NachoFernan

Algunas de las cosas que se me ocurren

El Día que el Cielo se Volvió Violeta

Estaba aletargada, envuelta en suspiros. Y se mecía de un lado al otro.

Pasaron varias lunas hasta que por fin pudo abrir los ojos y encontrar una inspiración para hacerlo. Sus días no completaban las horas por miedo a perder alguna. Y así y todo, recitaba con dulzura y tinto los pesares que le apretaban la respiración. Pero respiraba, porque era todo lo que sabía hacer.

Se mecía de un lado al otro, y buscaba completarse.

Abrió el libro y arrancó las últimas dos hojas. No quería conocer el final. Nunca se preparó para ello y se negaba a aceptarlo.

Contaba los colores en el arcoíris, inventaba nuevos y olvidaba los que ya había inventado. Azul, celeste, turquesa, marfil, ceniza, llanto, amarillo, verduzco, azul, granizo y violeta.

El canto la contorneaba, la espiralaba, y se mecía de un lado al otro.

Llanto, dolor y pena,

sólo el hambre las supera,

la agonía de estar vivo,

y el silencio de un amigo.

Ventriloquía

Ventana a un olvido

Que recuerda un pasado

Desprendido y encontrado

Que no deja respiro

Sin antes haber oído

El eterno desengaño

[…]

“Seamos dos”, dijo una bruja

Que en su cielo ella dibuja

Sin sentido y sin abrigo

Sintiendo su ser querido

Y cumpliendo en su destino

Tan frágil como una burbuja

Hechizada

Se levantó.

Mirando al cielo.

Aturdida.

Complejizando.

Describiéndose como un error.

Algo que no debería ser.

Pero que es y está.

Apretó las uñas.

Tan profundo.

Buscando.

Respondiendo.

Despertándose un segundo.

De una falsa realidad.

Que no distingue.

Cerró los ojos.

Despacio y sin ruido.

Descansando.

Casi durmiendo.

Simulando que está todo bien.

Cuando sabe que no.

Pero que fluya.

Exilio

¿Por qué huyes?

Porque me persiguen.

¿Quiénes te persiguen?

Opositores. O mejor dicho, quienes quieren quedarse con lo mío.

¿Lo tuyo?

Mis tierras, mi riqueza, pero por sobre todo mi poder.

¿Y para qué quieren lo tuyo?

Mis tierras son abundantes y fértiles. Cubiertas de pastizales y cosechas. Con miles de personas que las trabajan. Quieren ser dueños de todo lo que es mío.

¿Tu eres dueño de todo eso?

Es mío por derecho.

¿Huyes porque intentan matarte?

Me fui de mis tierras pacíficamente, pero pronto iniciarán una cacería. Publicarán un falso crimen en mi nombre y habrá una recompensa por mi cabeza.

¿Cómo sabes que harán eso?

Es una fórmula básica para obtener el poder. La tierra y la riqueza tienen nombres, el poder es simbólico y mucho más difícil de conseguir.

¿A dónde vas?

A algún lugar en donde no sepan mi nombre.

¿Queda muy lejos eso?

No conozco un lugar en donde no sepan mi nombre. Asumo que el viaje será largo.

¿Te conoce mucha gente?

Mucha. Mi rostro aparece en todas las monedas. Antes de volver tendré que esperar a que se cambien todas las monedas del reino.

¿Pasará mucho tiempo para eso?

Creo que necesitaré un par de vidas más para ver el momento en donde no circule una sola moneda con mi rostro.

¿No tienes amigos que te puedan ocultar?

Prefiero que no. Los pondría en peligro, y además ninguno guardaría el secreto por mucho tiempo. Ningún amigo es un lugar seguro.

¿Y que harás cuando llegues a algún lugar seguro?

Lo primero será dormir. Sin la necesidad de tener un ojo abierto, o una daga debajo de la almohada. Simplemente dormiré profundamente, sabiendo que me despertaré en el mismo lugar y con la misma cantidad de sangre.

¿Es difícil el exilio?

Bastante. Tengo la sensación de que todos quieren matarme. En mi cabeza todos son posibles asesinos.

¿Desconfías de mí?

No. Nunca desconfiaría de ti.

