Algunas de las cosas que se me ocurren

Autor: NachoFernan Page 6 of 10

De Gigantes & Verdugos

Durante toda la caída me fui sosteniendo de piedras y raíces que sobresalían del suelo seco y rocoso. Al principio, unos pocos grados de inclinación en la pendiente no significaba tanto trabajo, pero luego de unos diez metros más, la pendiente se hizo muchísimo más pronunciada y simplemente caí. Mis manos intentaban frenar la caída pero sólo conseguía que se raspen violentamente. En un momento algo golpeó mi muslo, pero no sentía nada de eso. En mi cerebro todo se traducía como imágenes a procesar en algún futuro, pero nada de sensaciones más que lo urgente.

Cuando la pendiente llegó a su fin, el pasto verde y alto me daba la certeza de que no estaba en el camino correcto. Delante mío nacía el valle de entre los montes, y en lo único que pensaba era que la guardabosques de la entrada nos advirtió que no saltiemos los caminos principales porque hace calor y es temporada de serpientes. Para nosotros era como un juego, saltearse los caminos y encontrarnos unos metros más abajo. A cambio teníamos algún codo raspado y bastante polvo. Pero nada tan grave como para no beneficiarse del placer de divertirse.

El último atajo me significó algo más que un codo rojo, o un poco de polvo. Ese último atajo me dejó mirando al propio valle del monte, lleno de árboles y arbustos. Sin horizonte ni sendero.

El celular no tenía señal, y sólo lo acompañaba un treinta porciento de carga. Lo guardé en el bolsillo de adelante y me acomodé la gorra. Ajusté la mochila en donde tenía los cigarrillos, la cámara, el encendedor y media botella de agua. Hice un rápido repaso de todo lo que tenía. De alguna manera me estaba preparando para hacerme cargo de la situación. Tenía que volver al camino. En mis opciones estaba volver a subir la pendiente, aunque su inclinación significaba muchísimo esfuerzo y el riesgo de caer y romperme algún hueso contra las piedras.

Algo me llamaba a entrar al monte.

Un recuerdo ajeno que se colaba en una fantasía que todavía no existía.

Un frío caliente se apoderó de mis piernas y empezaron a correr sin mirar atrás. Los brazos me abrían el paso entre las ramas y espinas de aquellos arbustos secos. Sin embargo, no sentía nada físico. Mi cuerpo estaba debajo de una catarata de adrenalina que me obligaba a sentir el todo y la nada.

Apenas se lograba ver el cielo y no había nubes, pero el sol tímidamente rozaba las copas de los árboles más altos. El cerro se erguía firme como un gigante dormido, mientras que yo me sentía tan pequeño y frágil como un insignificante insecto escapando por su vida. Corría como si en cada paso hubiese una serpiente que pudiese saltar y atacarme. No me sentía seguro. En ningún momento. Lo único que anhelaba era llegar al camino. Volver a la civilización. O al menos sobrevivir.

Algo me tiró la gorra. Alguna rama, tal vez. Pero no paré. Seguí corriendo y de golpe, faltando una pulgada para llegar al punto de no retorno, frené. Si daba un paso más perdería mi gorra para siempre y estaba seguro que nunca más volvería por ella. Vacilé. La idea de volver aunque sea un metro no me gustaba, estaba cada vez más cerca de la civilización.

Pero me negué a dejarla y miré para atrás, a buscarla.

Pero ya no había atrás. Ni tampoco adelante.

El espacio y el tiempo se transformaron en ideas y sueños.

Me encontré rodeado de un único ser que empatizaba conmigo, y donde yo era parte de él también.

Y escuché la infinidad del silencio.

Y sentí el perfume del polvo, y el aroma de un lugar olvidado.

Me sentí tan avasallado por la solemnidad de la naturaleza en su estado más primitivo que logré verle la cara al gigante del monte.

Y ese gigante me miró.

Y aunque fue sólo un segundo, o una fracción de segundo, ese gigante me miró.

Y me saludó.

Y me abrazó.

Y me sentí bien.

Seguro.

Durante un instante eterno pude ver al gigante del monte y él me miró a mí.

Existenciales

¿Hasta dónde llega la mirada del otro?

¿Hasta dónde llega nuestra idea de la mirada del otro?

¿Somos la mirada del otro?

¿O el resultado de la mirada del otro?

¿Y si esa mirada es en realidad una proyección?

¿O algo así como una idea nuestra de lo que suponemos del otro?

¿Es tan importante la mirada?

¿Sentirse mirado?

¿Significa confabular contra uno mismo?

