Mi cuerpo estaba debajo de una catarata de adrenalina que me obligaba a sentir el todo y la nada.

Apenas se lograba ver el cielo y no había nubes, pero el sol tímidamente rozaba las copas de los árboles más altos. El cerro se erguía firme como un gigante dormido, mientras que yo me sentía tan pequeño y frágil como un insignificante insecto escapando por su vida. Corría como si en cada paso hubiese una serpiente que pudiese saltar y atacarme. No me sentía seguro. En ningún momento. Lo único que anhelaba era llegar al camino. Volver a la civilización. O al menos sobrevivir.

Algo me tiró la gorra. Alguna rama, tal vez. Pero no paré. Seguí corriendo y de golpe, faltando una pulgada para llegar al punto de no retorno, frené. Si daba un paso más perdería mi gorra para siempre y estaba seguro que nunca más volvería por ella. Vacilé. La idea de volver aunque sea un metro no me gustaba, estaba cada vez más cerca de la civilización.

Pero me negué a dejarla y miré para atrás, a buscarla.

Pero ya no había atrás. Ni tampoco adelante.

El espacio y el tiempo se transformaron en ideas y sueños.

Me encontré rodeado de un único ser que empatizaba conmigo, y donde yo era parte de él también.

Y escuché la infinidad del silencio.

Y sentí el perfume del polvo, y el aroma de un lugar olvidado.

Me sentí tan avasallado por la solemnidad de la naturaleza en su estado más primitivo que logré verle la cara al gigante del monte.

Y ese gigante me miró.

Y aunque fue sólo un segundo, o una fracción de segundo, ese gigante me miró.

Y me saludó.

Y me abrazó.

Y me sentí bien.

Seguro.

Durante un instante eterno pude ver al gigante del monte y él me miró a mí.

Ojos al Viento

– ¡Es un idiota, jefe! ¡Ese robot no merece el MVP! ¡El premio debería ser mío!

– Te lo he dicho desde el comienzo Jett, eres demasiado buena, pero no sabes jugar en equipo.

– ¿Acaso eso es un equipo? Pfff, esos idiotas no podrían ganar nada sin mí y usted lo sabe.

– Tu rebeldía no te llevará a ningún lado.

– No me rebelo contra nada. Y ya deme el maldito MVP.

– Primero juega en equipo, y luego tendrás tu premio.

– Ese robot no lo merece.

– Ese robot logró quince asistencias.

– Y yo he matado al equipo enemigo entero, ¡tres veces! ¿Acaso no son suficientes las muertes?

– No cuando todo tu equipo también muere.

– Ellos son unos idiotas. Y usted también.

– Controla tu actitud Jett. De lo contrario te sacaré del equipo.

– No puede jefe, soy demasiado buena.

– Vete al diablo Jett.

– Oblígueme.

[xxx]

¿Sabés Qué Pasa?

Walter tocó seis timbrazos fuertes en la casa del Negro. Estaba desesperado, su respiración se le aceleraba y cada timbrazo se hacía más largo a medida que el Negro no aparecía para abrirle la puerta.

– ¡Ya va, ya va! -, se escuchó desde dentro de la casa.

El Negro se sorprendió al ver a Walter con la camisa desprendida, y sosteniéndose del marco de la puerta. Estaba algo transpirado, pero el saco le tapaba bastante bien las aureolas de sudor en las axilas. Se preocupó al verlo así.

– ¿Qué pasó, Walter?

– No, Negro, necesito que me ayudes -, cada palabra le costaba, jadeaba y apenas podía enfocar la vista.

– Si, pasá, amigo.

El Negro escoltó a Walter hasta el baño de servicio, y buscó en la heladera algo para servirle.

– Gracias Negro -, dijo Walter mientras recibía una lata de cerveza helada.

– Che, no me preocupes más. ¿Qué pasó Walter? ¿Recién salís de la oficina?

– Si, vengo de ahí. Y necesito que me ayudes -, tomó un sorbo largo de cerveza que le abrió el esófago y le enfrió el pecho. – Ufff, lo re necesitaba. Gracias.

El Negro buscó otra y se la sirvió en un vaso. Walter nunca se había percatado que su anfitrión le había dejado un chopp delante suyo y lo que quedaba de su cerveza lo terminó sirviendo para brindar.