De Gigantes & Verdugos

Durante toda la caída me fui sosteniendo de piedras y raíces que sobresalían del suelo seco y rocoso. Al principio, unos pocos grados de inclinación en la pendiente no significaba tanto trabajo, pero luego de unos diez metros más, la pendiente se hizo muchísimo más pronunciada y simplemente caí. Mis manos intentaban frenar la caída pero sólo conseguía que se raspen violentamente. En un momento algo golpeó mi muslo, pero no sentía nada de eso. En mi cerebro todo se traducía como imágenes a procesar en algún futuro, pero nada de sensaciones más que lo urgente.

Cuando la pendiente llegó a su fin, el pasto verde y alto me daba la certeza de que no estaba en el camino correcto. Delante mío nacía el valle de entre los montes, y en lo único que pensaba era que la guardabosques de la entrada nos advirtió que no saltiemos los caminos principales porque hace calor y es temporada de serpientes. Para nosotros era como un juego, saltearse los caminos y encontrarnos unos metros más abajo. A cambio teníamos algún codo raspado y bastante polvo. Pero nada tan grave como para no beneficiarse del placer de divertirse.

El último atajo me significó algo más que un codo rojo, o un poco de polvo. Ese último atajo me dejó mirando al propio valle del monte, lleno de árboles y arbustos. Sin horizonte ni sendero.

El celular no tenía señal, y sólo lo acompañaba un treinta porciento de carga. Lo guardé en el bolsillo de adelante y me acomodé la gorra. Ajusté la mochila en donde tenía los cigarrillos, la cámara, el encendedor y media botella de agua. Hice un rápido repaso de todo lo que tenía. De alguna manera me estaba preparando para hacerme cargo de la situación. Tenía que volver al camino. En mis opciones estaba volver a subir la pendiente, aunque su inclinación significaba muchísimo esfuerzo y el riesgo de caer y romperme algún hueso contra las piedras.

Algo me llamaba a entrar al monte.

Un recuerdo ajeno que se colaba en una fantasía que todavía no existía.

Un frío caliente se apoderó de mis piernas y empezaron a correr sin mirar atrás. Los brazos me abrían el paso entre las ramas y espinas de aquellos arbustos secos. Sin embargo, no sentía nada físico. Mi cuerpo estaba debajo de una catarata de adrenalina que me obligaba a sentir el todo y la nada.

Apenas se lograba ver el cielo y no había nubes, pero el sol tímidamente rozaba las copas de los árboles más altos. El cerro se erguía firme como un gigante dormido, mientras que yo me sentía tan pequeño y frágil como un insignificante insecto escapando por su vida. Corría como si en cada paso hubiese una serpiente que pudiese saltar y atacarme. No me sentía seguro. En ningún momento. Lo único que anhelaba era llegar al camino. Volver a la civilización. O al menos sobrevivir.

Algo me tiró la gorra. Alguna rama, tal vez. Pero no paré. Seguí corriendo y de golpe, faltando una pulgada para llegar al punto de no retorno, frené. Si daba un paso más perdería mi gorra para siempre y estaba seguro que nunca más volvería por ella. Vacilé. La idea de volver aunque sea un metro no me gustaba, estaba cada vez más cerca de la civilización.

Pero me negué a dejarla y miré para atrás, a buscarla.

Pero ya no había atrás. Ni tampoco adelante.

El espacio y el tiempo se transformaron en ideas y sueños.

Me encontré rodeado de un único ser que empatizaba conmigo, y donde yo era parte de él también.

Y escuché la infinidad del silencio.

Y sentí el perfume del polvo, y el aroma de un lugar olvidado.

Me sentí tan avasallado por la solemnidad de la naturaleza en su estado más primitivo que logré verle la cara al gigante del monte.

Y ese gigante me miró.

Y aunque fue sólo un segundo, o una fracción de segundo, ese gigante me miró.

Y me saludó.

Y me abrazó.

Y me sentí bien.

Seguro.

Durante un instante eterno pude ver al gigante del monte y él me miró a mí.

Existenciales

¿Hasta dónde llega la mirada del otro?

¿Hasta dónde llega nuestra idea de la mirada del otro?

¿Somos la mirada del otro?