¿Acaso uno mismo crea ese ojo observador y amenazante?

¿Ese ojo es realmente el otro?

¿O ese otro también es creación nuestra?

¿No somos más que un eterno eco de miradas en nuestra mente?

¿Un sinfín de malabares desordenados?

¿O un armado sencillo y antidemocrático de inexperiencias?


Donde estoy yo hay un otro.

Yo soy uno y otro.

Yo convivo en mi psiquis y conmigo.

Obteniendo un eco prematuro y aglutinante.

Que condecora e imagina.

Que sueña e idealiza.

Una imagen proyectada de mis recuerdos.

Atravesada por millones de estímulos.

A los que les doy un sentido.

Negativo y positivo y objetivo.

Pero escuchando.

Y siendo mirado.

Por mi y por ese otro que creo en mí.

Esperando conformarlo.

Algún día.

Somos un universo

Evadiéndonos

En la oscuridad plena

De Circos & Cirqueros

– Y dime, ¿Hasta cuándo tendré que soportar tus atrevimientos?

Las venas de su muñeca se trenzaron como ríos. Su tensión se podía medir en onzas. Su ojo izquierdo se retorció y lo cerró enseguida.

Recordaba sus épocas de inexperto, y cómo pagaba por sus errores. “Si tan solo hubieses nacido en mis dorados veinte…”, rezaba por dentro.

– Ven muchacho. Así es el sistema. Lo entenderás mejor de grande. Ve a jugar y olvídate por un segundo de que las cosas están mal.

El viejo se guardó todas sus emociones y las terminó canalizando en pequeñas supernovas de Alplax.

Bendijo una vez más al muchacho y se marchó.

Esperando nunca más volver a verlo.

Y así fue.

De Tripas Corazón

¡Hola Tripa!

Te escribo por acá porque, por alguna razón, nunca te pude responder ese audio que me mandaste. Seguramente ya ni lo recuerdes, pero yo sí, y casi todos los días pienso en eso.

Desde que nos conocimos en la facu hace un par de años formamos un vínculo bastante particular, rodeado de pura buena onda y nada más. Nunca hubo un materialismo, o una intención de lucrar uno con el otro. No teníamos razones ni necesidad. Siempre nos manejamos con afecto y cariño para saludarnos para navidad o fin de año. Una hermosa relación en donde sencillamente nos mandábamos mensajes para decir: “Hola, pienso en vos, un abrazo Tripa”. Y entre esos mensajes nos contamos cosas de nuestro día a día. Tu casamiento, la casa, el fallecimiento de mi viejo, el de tu abuelo, la enfermedad de tu abuela, la puta pandemia, hasta llegar a cosas más triviales como las materias que vamos a cursar o el proyecto en el que estábamos.

Esa tarde de Junio me encontraba desarmando la pileta. Aunque desarmando es un término un poco desacertado refiriéndome a que la estaba rompiendo a martillazos. Hacía calor y todavía no tenía los dolores de muñeca que hoy tengo por esa misma causa. Estaba con ganas y dejaba todas mis angustias y frustraciones en cada martillazo destruyendo las paredes y el piso. Fue hermoso y bastante satisfactorio haber sacado una pileta de cemento de casi 50 años a puro martillazo limpio. Básicamente lo usé como terapia.

Entre martillo y pala escuché tu primer mensaje, saludando y preguntando cómo andaba. Te respondí a los quince minutos contándote la hazaña en la cual me estaba metiendo y de paso te hablé un poco de mis planes con la casa y te invité a hacer un asado en el patio. El día estaba hermoso y toda proyección sobre una futura juntada me alegraba un poco más el corazón.

Tu respuesta cayó media hora después en donde me diste un “si” rotundo a la idea de juntarnos con nuestras novias y seguidamente me dijiste que hacía unos meses habían perdido un embarazo. Mi cerebro se tildó. Una angustia insoportable me recorrió el cuerpo y todas mis extremidades se tensaron. Un impulso eléctrico se hizo cargo de mi espalda y cerré los ojos, no sin antes apretar muy fuerte los dientes. Tragaba saliva mezclada con polvillo y no me importaba. Por mi mente había miles de imágenes tuyas, pero predominaba una particular en donde estabas contándome esto en vivo, con tu sonrisa asimétrica y escapando tu mirada de la mía para no partir en llanto. En esa imagen te abrazaba tan fuertemente como lo estaban haciendo mis manos, y enseguida los dos llorábamos a moco tendido y sin tapujos.

