NachoFernan

Algunas de las cosas que se me ocurren

Vértigo

Cientos de bastones de madera se posan para dejarme ver el final del océano.

El rosa del horizonte se va transformando en un oscuro show de luces que siempre me acompaña. Pero el sonido trémulo de un cántico armonioso aclama por mi descanso.

El cambio es un accidente en el tiempo, y que gracias a él, nace la vida.

La Caja de Zapatos

El buffet estaba lleno. Faltaba media hora para el segundo parcial de Tecnología 2 y sólo un puñado teníamos chances de promocionarla. El resto sólo con presentarse aprobaba la cursada pero debía rendir el final completo. A mi derecha estaba el Oso, relajado en su mundo, esperando a que pase la hora mientras tomaba un café bien negro y amargo. Su tranquilidad tenía sentido, no tenía ninguna posibilidad de promocionar, era uno más de los que iban directamente a rendir el final. Por mi lado necesitaba incorporar algunos conceptos más, mis chances de promocionar no eran nulas pero sólo una nota altísima podría ayudarme. Mis nervios hacían bailar frenéticamente mi pierna mientras repetía como un mantra la definición de cuatricromía.

– Relajá Nachín -, me dijo el Oso -, estudiamos juntos para el final, ya fue. ¿Querés que te compre un café?

El bullicio era ensordecedor, definitivamente no era el lugar indicado para estudiar. Mi posibilidad de promocionar caía en picada mientras mi ansiedad peleaba una batalla interna contra mi cordura. Y al final desistí.

– No, dejá que voy yo y lo compro, así pienso en otra cosa ¿Querés una medialuna?

– No, comprate para vos así comés algo dulce de paso.

El lugar parecía un boliche. Habían tres metros entre nuestra mesa y la barra del buffet, y en ese tramo se agolpaban unas quince personas. Tomé un poco de aire, coraje y, entre pidiendo permiso y empujando, llegué hasta la precaria barra buscando al menos respirar.

Pero ella estaba del otro lado.

Con la cabeza inclinada como buscando cambio en una caja de zapatos.

Mi mundo se detuvo y el tiempo se contrajo a fracciones que duraban eternidades.

Su pelo rubio le tapaba media cara, y apenas se le notaban los cachetes colorados por el frío. Armaba una mueca en su mejilla mientras revisaba la caja. Parecía que le estaba costando encontrar lo que buscaba, y sin saberlo me estaba regalando un espectáculo de hermoso calibre. Con los dedos índice y medio se acomodó las ondas rubias por detrás de la oreja derecha y descubrió una mirada intensa y muy amable. Frunció el entrecejo y se agachó a guardar la caja de zapatos.

Ella no había notado mi presencia.

Era el momento indicado para escapar.

Tardé tres segundos en volver a la mesa y atravesar a toda la muchedumbre como una gacela despatarrada sin control.

– ¡Oso! – le dije agitado.

– ¿Y el café? -, me preguntó. Enmudecí por un instante, no sabía qué decirle. Me había olvidado del café.

– Eh, nada. No tenía ganas.

– ¿Qué pasó? ¿Necesitás que te preste plata?

– No, despreocupate que tengo plata, sólo que no tenía ganas.

Me senté y acomodé algunos resúmenes del parcial en la mesa. El bullicio del buffet no significaba nada para mí, ya no lo escuchaba. Ella estaba ocupando todo espacio en mi cabeza. Un loop ininterrumpido proyectaba la corrida de su pelo una, y otra, y otra, y otra vez. Quería mantener ese recuerdo para siempre. Ya no me importaba el parcial. Necesitaba volverla a ver, pero no sabía cómo. Mis manos empezaron a sudar.

El oso seguía tomando su café mientras respondía algún mensaje en su celular. Yo estaba cada vez más nervioso. Necesitaba volver a verla. Pero todas mis ideas terminaban en un “no-me-animo” o “qué-le-digo”.

– ¡Oso! – le dije susurrando.

– ¿Qué pasa Nachín?