¿O el resultado de la mirada del otro?

¿Y si esa mirada es en realidad una proyección?

¿O algo así como una idea nuestra de lo que suponemos del otro?

¿Es tan importante la mirada?

¿Sentirse mirado?

¿Significa confabular contra uno mismo?

¿Acaso uno mismo crea ese ojo observador y amenazante?

¿Ese ojo es realmente el otro?

¿O ese otro también es creación nuestra?

¿No somos más que un eterno eco de miradas en nuestra mente?

¿Un sinfín de malabares desordenados?

¿O un armado sencillo y antidemocrático de inexperiencias?


Donde estoy yo hay un otro.

Yo soy uno y otro.

Yo convivo en mi psiquis y conmigo.

Obteniendo un eco prematuro y aglutinante.

Que condecora e imagina.

Que sueña e idealiza.

Una imagen proyectada de mis recuerdos.

Atravesada por millones de estímulos.

A los que les doy un sentido.

Negativo y positivo y objetivo.

Pero escuchando.

Y siendo mirado.

Por mi y por ese otro que creo en mí.

Esperando conformarlo.

Algún día.

Somos un universo

Evadiéndonos

En la oscuridad plena

De Circos & Cirqueros

– Y dime, ¿Hasta cuándo tendré que soportar tus atrevimientos?

Las venas de su muñeca se trenzaron como ríos. Su tensión se podía medir en onzas. Su ojo izquierdo se retorció y lo cerró enseguida.

Recordaba sus épocas de inexperto, y cómo pagaba por sus errores. “Si tan solo hubieses nacido en mis dorados veinte…”, rezaba por dentro.

– Ven muchacho. Así es el sistema. Lo entenderás mejor de grande. Ve a jugar y olvídate por un segundo de que las cosas están mal.

El viejo se guardó todas sus emociones y las terminó canalizando en pequeñas supernovas de Alplax.

Bendijo una vez más al muchacho y se marchó.

Esperando nunca más volver a verlo.

Y así fue.

De Tripas Corazón

¡Hola Tripa!

Te escribo por acá porque, por alguna razón, nunca te pude responder ese audio que me mandaste. Seguramente ya ni lo recuerdes, pero yo sí, y casi todos los días pienso en eso.

Desde que nos conocimos en la facu hace un par de años formamos un vínculo bastante particular, rodeado de pura buena onda y nada más. Nunca hubo un materialismo, o una intención de lucrar uno con el otro. No teníamos razones ni necesidad. Siempre nos manejamos con afecto y cariño para saludarnos para navidad o fin de año. Una hermosa relación en donde sencillamente nos mandábamos mensajes para decir: “Hola, pienso en vos, un abrazo Tripa”. Y entre esos mensajes nos contamos cosas de nuestro día a día. Tu casamiento, la casa, el fallecimiento de mi viejo, el de tu abuelo, la enfermedad de tu abuela, la puta pandemia, hasta llegar a cosas más triviales como las materias que vamos a cursar o el proyecto en el que estábamos.

Esa tarde de Junio me encontraba desarmando la pileta. Aunque desarmando es un término un poco desacertado refiriéndome a que la estaba rompiendo a martillazos. Hacía calor y todavía no tenía los dolores de muñeca que hoy tengo por esa misma causa. Estaba con ganas y dejaba todas mis angustias y frustraciones en cada martillazo destruyendo las paredes y el piso. Fue hermoso y bastante satisfactorio haber sacado una pileta de cemento de casi 50 años a puro martillazo limpio. Básicamente lo usé como terapia.

Entre martillo y pala escuché tu primer mensaje, saludando y preguntando cómo andaba. Te respondí a los quince minutos contándote la hazaña en la cual me estaba metiendo y de paso te hablé un poco de mis planes con la casa y te invité a hacer un asado en el patio. El día estaba hermoso y toda proyección sobre una futura juntada me alegraba un poco más el corazón.