– ¡Salud, amigo! Pero contame, ¿qué anda pasando?

– Vos sos informático Negro, tenés que tener alguna salida. Le mandé un mail al jefe pidiendo mi renuncia.

– ¡Ahh, tranquilo, no pasa nada!

Walter tomó otro trago largo dejando en su chopp sólo un culito de cerveza y bastante espuma. Lo interrumpió.

– No, no es sólo eso. Ojala le haya mandado eso nomás, pero también le dije algunas cosas que no están buenas.

El negro comenzó a reírse suave pero burlonamente mientras buscaba otra lata para ofrecerle. Walter continuó.

– ¡Pará, no te rías! En el correo le puse que es un desagradecido. Que hace más de diez años que estoy trabajando para la empresa y que en estos diez años nunca recibí ni siquiera un agradecimiento por lo que hice. ¿Entendés que le hice ganar a la empresa más del cuarenta porciento en utilidades anuales?

– No, la verdad que no entiendo. Lo mío es más de computadoras.

– Si, por eso vengo a verte. Necesito que borres ese mail.

El Negro estaba entretenido escuchando el relato y soltó una sonrisa para calmarlo.

– No, Walter, una vez enviado un mail, no se puede “borrar”. Simplemente viaja por la nube y llega a la otra persona. Y es instantáneo.

Walter se agarró la cabeza mientras el Negro disfrutaba del espectáculo. Caminaba de un lado al otro en pasos cortos y mirando el suelo y su cerveza. El Negro se reía para adentro. Se regocijaba viendo a su amigo desprenderse de toda dignidad mientras puteaba en frases cortas.

– No sé Negro, necesito tranquilizarme. Nuestro jefe es un hijo de puta, pero necesito seguir laburando. Hace diez años que trabajo y nadie lo aprecia. Encima en el mail le puse que es un desagradecido, porque a la secretaria le paga más que a mí. Es inaceptable.

El Negro intentaba calmarlo.

– Despreocupate Walter, ¿Vamos al patio?, que está lindo para aprovechar afuera y te va a venir bien tomar aire.

– No, Negro, porque a todo esto, ¿sabés por qué la secretaria cobra más que yo?

– ¿La secretaria? ¿Claudia? -, el Negro se llevó el chopp a la boca mientras esperaba la respuesta de su amigo.

– ¡Si, Claudia! ¿Sabés por qué? ¡Porque se encama con el jefe!

El Negro escupió toda la cerveza.

– ¡Viste! – continuó Walter -, y eso no es todo. Resulta que Claudia no sólo se encama con el jefe, sino que dicen que también se encama con otros dos.

– ¿Cómo? -, los ojos parecían dos huevos queriendo escapar y las pupilas se le dilataron. Una vena empezó a notársele en la sien.

– ¡Es como te digo, amigo! -, prosiguió Walter -, no me importa qué haga Claudia, pero si el jefe se encama, y otros dos se encaman con ella… ¿Qué tengo que pensar? ¿Acaso me tengo que encamar yo también con todos para recibir un aumento? Te juro, tengo tanta bronca acumulada que necesito largarla. Encima dicen que uno de los que está con Claudia es Alberto, el gordo del estacionamiento.

– ¿Alberto? -, preguntó el Negro sorprendido. No apartaba la vista de Walter y apretaba el chopp con fuerza.

– ¡Si! Ese gordo parece que le da estacionamiento gratis por encamarse con ella. Es un desagradable el gordo ese. Y el otro no sé quién pueda ser. Dicen que tiene una cara de boludo que se le cae, pero no sé quién pueda ser, nadie me dice.

El Negro apoyó el chopp con fuerza contra la mesada y estrujó la lata de cerveza dejando que algunas gotas caigan directamente el piso.

– ¡Mirá vos! -, dijo el Negro irónico y sin emoción.

– ¿Qué pasa, Negro? ¿Estás bien? -, Walter se preocupo al ver que la expresión de su amigo cambiaba segundo a segundo.

– ¿Sabés que pasa? Yo te voy a decir qué pasa -, las venas de su cuello ya tenían formas definidas -, pasa que ese que “tiene una cara de boludo que se le cae” soy yo. Yo estoy saliendo con Claudia hace meses, y siempre me pidió que tratemos de mantenerlo en secreto.