– Bajá la voz, y no digas nada. ¿Viste a la rubia del buffet?

– ¿Antonella?

– ¿Qué Antonella? ¡Ah, no! ¿La de la fotocopiadora? No, nada que ver. Te digo la que atiende el buffet.

– No, que yo sepa no hay ninguna rubia.

– ¡Si, Oso! -, le dije algo ofuscado -, hay una rubia nueva, nunca la había visto. ¿A vos quién te vendió el café?

– No sé, creo que Pablo. ¿Qué pasa con la rubia esa?

– Vos callate -, dije bajando aún más el tono -, pero me encanta.

Se tapó la boca y dejó escapar una risa picarona.

– ¡Qué bien, Nachín! Andá a hablarle.

– ¿Pero vos estás loco? ¿Qué querés que le diga?

– De entrada, un “hola, me das un café…”

– No, Oso. No me animo. Ya fue, además ya tenemos que entrar para el parcial.

– ¡Dale, Nachín! Andá y pedile un café. Después la invitás vos a tomar uno.

Lo miré con desaprobación. Aunque debía aceptar que tenía razón, hablarle sería la mejor opción y además sacaría algo más de información. Su nombre, su situación sentimental y cuánto hacía que trabajaba en el buffet. “Cosas cotidianas de pedir un café”. Mi cabeza no podía encontrar un plan perfecto. Todos terminaban en completos fracasos. Sentí que el destino me jugó a favor cuando escuchamos que estaban llamando para entrar al parcial. Tenía la excusa perfecta para posponer el momento de conocer su nombre, o al menos escuchar su voz.

Aproveché sólo quince minutos para completar un parcial de dos horas, el resto lo dediqué a recordarla, a fantasear en cómo olería, cómo sería su casa, o de dónde sería. Nos imaginé estudiando juntos para el final. Dibujé en sueños miles de historias en donde ella y yo éramos los protagonistas.

Al entregar el escueto parcial un escalofrío me corrió por la espalda. Se acercaba el momento de hablarle, de pedirle ese café. O como dijo el Oso, invitarle uno yo. Mi cerebro estaba explotando.

– ¿Cómo te fue, Nachín?

– Un desastre, Oso. No me podía concentrar.

Se rió y me agarró fuerte del hombro.

– Tranquilo, ahora salimos y le hablás.

– No sé, Oso. Se me escapa de la lógica. Es imposible que pueda hablarle. Mi lengua se me empasta apenas pienso en el momento.

Mi corazón no paraba de latir y cada latido se hacía más y más denso, largo y apretado. Me estaba costando respirar y mis manos ya estaban sudadas desde horas atrás. Ni siquiera la idea de rendir el final me hacía sufrir tanto. Al girar por el pasillo vi a Pablo atendiendo la barra del buffet y con un suspiro liberé toda la tensión que estaba padeciendo.

– No está la rubia -, me dijo el Oso -, andá a preguntarle a Pablo a ver si la conoce.

– Dale, va a ser más fácil y de paso me pido un café.

A medida que me acercaba iba abriendo el ángulo de visión de todo el buffet, ya no había tanta gente y podía analizar cada una de las caras. Antes que nada debía asegurarme que no ande por ahí. No estaba preparado para verla, y menos aún para hablarle. Me acerqué a Pablo de manera suelta y confianzuda.

– Hola, Pablo, ¿te pido un café?

– Dale. Ahí te lo hago, Nacho. ¿Cómo les fue? -, me preguntó mientras llenaba el vaso plástico, la charla amena me ayudó a estirar el momento.

– Un desastre. En serio que nos mataron. Va a ser imposible el final.

– ¡Uh, que bajón! Acá tenés. Son tres con cincuenta.

– Me vas a matar, pero tengo veinte. La próxima te traigo cambio.

Su cara se agitó y cerró un puño. Una expresión muy poco amable se hizo presente en su rostro. Me preocupé.

– Perdón Nacho, pero no tengo cambio.

– Ahí le pido al Oso. Pero, ¿pasó algo, Pablo?