Tu respuesta cayó media hora después en donde me diste un “si” rotundo a la idea de juntarnos con nuestras novias y seguidamente me dijiste que hacía unos meses habían perdido un embarazo. Mi cerebro se tildó. Una angustia insoportable me recorrió el cuerpo y todas mis extremidades se tensaron. Un impulso eléctrico se hizo cargo de mi espalda y cerré los ojos, no sin antes apretar muy fuerte los dientes. Tragaba saliva mezclada con polvillo y no me importaba. Por mi mente había miles de imágenes tuyas, pero predominaba una particular en donde estabas contándome esto en vivo, con tu sonrisa asimétrica y escapando tu mirada de la mía para no partir en llanto. En esa imagen te abrazaba tan fuertemente como lo estaban haciendo mis manos, y enseguida los dos llorábamos a moco tendido y sin tapujos.

Pero esa imagen no era real. Tal vez era lo que hubiese deseado. Simplemente por el hecho de que en esa imagen no usaba palabras, sólo un abrazo en donde contenía como una presa toda esa energía latente que necesitaba escapar. Y sin embargo, esa imagen me quedó una y otra vez dando vueltas. También los imaginaba a ustedes, a vos y a tu novia, luchando contra esa muralla de injusticia propia de la vida y el destino inocuo del deseo de ser padres.

“Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”. Tal vez con eso era suficiente. Pero para mí era poco. Necesitaba encontrar palabras que expliquen y te hiciesen sentir ese abrazo que imaginaba tan claro y sentido, para que sepas cuánto realmente te quiero, cuánto me afectó esa noticia, pero principalmente para que sepas que acá estoy. Siempre. Para escucharte y abrazarte. Pero algo de mí intentó ser ultra perfeccionista, y no encontré la forma de expresar eso. De alguna u otra manera, no había palabras que digan lo sencillo: “Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”.

Sin pensar en absolutamente nada más que en eso, le dediqué unos minutos a seguir rompiendo la pileta mientras mi cabeza armaba frases para construir el mensaje final. El hecho de que nuestra comunicación tenga algo de delay propio de una vida activa, me dejaba ese margen para pensar qué decir y cómo.

Pasó media hora y el sol estaba cayendo, mi día de trabajo en la pileta se estaba terminando y no dejé de pensar un segundo en qué decirte. Pero no encontraba esas palabras tan obvias y sencillas. Estaban ahí, pero no las veía con claridad. Sentía que no eran suficientes, que más allá de eso tenía que decir algo más, no sé, cualquier cosa. Pero hice lo peor que pude haber hecho alguna vez. Dejarlo para después.

¿¡Por qué!?

Hacía un año que había fallecido mi viejo y recuerdo docenas de mensajes que no decían nada, pero eran más que suficientes. Hubieron mensajes en donde sólo usaron tres palabras “Lo lamento mucho”, y para mi significaron todo. Sólo expresaban que esa persona lo sentía, y que pensaba en mí. En esos momentos entendí que las palabras no importaban, el hecho de “estar” lo era todo.

Pero también hubo mucha gente que nunca escribió, ni llamó, o ni siquiera se acercó. Y sin embargo los entendí, es muy difícil aflorar un sentimiento cuando no se sabe qué decir y tenés el tiempo que te corre. Un gran amigo de mi viejo y toda la familia, el Colo, nunca escribió ni llamó. No apareció por meses pero sabíamos que estaba sufriendo mucho. Una tarde cualquiera, mi hermana se lo encontró por casualidad en la disquería y cuando la vio se le abalanzó sin escrúpulos a abrazarla y se largó a llorar a más no poder. En medio de la disquería, sin que le importe nada.

Hoy me siento como el Colo, lleno de culpa y contradicciones. Te quiero muchísimo Tripa. Y no sé por qué. No tenemos más que una sola materia cursada juntos, pero hubo un algo que flotó y me marcó un amor especial por vos. Y me doy cuenta del cariño que te tengo por lo pesada que está mi consciencia, que me dice que te escriba, que todavía hay tiempo y que nunca es tarde. Siento que te debo una explicación que no existe, una excusa que es más que tonta y que a vos no te interesa, porque seguramente lo que más te importe es que te escriba para decirte que acá estoy, que espero que nos veamos pronto para tomar una birra, hacer un asadito, o que te pida que me cuentes cómo anda tu novia, tu familia y la casa. O tal vez, esperes un simple: “Fuerza Tripa, te quiero mucho amigo”.

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