– ¡Uhhhh! No, Negro, ¡no me digas! -, dijo buscando algo de empatía.

– Y, ¿sabés qué es lo peor de todo? Que en el patio hay una fiesta sorpresa para vos.

– ¿Cómo?

– Si, Walter. Estuve meses hablando con el jefe para que te dé ese bendito aumento y hoy lo iba a hacer oficial. Está media empresa en el fondo. El jefe, los de personal, los de sistemas, y hasta Claudia y Alberto.

– No, Negro, tranquilo amigo. No sabía lo tuyo y Claudia.

– No Walter, ¿sabés qué?, me voy, no quiero estar acá.

El Negro agarró la campera y mientras abría la puerta para irse, se giró y le dijo a Walter.

– Encima de todo, sos tan inoperante que me mandaste el mail a mí en lugar del jefe -, y estrelló la puerta contra el marco, dejando un estruendo seco y abrumador.

Walter quedó boquiabierto y apoyó suavemente la cerveza en la mesada.

– Ufff, menos mal -, dijo en un suspiro aliviador mientras salía al patio sonriendo y acomodándose el saco.

Sobre Todo, Por Ella

Él la miró con soltura, no sabía qué iba a suceder. Simplemente la miró, y no dejó que ninguna pregunta lo atosigue, simplemente esperó a que suceda lo que Dios quiera.

Y la verdad, Dios no quiso mucho al parecer, ya que ella sonrió nomás. Con un resguardo de desamor y miedo ante la posibilidad de que un psicópata intentase burlarse de ella. Su integridad le valía muchísimo, pero no por ello lo ignoró. Simplemente le sonrió. Amablemente.

Él le devolvió la sonrisa mientras una descarada porción de saliva intentaba fugarse de la comisura derecha de su boca. Con un gesto álgido y poco atrevido, la devolvió a su lugar inspirando activamente con un sonido sostenido y repugnante.

Ella sintió un sudor frío. Sonrió una vez más mientras buscaba escapar de su vista. Se le tensaron los hombros y las manos le comenzaron a humedecerse. Su mundo desapareció, y únicamente reconocía lo inmediato.

Él se sintió victorioso. Su insignificante lógica le demostraba que no dejar de mirarla lograría que ella muestre interés en él. “¿Carisma, tal vez? ¿O excelente devoción al cuerpo femenino?”, se preguntaba a sí mismo mientras esa porción de saliva se le terminaba de escapar de la comisura de la boca y caía en su camisa negra.

[asco]

Un Momento, Por Favor

La noche dormía en su propia calma, la luna pálida y sofocante iluminaba los arbustos del patio formando sombras tenebrosas y lúgubres. Una brisa recorría cada uno de los barrotes del enrejado exterior y, de a poco, se escabullía entre las hojas del ventanal moviendo suavemente las cortinas con un vaivén gélido. Paul estaba sentado en su sillón rojo carmesí, olvidando el tiempo y contemplando las llamas de la chimenea que danzaban con ritmo propio. Sus pensamientos estaban dominados por una quietud sórdida. Su pasiva postura se rompía con un único movimiento que consistía en llevar el vaso de whisky de la mesita caoba a su boca repetidamente. El hielo ya estaba derretido, pero a Paul no le importaba.

El reloj de pared parecía moverse cada vez más lento, los minutos parecían horas, las horas días. La dilatación del tiempo era uno más de los tantos indicios de que ya llegaría. Paul no quería que llegue, pero no tenía opción.

Un suspiro frío se desprendió de su cuerpo y apoyó suavemente el vaso vacío. La muerte se hizo presente sin hacer ningún ruido y se sentó en un sillón gemelo al de Paul. El reloj parecía haberse detenido definitivamente, sólo las llamas y el corazón de Paul marcaban el tránsito del tiempo.

– ¿Quieres? -, le dijo Paul mientras reponía el hielo de su vaso.

La muerte no contestó. Sólo miraba al fuego, hipnotizada, seducida y estática. Una caperuza blanca le tapaba el rostro, y apenas unos mechones oscuros escapaban del velo. Un invisible gesto de negación fue todo lo que Paul pudo leer de esa comunicación. Terminó de rearmar su bebida y volvió a incorporarse en su postura clásica mirando al fuego; y se percató que el reloj ya no continuaba con su eterno movimiento. Se asustó.