– No pasa nada, me pagas mañana o cuando tengas cambio. Pero bueno nada, afanaron de la caja de zapatos. Nadie sabe quién fue. Entraron acá y se llevaron la recaudación.

– ¡Uh, no me digas! Que garrón -, respondí haciéndome el sota mientras le ponía azúcar al café -, ¿y nadie sabe nada?

– No, parece que fue justo antes del parcial. Pero no. Nadie vio a nadie acá.

– ¡Qué raro! Y eso que éramos un montón. Bueno, Pablo, a cuidarse que está peligroso todo. Ya no se puede confiar en nadie. Nos vemos.

Caminé con paso acelerado persiguiendo al Oso y logré alcanzarlo sin derramar una gota del café.

– ¿Y, Nachín? ¿Qué te dijo Pablo?

– Que no la conoce.

No hablamos más y simplemente nos dedicamos a caminar hasta el auto.

Don Giménez

Él corre y escucha.

En sus párpados pesados no hay signo de preocupación, sólo quiere correr y escuchar.

Mientras que con sus patas modelo bonsái trastabilla de modo elegante.

De pecho inflado, altanero y con muslos regordetes va corriendo para escuchar.

Vencido por la gravedad deja que su cabeza vaya muchísimo más adelante que su cola.

Pero a él no le interesa, sólo quiere correr y escuchar.

Don Giménez es conocido como el perro salchicha más curioso del barrio.

Él corre y escucha. Cada vez que hay algún sonido distinto, él escapa a los comidas, siestas o besos. Sólo quiere correr y escuchar.

De pelaje marrón tierra y nariz oscura.

Se lo conoce también por animar a todo ser humano que conoce. Aunque a las palomas las odia.

No puede aceptar la idea de que estén en el suelo.

Por eso cuando escucha una paloma enseguida arranca a correr mientras que con un grito de guerra muy agudo le recomienda que se retire por favor.

Así es Don Giménez.

Un perro de gustos sencillos y mucho amor para dar.

Salvo a las palomas.

A las palomas las odia.

De esperanzas

Por un nuevo día

Nacen los soles

Noche Tras Noche

Me escabullo despacio para que nadie me oiga.

Orgulloso de mis motivaciones, me empeño en romper ciertas reglas impuestas, y busco respuestas a preguntas que ya nadie pregunta.

Del otro lado de los árboles leo un tintineo luminoso que canta un himno alegre y emotivo. Y entiendo que todo está bien.

– ¿Cuánto de verdad hay en tu corazón? -, me preguntó una vez y me largué a llorar. Me venció sin luchar.

Pero intento escuchar el momento único. De su brillo y su energía inmortal. De un paladar labrado noche tras noche, y de una lengua que no recuerda el amargo.

Momentos Delicados

Cuando me llamaron para ese papel no pensé que me iba a significar tanto.

Era sencillo, mi personaje tenía que caminar alegremente por un campo y preguntarle la hora a un grupo de personas. Y luego de agradecer, saldría caminando por la derecha.

Simplemente aparecía, preguntaba la hora y se iba. Sencillo.

Resulta que gracias a mi personaje, el personaje principal se percata de la hora y se despide porque ya es muy tarde para su cita. En mi opinión, no era necesario contratar a alguien para que hiciera ese papel. Podía ser una alarma o la campana de algún monasterio. Cualquier cosa que haga ruido en cierto horario podría cumplir ese rol a la perfección. Un rol que entendí luego, una vez analizado el tema.

El personaje principal, el cual toda la audiencia conoce y en cierto punto respeta, se da cuenta de que podría perder al amor de su vida porque mi personaje le pregunta la hora.

¿Por qué?

¿Cuál era la razón de que a mi personaje le importase conocer la hora?

¿Y por qué preguntárselo a esa persona particular, que casualmente es el personaje principal de la obra?

Pero también me nacían preguntas aún más básicas:

¿Cómo me llamaba?

¿Qué edad tenía? ¿Dónde estaba mi familia? ¿Cuáles eran mis gustos?

