NachoFernan

Algunas de las cosas que se me ocurren

Ventriloquía de Estación

Desde donde me fui.

Regresando al galope encantado.

Erigiendo un pedestal.

Sabiendo siempre que lo que fui a buscar.

Era entender que aquello que me hace bien está acá.

Y siempre estuvo sin comparar.

—–

Desde que me fui.

Regresando con aullido encantado.

De un delfín coral.

Admirando la belleza magna y liberal.

De lo que me vio nacer, creer y crear.

Siendo yo y nada más

Ningún Don es un Don de Dioses

Dedicado a la última escena que un suspiro creó.

En el afán de querer tener más de lo que me prometieron en vida, la desesperación me ahoga y no me permito apreciar el suspiro eterno, ese que te enseña a ver el presente sin final.

Es delicado y atrevido. Te enrojece y nubla dejándote atado a esa libertad extraordinaria, en donde no existe más que ser por ser.

Miro el cielo, lleno de nubes, coloreado con cientos y miles de pinceladas distintas que forman un infinito tan sobrenatural como verdadero.

Y ahí está.

Sobrepasando los setenta millones de colores.

Sobrepasando el infinito de colores.

Ver a un Dios proviene del interior, contemplando lo más preciado y delicado. Eso que supera al infinito en un solo suspiro.

Volver al sueño

Reconstruir esa maravilla

Apenas imaginable

Destrucción

A una verdad no le entra ninguna mentira.

Se cae a pedazos tratando de existir.

Pero gasta más energía de la que genera.

Porque se nubla con un caótico pensamiento sobreactuado.

Ignorando todo.

Dejando de ser nada.

Para convertirse en un absurdo final incesante y obstinado por ser algo.

Aunque sea lo mínimo.

Intentando llegar.

Aunque se quede a medio camino regulando por el frío y la soledad. Intentando escapar de un miedo vacío y solemne. Absoluto y primordial. Alentando al fuego caído del cielo, para que vuelva a ser gota de un sudor sin pasión ni dolor.

Una gota de sudor que espera ser por algo.

Hasta que al final se da cuenta de dónde está.

Y qué hace ahí.

Y se pregunta.

“¿Acaso seré yo,

quien alguna vez supe sostener el deseo,

hoy no pueda entender al destino?

Es mi ángel, mi sosiego y mi sorpresa.

Es el deseo de verme en el espejo y encontrar puras cenizas.

Pero respiro y me contengo,

para la foto…”

Describiendo el Tiempo

No sé si fue nuevo, o distinto.

Pero sé que fue raro.

Y lo será mientras lo siga pensando, y analizando.

¿Acaso la propia pregunta no es mi propio escape?

¿Valdría un sinfín de oraciones el resultado de un mero capricho, nacido de una idea en su estado más bruto y abstracto?

Un segundo mirando a ningún lado creó un vórtice hacia otro estado. Dejándome la mirada perdida, sin la necesidad de encontrarla de nuevo. El instante en donde el espacio me observa, y me muestra un punto de una realidad absoluta y primordial que me deja boquiabierto y olvidado en el tiempo. Respirando un aire fugaz y malcriado. Saboreando el momento en donde el movimiento no tiene dirección aparente y simplemente nace para revelarse.

Hasta que el chasquido se hace presente y aquello que mantenía preso a mi tiempo se desmorona en miles de preguntas ilógicas. Preguntas que hace un momento tenían la sabiduría del distinguir el bien y el mal. Que eran creadas en un universo con reglas propias y por ello estaban vivas. Apreciando la calidez de ser pensadas.

Tal y cómo fueron creadas.

Para ser preguntas intimidantes y retrospectivas.

Sin importar su respuesta.

Verdaderas.

En un Cielo Tan Alto

Hoy condenso con el viento, mientras confieso con la lluvia.

Cientos de truenos se esparcen para ver una mirada inútil y fugaz, volando y triturando las costillas de un pájaro que nunca tuvo el sueño de sentir el suelo desde lejos.