– Ya es hora -, dijo por fin la muerte, su voz era delicada y dócil. Parecía provenir de la cabeza de Paul reverberando con un eco blanco.

– ¿No crees que es un poco apresurado? No es el momento todavía.

Paul frunció el entrecejo y cerró fuerte los ojos. Apretó el puño y enseguida lo soltó.

– Ya es hora -, repitió de nuevo la muerte.

Paul bebió un sorbo largo del whisky.

– ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?

– Tu tiempo ya se detuvo, un segundo más y dejarás de pertenecer al mundo de los vivos.

– ¿Y que es este tiempo? Donde puedo respirar, hablar, ver las llamas moverse… ¿acaso esto no es tiempo?

– Este momento es sólo un instante en el tiempo. Es tu instante en el tiempo.

El pecho de Paul se llenó de aire. Él sabía y lo entendía, pero no quería morir. No estaba preparado y quería estirar este instante todo lo posible.

– Déjame pedirte un último deseo -, dijo Paul sin dejar de ver las llamas.

La muerte parecía inmutable. Su postura nunca había cambiado y sus pelos respondían al movimiento de un aire frío que recorría toda la sala.

– Tus opciones son limitadas -, le respondió.

– Sólo déjame escribir una última carta.

El ambiente se tensó y el aire se volvió mucho más denso. El fuego creció fuera de su naturaleza y volvió a su forma enseguida. El velo de la muerte se transformó en un gris pálido.

– ¿A qué te refieres?

– Una última carta. Déjame escribir lo que necesito decir.

La muerte se puso de pie y su caperuza se volvió blanca de nuevo.

– Muy bien, tendrás tu última carta. Pero en el momento en donde dejes de escribir el tiempo se reanudará y tu alma continuará su camino, lejos de tu cuerpo, conmigo.

Paul estaba nervioso, su corazón latía tan rápido y fuerte que sentía que le saldría despedido del pecho. En un pestaneo la muerte desapareció, la brisa escapó del cuarto y la ventana se cerró de repente. Las llamas de la chimenea iluminaron mágicamente la enorme sala y se reveló frente a Paul un escritorio oscuro y amplio con hojas, plumas y tintas.

Paul se acomodó en la silla y puso unas cuantas hojas delante de él. Soltó un último suspiro y simplemente comenzó a escribir. Eternamente.

La Caja de Zapatos

El buffet estaba lleno. Faltaba media hora para el segundo parcial de Tecnología 2 y sólo un puñado teníamos chances de promocionarla. El resto sólo con presentarse aprobaba la cursada pero debía rendir el final completo. A mi derecha estaba el Oso, relajado en su mundo, esperando a que pase la hora mientras tomaba un café bien negro y amargo. Su tranquilidad tenía sentido, no tenía ninguna posibilidad de promocionar, era uno más de los que iban directamente a rendir el final. Por mi lado necesitaba incorporar algunos conceptos más, mis chances de promocionar no eran nulas pero sólo una nota altísima podría ayudarme. Mis nervios hacían bailar frenéticamente mi pierna mientras repetía como un mantra la definición de cuatricromía.

– Relajá Nachín -, me dijo el Oso -, estudiamos juntos para el final, ya fue. ¿Querés que te compre un café?

El bullicio era ensordecedor, definitivamente no era el lugar indicado para estudiar. Mi posibilidad de promocionar caía en picada mientras mi ansiedad peleaba una batalla interna contra mi cordura. Y al final desistí.

– No, dejá que voy yo y lo compro, así pienso en otra cosa ¿Querés una medialuna?

– No, comprate para vos así comés algo dulce de paso.

El lugar parecía un boliche. Habían tres metros entre nuestra mesa y la barra del buffet, y en ese tramo se agolpaban unas quince personas. Tomé un poco de aire, coraje y, entre pidiendo permiso y empujando, llegué hasta la precaria barra buscando al menos respirar.

Pero ella estaba del otro lado.

Con la cabeza inclinada como buscando cambio en una caja de zapatos.

Mi mundo se detuvo y el tiempo se contrajo a fracciones que duraban eternidades.