Pero esa imagen no era real. Tal vez era lo que hubiese deseado. Simplemente por el hecho de que en esa imagen no usaba palabras, sólo un abrazo en donde contenía como una presa toda esa energía latente que necesitaba escapar. Y sin embargo, esa imagen me quedó una y otra vez dando vueltas. También los imaginaba a ustedes, a vos y a tu novia, luchando contra esa muralla de injusticia propia de la vida y el destino inocuo del deseo de ser padres.

“Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”. Tal vez con eso era suficiente. Pero para mí era poco. Necesitaba encontrar palabras que expliquen y te hiciesen sentir ese abrazo que imaginaba tan claro y sentido, para que sepas cuánto realmente te quiero, cuánto me afectó esa noticia, pero principalmente para que sepas que acá estoy. Siempre. Para escucharte y abrazarte. Pero algo de mí intentó ser ultra perfeccionista, y no encontré la forma de expresar eso. De alguna u otra manera, no había palabras que digan lo sencillo: “Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”.

Sin pensar en absolutamente nada más que en eso, le dediqué unos minutos a seguir rompiendo la pileta mientras mi cabeza armaba frases para construir el mensaje final. El hecho de que nuestra comunicación tenga algo de delay propio de una vida activa, me dejaba ese margen para pensar qué decir y cómo.

Pasó media hora y el sol estaba cayendo, mi día de trabajo en la pileta se estaba terminando y no dejé de pensar un segundo en qué decirte. Pero no encontraba esas palabras tan obvias y sencillas. Estaban ahí, pero no las veía con claridad. Sentía que no eran suficientes, que más allá de eso tenía que decir algo más, no sé, cualquier cosa. Pero hice lo peor que pude haber hecho alguna vez. Dejarlo para después.

¿¡Por qué!?

Hacía un año que había fallecido mi viejo y recuerdo docenas de mensajes que no decían nada, pero eran más que suficientes. Hubieron mensajes en donde sólo usaron tres palabras “Lo lamento mucho”, y para mi significaron todo. Sólo expresaban que esa persona lo sentía, y que pensaba en mí. En esos momentos entendí que las palabras no importaban, el hecho de “estar” lo era todo.

Pero también hubo mucha gente que nunca escribió, ni llamó, o ni siquiera se acercó. Y sin embargo los entendí, es muy difícil aflorar un sentimiento cuando no se sabe qué decir y tenés el tiempo que te corre. Un gran amigo de mi viejo y toda la familia, el Colo, nunca escribió ni llamó. No apareció por meses pero sabíamos que estaba sufriendo mucho. Una tarde cualquiera, mi hermana se lo encontró por casualidad en la disquería y cuando la vio se le abalanzó sin escrúpulos a abrazarla y se largó a llorar a más no poder. En medio de la disquería, sin que le importe nada.

Hoy me siento como el Colo, lleno de culpa y contradicciones. Te quiero muchísimo Tripa. Y no sé por qué. No tenemos más que una sola materia cursada juntos, pero hubo un algo que flotó y me marcó un amor especial por vos. Y me doy cuenta del cariño que te tengo por lo pesada que está mi consciencia, que me dice que te escriba, que todavía hay tiempo y que nunca es tarde. Siento que te debo una explicación que no existe, una excusa que es más que tonta y que a vos no te interesa, porque seguramente lo que más te importe es que te escriba para decirte que acá estoy, que espero que nos veamos pronto para tomar una birra, hacer un asadito, o que te pida que me cuentes cómo anda tu novia, tu familia y la casa. O tal vez, esperes un simple: “Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”.

Ojos al Viento

– ¡Es un idiota, jefe! ¡Ese robot no merece el MVP! ¡El premio debería ser mío!

– Te lo he dicho desde el comienzo Jett, eres demasiado buena, pero no sabes jugar en equipo.

– ¿Acaso eso es un equipo? Pfff, esos idiotas no podrían ganar nada sin mí y usted lo sabe.

– Tu rebeldía no te llevará a ningún lado.

– No me rebelo contra nada. Y ya deme el maldito MVP.

– Primero juega en equipo, y luego tendrás tu premio.

– Ese robot no lo merece.

– Ese robot logró quince asistencias.

– Y yo he matado al equipo enemigo entero, ¡tres veces! ¿Acaso no son suficientes las muertes?

– No cuando todo tu equipo también muere.

– Ellos son unos idiotas. Y usted también.

– Controla tu actitud Jett. De lo contrario te sacaré del equipo.

– No puede jefe, soy demasiado buena.

– Vete al diablo Jett.

– Oblígueme.