Me ciego al ver el resplandor de un alma que no comparte una idea, y se guarda para sí sus recuerdos de amor y crianzas. Que nunca fueron la solución a una vida de deseo eterno, pero que colaboraron para formar una canción interna y amante de la aventura, de los desconocido y del mirar para adelante.

Buscando.

Replicando.

Sintiendo la miel.

Descubriendo la esencia.

Perdiendo el control.

Dejándose llevar.

Volviendo a elegir.

Y volviendo a buscar.

Esa magia intacta que nunca dejó de formar olas y centellas. Porque el cielo, una vez más, recorre un modelo clandestino del sentir imperfecto y perturbado.

Rompiendo.

Abriendo.

Olvidando la sonrisa.

Certera, y amigable.

Desprovista de una amargura casi animal.

Que llora por olvidarse del sol. Y escribe canciones de resplandores instantáneos.

Y permitiendo que la altura corroa lo menos oxidado de algunas luces.

Hoy crezco con el viento, mientras creo con la lluvia.

Clemente

¿A cuál sueño lejano le pedirás que te cubra con su manto esta noche?

¡No! – sentenció Clemente -, no hay ninguna comisaría acá. El cemento es tu límite y más vale que te lleves bien. Lo besarás más veces que a tu amante, y será el propio cemento el que te abrigará algún día.

El sonido era tímido pero perceptible, como una gota cayendo en otra habitación, haciéndose presente segundo a segundo y transformándose de a poco en tortura. Pero hasta ese momento apenas se percibía como un aleteo alejado, y mudo.

La angustia se coló en sus ojos y al abrirlos Clemente contempló su alma.

Setecientos Veintinueve

Voy a crear un sistema que entienda al ser humano.

¿Distinto de la inteligencia artificial?

Si. Hablo de algo aún más simple.

¿Simplificar la consciencia?

Eso creo que nunca será posible. Me refiero a identificar patrones.

La vida está llena de patrones.

Y, si. Culturales, sociales, ambientales, geográficos, políticos.

No te sigo.

Una conducta es un patrón de acciones en base a las experiencias personales o conocidas. Un patrón fomenta un modelo de construir una respuesta en base a la historicidad de hechos similares.

Pero también esa es la definición de vicio.

Exacto. Ir siempre a la fácil es un vicio. Todo lo que nos controla y no nos permite ser libres son vicios. Y un vicio puede que no sea algo malo, es simplemente una forma de sobrevivir. Una realidad.

¿Tu sistema tiene que entender al ser humano?

No tanto al humano per sé. Sólo a su comportamiento, para así adivinar el futuro.

El futuro.

Exacto. Saber lo que va a pasar. Anticiparse. Hay cosas que las tenemos bastante sabidas. Por ejemplo, se sabe que la publicidad tiene estrategias de marketing para influir en las decisiones de las personas, en base a los cientos y miles de estudios de personalidades. Pero inclusive ellos no tienen la posibilidad de conocer el futuro, sólo intentan mover un poco el carril de nuestras intenciones al momento de comprar un shampoo o votar.

Muchas veces lo logran.

Yo diría que casi siempre. O al menos siempre que lo intentan con ganas y no se escatima en recursos. De alguna manera el humano es un producto parametrizable.

Que se vende y comercializa.

Como todo lo diseñado. Sea con valores culturales, sociales, ambientales, geográficos, políticos… patrones de una sociedad.

¿Y como sería ese sistema que entendería el diseño humano?

Me alcanza con un piedra-papel-tijera. Al mejor de tres. Al que saque diferencia de dos en el puntaje, gana.

¿Y a eso dotarlo inteligencia artificial?

Algo así. La idea es sólo reconocer patrones. Análisis de rondas y posibilidades en base a cientos y miles de partidas.

¿Es muy ambicioso?