Su pelo rubio le tapaba media cara, y apenas se le notaban los cachetes colorados por el frío. Armaba una mueca en su mejilla mientras revisaba la caja. Parecía que le estaba costando encontrar lo que buscaba, y sin saberlo me estaba regalando un espectáculo de hermoso calibre. Con los dedos índice y medio se acomodó las ondas rubias por detrás de la oreja derecha y descubrió una mirada intensa y muy amable. Frunció el entrecejo y se agachó a guardar la caja de zapatos.

Ella no había notado mi presencia.

Era el momento indicado para escapar.

Tardé tres segundos en volver a la mesa y atravesar a toda la muchedumbre como una gacela despatarrada sin control.

– ¡Oso! – le dije agitado.

– ¿Y el café? -, me preguntó. Enmudecí por un instante, no sabía qué decirle. Me había olvidado del café.

– Eh, nada. No tenía ganas.

– ¿Qué pasó? ¿Necesitás que te preste plata?

– No, despreocupate que tengo plata, sólo que no tenía ganas.

Me senté y acomodé algunos resúmenes del parcial en la mesa. El bullicio del buffet no significaba nada para mí, ya no lo escuchaba. Ella estaba ocupando todo espacio en mi cabeza. Un loop ininterrumpido proyectaba la corrida de su pelo una, y otra, y otra, y otra vez. Quería mantener ese recuerdo para siempre. Ya no me importaba el parcial. Necesitaba volverla a ver, pero no sabía cómo. Mis manos empezaron a sudar.

El oso seguía tomando su café mientras respondía algún mensaje en su celular. Yo estaba cada vez más nervioso. Necesitaba volver a verla. Pero todas mis ideas terminaban en un “no-me-animo” o “qué-le-digo”.

– ¡Oso! – le dije susurrando.

– ¿Qué pasa Nachín?

– Bajá la voz, y no digas nada. ¿Viste a la rubia del buffet?

– ¿Antonella?

– ¿Qué Antonella? ¡Ah, no! ¿La de la fotocopiadora? No, nada que ver. Te digo la que atiende el buffet.

– No, que yo sepa no hay ninguna rubia.

– ¡Si, Oso! -, le dije algo ofuscado -, hay una rubia nueva, nunca la había visto. ¿A vos quién te vendió el café?

– No sé, creo que Pablo. ¿Qué pasa con la rubia esa?

– Vos callate -, dije bajando aún más el tono -, pero me encanta.

Se tapó la boca y dejó escapar una risa picarona.

– ¡Qué bien, Nachín! Andá a hablarle.

– ¿Pero vos estás loco? ¿Qué querés que le diga?

– De entrada, un “hola, me das un café…”

– No, Oso. No me animo. Ya fue, además ya tenemos que entrar para el parcial.

– ¡Dale, Nachín! Andá y pedile un café. Después la invitás vos a tomar uno.

Lo miré con desaprobación. Aunque debía aceptar que tenía razón, hablarle sería la mejor opción y además sacaría algo más de información. Su nombre, su situación sentimental y cuánto hacía que trabajaba en el buffet. “Cosas cotidianas de pedir un café”. Mi cabeza no podía encontrar un plan perfecto. Todos terminaban en completos fracasos. Sentí que el destino me jugó a favor cuando escuchamos que estaban llamando para entrar al parcial. Tenía la excusa perfecta para posponer el momento de conocer su nombre, o al menos escuchar su voz.

Aproveché sólo quince minutos para completar un parcial de dos horas, el resto lo dediqué a recordarla, a fantasear en cómo olería, cómo sería su casa, o de dónde sería. Nos imaginé estudiando juntos para el final. Dibujé en sueños miles de historias en donde ella y yo éramos los protagonistas.

Al entregar el escueto parcial un escalofrío me corrió por la espalda. Se acercaba el momento de hablarle, de pedirle ese café. O como dijo el Oso, invitarle uno yo. Mi cerebro estaba explotando.

– ¿Cómo te fue, Nachín?

– Un desastre, Oso. No me podía concentrar.

Se rió y me agarró fuerte del hombro.

– Tranquilo, ahora salimos y le hablás.