[xxx]

Por Siempre

“No te veo hace tiempo, pero sé que estás bien. De alguna u otra manera lo sé. Tal vez sea esa briza que me acompaña, o ese amargo final de saber que no volveré a verte aunque sepa que estés bien”.

El motor se encendió y sus mechones blancos se sacudieron por debajo del casco. La navaja cayó al suelo. Ella sabía que era en vano, pero sin embargo la dejó tirada ahí, junto a su última lágrima.

“Por siempre.”, dijo y aceleró. El reflejo de la hoja recorrió por horas el camino de luces que dejaba la motocicleta.

Años más tarde, una nueva lágrima formó un huracán en sus manos. Olvidando el recuerdo de la navaja. Por siempre.

La Ironía del Eterno Segundo

Me paro a pensar, un segundo, un instante de más.

Reparando en el sentido por entender,

de una buena vez,

la ironía en conquistar el segundo puesto,

una y otra vez.

Porque no entiendo y no comprendo el por qué.

¿Qué sentido armonioso tiene conquistar un desierto agreste?

Sin sentir y sin pensar, ni un segundo más, en llegar a ganar.

Esa decisiva final,

ese último peldaño,

para no sentirse completado.

Tal vez.

¿Serán las ganas de empatar,

destinando su vida a vivir,

aceptando el destino de ser y estar,

sin la necesidad de parecer y semejar?

¿Vale la pena olvidar,

y sólo dejar pasar,

ese mal-trago que embriaga el objetivo,

borrando y perdiendo,

o simplemente disolviendo,

ese segundo de ironía, que recuerda y congela,

y escabulle un sentido de frustración ascendente,

de otra ironía latente?

O sólo tal vez,

será esa necesidad,

de sólo por un segundo,

ser el significado en la vida de alguien más.

O sólo tal vez,

esté en esa ironía histórica de vivir,

sólo para recordar,

que el primero está allá,

y que no queda más,

que superarse para llegar,

y de una buena vez.

Irónicamente,

el segundo es un estado mental,

un número transformado en ordinal,

un segundo en la vida de alguien más,

y eternamente el primero será,

cuando entienda, comprenda y vea,

que aparece en muchas más vidas,

de las se pueda imaginar.

Será dueño de recuerdos,

de segundos y años,

de vidas eternas compartidas,

amadas, añoradas y queridas,

valoradas por lo más mínimo,

por lo más ínfimo,

lo más íntimo,

por ese segundo compartido,

que cambió la vida por demás,

irónicamente otra vez.

Y una vez más.

Riendo y Jugando

“¡Y que sea la última vez!”, le gritó. Estaba enojado y muy molesto. La sopa le había salido pésima y se la agarraba con el pibe por una macana que se había mandado.

“Eso es proyectar”, se dijo así mismo mientras veía las lágrimas del pibe. Hasta donde él sabía, no quedaban dudas de que un vaso roto no significaba tanto escarmiento.

“Pero si me hubiese pasado a mí de chico, hasta con el cinturón me daban”, se justificaba. Una y otra vez justificaba cada una de sus acciones, y sin embargo eso le hacía pensar.

“Soy mejor que mis viejos”, se repetía. Pero no le gustaba esa frase.

“Yo no soy mis viejos”, esgrimía para adentro mientras veía caminar al pibe directo a su pieza sin comer.

“¡Concha!”, y dejó de pensar por un rato. Pidió una pizza de puerros y palmitos. Esa que más le gusta al pibe, y se la llevó a la pieza con un vaso de coca.

“Que no se entere tu madre”, le dijo mientras le guiñaba el ojo. El pibe entendía mejor que nadie que esa era su peculiar forma de pedir perdón.

Adelante

Damas y caballeros, hoy me toca hacerle los honores a un invitado el cual no necesita de mis líricas para sortear una entrada triunfal. Su propia sonrisa hace posible que cientos y miles de personas se sientan conmovidos en su gracia divina.

Este invitado me pidió que le arme unas pocas líneas. Le gusta lo estrafalario, y seguramente sea la persona menos adecuada para este proyecto, pero sin embargo me encamino a satisfacer sus demandas y ofrecer un pequeño discurso introductorio a quien será nuestro más importante ejemplar de esta noche.

Levantemos las copas y celebremos en su nombre. Disfrutemos un poco de su elocuencia y camaradería. No hay quienes puedan sentirse ofendidos por su presencia. Tal vez aquellos que no lo entienden, aunque me atrevería a decir que esas personas directamente no lo conocen como corresponde.

Damas y caballeros, los dejo con nuestro invitado.

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