Si. Una ronda tiene nueve posibilidades, y la partida más rápida del sistema tiene apenas dos rondas. O sea que serían ochenta y un opciones sólo para contar con todos los inicios, o setecientos veintinueve para una partida rápida con un empate. Y si quiero conocer patrones de cuatro rondas necesito seis mil quinientos sesenta y uno. Y en una quinta ronda necesitaría cincuenta y nueve mil cuarenta y nueve registros en el historial como para armar un patrón a ese nivel. Suponiendo que se llegue a la ronda diez, estamos hablando de más de tres billones de posibilidades.

Pero al menos con ochenta y uno tenés ese mínimo de posibilidades.

Necesito que sean miles para que empiece a generar patrones reales.

¿Tenés un plan?

Si, fomentar los clicks. Al mejor de cinco. Niveles de dificultad. Fomentar la competición y superación. Se puede interpretar que uno está jugando contra un promedio del resto de los humanos.

¿Realmente crees que podés entender la razón humana leyendo sus patrones de razonamiento basados en la historicidad de sus acciones?

La inteligencia artificial básicamente hace eso. Con el piedra-papel-tijera ya tengo para un buena cantidad de laburo.

Ambicioso.

Te dije que sería ambicioso. El juego es más que sólo un juego. Para muchos es una necesidad romper con un patrón. Sentirse libre y único. Distinto al resto. Ganar.

Yo arrancaría con piedra.

Si muchos lo hacen seguramente la inteligencia artificial empezaría a tirar papel.

El piedra-papel-tijera puede llegar al punto de ser puro azar. No se puede interpretar el futuro sólo en base a conductas. Si todos lo hacen no habría conductas.

La capacidad de predecir del ser humano es forzosamente distinta del informático actual. Dependiendo de la profundidad (y punto de corte) de los razonamientos se pueden calcular patrones.

¿Y estás dispuesto a hipotetizar un resultado?

Patrones. O micro-patrones.

Exacto, micro-patrones.

Son patrones, y si alguna vez fueron, puede que intenten volver.

Y… si… los patrones están. Si un patrón va y viene en el tiempo ya hablaríamos de modas.

¿Y tu sistema va a hacer todo eso?

No creo que llegue a tanto, pero puede que la gente se cope.

Esperemos, ¿no?

Si. Sería divertido.

¿Y si resulta que el ser humano es absolutamente azar?

Sería hermoso. Me sentiría menos ansioso.

El Ser

Un verdugo inocente

que cela el deseo de vivir

y colapsa,

adiestrado y dormido

sin ánimos de ocultar

tan sólo anonimar,

dejando de ser,

a ese quien dejó de ser,

quien alguna vez fue

aunque siga siendo,

distinto a quien fue.

Y todo gracias a él,

quien no fue más,

que una coma irónica

en su oración y nada más.

AMNS – Cap. 6 – Néctar

Estuve caminando durante horas y el sol ya estaba en su cuarto de caída. Fui picando de monte en monte buscando algo para comer pero no había nada. O al menos no se me ocurría qué poder comer. Los árboles eran ásperos y con hojas muy pequeñas y sin carne.

Me senté a descansar un poco. Tenía las piernas cansadas aunque ya se estaban moviendo por cuenta propia. Hubo ciertos momentos en donde una puntada se colaba en la rodilla izquierda, y me obligaba a dejarla en paz un tiempo. El tronido de los pájaros revivía en el ambiente y se mezclaban con el sonido del viento golpeando a las ramas unas con otras.

El campo estaba vivo y no lo percibía mientras caminaba. Seguí el recorrido de los pájaros y vi que había decenas de distintos colores, formas y tamaños. Con alas largas, colas en V, gordos y algunos volando tan alto que no se podían distinguir si ya los había visto.

Siguiendo el recorrido de uno en particular que frenó en la copa del árbol en donde estaba yo, vi que se puso a comer de una fruta que nunca me percaté que estaba. Tosí en mi sorpresa y el pájaro voló al notar mi presencia.