– No sé, Oso. Se me escapa de la lógica. Es imposible que pueda hablarle. Mi lengua se me empasta apenas pienso en el momento.

Mi corazón no paraba de latir y cada latido se hacía más y más denso, largo y apretado. Me estaba costando respirar y mis manos ya estaban sudadas desde horas atrás. Ni siquiera la idea de rendir el final me hacía sufrir tanto. Al girar por el pasillo vi a Pablo atendiendo la barra del buffet y con un suspiro liberé toda la tensión que estaba padeciendo.

– No está la rubia -, me dijo el Oso -, andá a preguntarle a Pablo a ver si la conoce.

– Dale, va a ser más fácil y de paso me pido un café.

A medida que me acercaba iba abriendo el ángulo de visión de todo el buffet, ya no había tanta gente y podía analizar cada una de las caras. Antes que nada debía asegurarme que no ande por ahí. No estaba preparado para verla, y menos aún para hablarle. Me acerqué a Pablo de manera suelta y confianzuda.

– Hola, Pablo, ¿te pido un café?

– Dale. Ahí te lo hago, Nacho. ¿Cómo les fue? -, me preguntó mientras llenaba el vaso plástico, la charla amena me ayudó a estirar el momento.

– Un desastre. En serio que nos mataron. Va a ser imposible el final.

– ¡Uh, que bajón! Acá tenés. Son tres con cincuenta.

– Me vas a matar, pero tengo veinte. La próxima te traigo cambio.

Su cara se agitó y cerró un puño. Una expresión muy poco amable se hizo presente en su rostro. Me preocupé.

– Perdón Nacho, pero no tengo cambio.

– Ahí le pido al Oso. Pero, ¿pasó algo, Pablo?

– No pasa nada, me pagas mañana o cuando tengas cambio. Pero bueno nada, afanaron de la caja de zapatos. Nadie sabe quién fue. Entraron acá y se llevaron la recaudación.

– ¡Uh, no me digas! Que garrón -, respondí haciéndome el sota mientras le ponía azúcar al café -, ¿y nadie sabe nada?

– No, parece que fue justo antes del parcial. Pero no. Nadie vio a nadie acá.

– ¡Qué raro! Y eso que éramos un montón. Bueno, Pablo, a cuidarse que está peligroso todo. Ya no se puede confiar en nadie. Nos vemos.

Caminé con paso acelerado persiguiendo al Oso y logré alcanzarlo sin derramar una gota del café.

– ¿Y, Nachín? ¿Qué te dijo Pablo?

– Que no la conoce.

No hablamos más y simplemente nos dedicamos a caminar hasta el auto.

Momentos Delicados

Cuando me llamaron para ese papel no pensé que me iba a significar tanto.

Era sencillo, mi personaje tenía que caminar alegremente por un campo y preguntarle la hora a un grupo de personas. Y luego de agradecer, saldría caminando por la derecha.

Simplemente aparecía, preguntaba la hora y se iba. Sencillo.

Resulta que gracias a mi personaje, el personaje principal se percata de la hora y se despide porque ya es muy tarde para su cita. En mi opinión, no era necesario contratar a alguien para que hiciera ese papel. Podía ser una alarma o la campana de algún monasterio. Cualquier cosa que haga ruido en cierto horario podría cumplir ese rol a la perfección. Un rol que entendí luego, una vez analizado el tema.

El personaje principal, el cual toda la audiencia conoce y en cierto punto respeta, se da cuenta de que podría perder al amor de su vida porque mi personaje le pregunta la hora.

¿Por qué?

¿Cuál era la razón de que a mi personaje le importase conocer la hora?

¿Y por qué preguntárselo a esa persona particular, que casualmente es el personaje principal de la obra?

Pero también me nacían preguntas aún más básicas:

¿Cómo me llamaba?

¿Qué edad tenía? ¿Dónde estaba mi familia? ¿Cuáles eran mis gustos?

No había recuerdos en mi personaje. Era el títere del director. Era ese juguete vudú al cual puede usar cuando quiera y sin consentimiento para mostrar el objetivo real, forzando una reacción o aumentando el nivel de estrés o insatisfacción del famoso personaje principal.

Era sencillo: entrar, molestar, sonreír y seguir camino sin pena ni gloria.