De entre las ramas de los árboles nacía una enredadera trepadora de ramas verdes carnosas pero muy delicada con una flor violeta muy particular y unas bayas del tamaño de un pulgar verdes, amarillas y naranjas. Ya había visto la planta colgada en otros árboles, me llamaban mucho la atención las flores que eran peculiarmente extravagantes. Pero nunca me había percatado de sus frutos.

Analicé un poco más la planta, me llamaba la atención que sólo los frutos más anaranjados estaban carcomidos y huecos.

“Esos deben ser los que están más maduros”, pensé.

No había ninguno de color naranja que pueda alcanzar sin cortarme con alguna espina del árbol, así que agarré el que yo consideré más maduro que tenía al alcance. Le costó separarse de la planta y sin intensión lo estrujé al sacarlo. Era esponjoso al tacto y al partirlo se mostraron cientos de bolitas de agua con un tinte rojizo. Algunas eran casi transparentes.

“¿Serán estas cosas lo que comen los pájaros? Se ven más rojos en los comidos”

Algo me decía que iba a ser de un gusto muy poco agradable.

Y, nuevamente, ese algo no se confundió. Apenas partí una de las bolita con el diente, un gusto ácido y picoso se adueñó del lugar y comenzó a expandirse por toda la boca. La lengua se torcía por sí sola, y mientras mis labios se quedaban sin saliva, la panza se me contraía. Quería escupirlo.

Pero probé de nuevo, tenía que comer algo. El hambre era más fuerte que el gusto y algo me impulsó a terminar de comer eso. Acepté el gusto simplemente para acallar la panza. Y funcionó.

Asumiendo resignadamente que tendría que ingerir esa comida, hice una última respiración fuerte y comencé a engullir uno tras otro. Mi cerebro no tenía eco. Mi panza estaba contenida.

Era sentirme bien. Comer.

Perdí la cuenta en el cuarto, o quinto. Cada tanto tenía un reflujo que me obligaba a resignificar el fruto y buscar alguno más maduro. Pero estaba muy bien comiendo, hasta que un reflejo se lleva a la fuerza mi concentración.

“… Mburucuyá!”, escuché en mi cerebro de golpe.

Me sorprendí. ¿Cómo sabía eso?

– Mburucuyá -, solté con mi voz.

Necesitaba escuchar cómo sonaba. La voz no me resultaba ajena. Miré lo que me quedaba en la mano y la recordé. Recordé cómo era, y sabía que el gusto era este, y sabía también que le faltaba madurar. Le faltaba un gusto dulce particular.

– Mbu-ru-cu-yá -, nuevamente en voz alta, pero ahora separando las sílabas. Como si fuese un juego para mí. Quería divertirme. Necesitaba divertirme y sentirme bien. La panza no estaba tan quejosa, aunque el hambre siga ahí latente. El retumbar en la cabeza tampoco molestaba tanto. Era apenas imperceptible.

“Creo que también se llama Pasiflora, pero Mburucuyá suena mejor”, brotó de mi mente un recuerdo más. Algo me daba el conocimiento de saber qué era lo que tenía en la mano.

Necesitaba seguir comiendo, pero ya los que quedaban en ese monte apenas tenían forma. Miré a la distancia a ver si podía reconocer algún monte que tenga en las cercanías, achiqué los ojos en busca de enfoque y lograr tapar un poco el sol. Intenté recordar en qué otros montes había visto esa flor, pero todos eran más o menos iguales para mí y a la distancia no se apreciaban bien.

El objeto con bordes perfectos se erguía en el medio de la nada. Seguía sin distinguirlo, estaba bastante lejos todavía. Definitivamente no era un árbol, ¿una piedra enorme? No sentía que pueda ser algo que tenga comida, por lo que intenté despejarlo de mi cabeza y buscar algún monte que me provea de más frutos.

La curiosidad podía esperar un tiempo, al menos hasta que termine de comer.

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