Yo no quería ser ese falso villano del tiempo. Yo quería saber quién era realmente mi personaje.

La idea de personificar a mi personaje tiene un cierto orgullo narcisista al intentar alcanzar los matices de un personaje principal. Pero sin embargo, para la audiencia, mi personaje pasaba a ser como un buchón del tiempo, y eso no lo podía permitir.

Durante once horas trabajé arduamente en crearle un nombre, William Morris; un apodo característico, el borbón de Escocia; y una edad, 59 años, aunque sus amigos digan que parece de 55.

William era padre de tres. El más grande, Peter, con 19 años. Le seguía Jason con 16, y por último estaba Jenny, la niña mimada de William con tan sólo 6 años. Su mujer, Rachel Stonewall era propietaria de un local de flores en las afueras de Chicago y todos los días él la llevaba al trabajo en su Chevrolet Fleetline modelo 1942 color cielo. William trabajaba en una destilería en el sur, y ya estaba tramitando los últimos papeles de su tan esperado retiro.

Pero no todo era color de rosa en la vida de William, era adicto al juego. Durante gran parte de su vida luchó contra la ludopatía y en el gremio de la destilería lo sabían. Se abrieron paso para aprovecharse de esa situación y lo sedujeron para participar de algunas partidas. William aceptó con la condición de entrar con un máximo de 100 dólares.

Los 100 dólares rápidamente se convirtieron en 300, lo que le dejó margen y satisfacción. Luego de casi cuatro horas de tomar whisky, las cuentas de William empezaron a bajar a cero hasta llegar al punto de deberles unos 3.000 dólares. Estaba destrozado.

William sabía que no se debe hacer tratos con esa clase de gente, pero no sabía hasta dónde podían llegar esas personas. William tuvo que vender el auto y su esposa tuvo que cerrar su local de flores.

Los del gremio de la destilería le pidieron más plata a William y se pusieron cada vez más duros hasta llegar al punto de secuestrar a la pequeña Jenny. Rachel, su mujer, entró en una profunda depresión y terminó hospitalizada. William tuvo que hipotecar por segunda vez su casa para pagar el rescate.

Enojado, y con razón, plantó una bomba en la destilería que estallaría a las 17:15 horas, momento exacto en donde los peces gordos se juntan a confabular sus siguientes acciones.

Esa era la hora exacta que tenía que responder el personaje principal cuando William se lo preguntase.

Hablé con el director y quedó fascinado con todo mi planteo.

Al final me hizo caso y terminó usando una campana del monasterio para marcar la hora y yo ya no aparecería en la obra.

Tal vez William Morris era mucho para él.

SupuestaMente

¡Hola!

¡Amigooooooo!

¿Qué hacés tanto tiempo?

¿No me vas a responder?

Parece que no.

¿Al menos te das vuelta si doy un par de saltos?

No… tampoco.

En fin, supongo que me escucharás al menos. Creo que nos vamos a llevar muy bien, tenés algo particular que me atrae. No sé qué sea. Desde acá tampoco te veo mucho en detalle. Encima mi vista está para atrás. ¿Sabés?

Sos un tipo de pocas palabras. Me gusta eso. Un toque aburrido, si me permitís el comentario. Pero está bueno que escuches. Bah, un oído siempre es bienvenido.

Ahí, comiendo tu hierba. ¡Miralo vos al macho cabrío este!

¡Uh! Disculpame si te ofendo con lo que te digo. Vos igual sabés que va con toda la buena onda. Está buenardo este pasto, ¿no? ¿No se dice así?

A veces me siento solo, ¿sabés? Pero enseguida alzo la vista y veo a alguien que me entiende. O al menos me escucha. No sé, algo tiene este campo, es como que siempre va a haber alguien ahí para escucharte.

Es lindo el campo este, ¿no? ¡Qué se yo! Algo de esto me gusta. Creo que me quedo porque me siento escuchado de alguna manera.

Además el pasto está buenísimo. “Buenardo”.

Je.

Y la vista.

La vista es impresionante.

Tengo la vista para atrás, ¿sabés?

Es importante cuidarse la vista.

Gracias por escucharme che, nos vemos. Me voy a comer pasto por allá.

¡Hola!

¡Amigooooooo!

¿Qué hacés tanto tiempo?

[… … …]

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