No había recuerdos en mi personaje. Era el títere del director. Era ese juguete vudú al cual puede usar cuando quiera y sin consentimiento para mostrar el objetivo real, forzando una reacción o aumentando el nivel de estrés o insatisfacción del famoso personaje principal.

Era sencillo: entrar, molestar, sonreír y seguir camino sin pena ni gloria.

Yo no quería ser ese falso villano del tiempo. Yo quería saber quién era realmente mi personaje.

La idea de personificar a mi personaje tiene un cierto orgullo narcisista al intentar alcanzar los matices de un personaje principal. Pero sin embargo, para la audiencia, mi personaje pasaba a ser como un buchón del tiempo, y eso no lo podía permitir.

Durante once horas trabajé arduamente en crearle un nombre, William Morris; un apodo característico, el borbón de Escocia; y una edad, 59 años, aunque sus amigos digan que parece de 55.

William era padre de tres. El más grande, Peter, con 19 años. Le seguía Jason con 16, y por último estaba Jenny, la niña mimada de William con tan sólo 6 años. Su mujer, Rachel Stonewall era propietaria de un local de flores en las afueras de Chicago y todos los días él la llevaba al trabajo en su Chevrolet Fleetline modelo 1942 color cielo. William trabajaba en una destilería en el sur, y ya estaba tramitando los últimos papeles de su tan esperado retiro.

Pero no todo era color de rosa en la vida de William, era adicto al juego. Durante gran parte de su vida luchó contra la ludopatía y en el gremio de la destilería lo sabían. Se abrieron paso para aprovecharse de esa situación y lo sedujeron para participar de algunas partidas. William aceptó con la condición de entrar con un máximo de 100 dólares.

Los 100 dólares rápidamente se convirtieron en 300, lo que le dejó margen y satisfacción. Luego de casi cuatro horas de tomar whisky, las cuentas de William empezaron a bajar a cero hasta llegar al punto de deberles unos 3.000 dólares. Estaba destrozado.

William sabía que no se debe hacer tratos con esa clase de gente, pero no sabía hasta dónde podían llegar esas personas. William tuvo que vender el auto y su esposa tuvo que cerrar su local de flores.

Los del gremio de la destilería le pidieron más plata a William y se pusieron cada vez más duros hasta llegar al punto de secuestrar a la pequeña Jenny. Rachel, su mujer, entró en una profunda depresión y terminó hospitalizada. William tuvo que hipotecar por segunda vez su casa para pagar el rescate.

Enojado, y con razón, plantó una bomba en la destilería que estallaría a las 17:15 horas, momento exacto en donde los peces gordos se juntan a confabular sus siguientes acciones.

Esa era la hora exacta que tenía que responder el personaje principal cuando William se lo preguntase.

Hablé con el director y quedó fascinado con todo mi planteo.

Al final me hizo caso y terminó usando una campana del monasterio para marcar la hora y yo ya no aparecería en la obra.

Tal vez William Morris era mucho para él.

La pregunta «¿Qué es real?», es tan capciosa como la propia realidad. No se puede definir lo real cuando la realidad es una construcción de nuestra mente interpretando estímulos. En su esencia, todo es real por simplemente ser.

SupuestaMente

¡Hola!

¡Amigooooooo!

¿Qué hacés tanto tiempo?

¿No me vas a responder?

Parece que no.

¿Al menos te das vuelta si doy un par de saltos?

No… tampoco.

En fin, supongo que me escucharás al menos. Creo que nos vamos a llevar muy bien, tenés algo particular que me atrae. No sé qué sea. Desde acá tampoco te veo mucho en detalle. Encima mi vista está para atrás. ¿Sabés?

Sos un tipo de pocas palabras. Me gusta eso. Un toque aburrido, si me permitís el comentario. Pero está bueno que escuches. Bah, un oído siempre es bienvenido.

Ahí, comiendo tu hierba. ¡Miralo vos al macho cabrío este!

¡Uh! Disculpame si te ofendo con lo que te digo. Vos igual sabés que va con toda la buena onda. Está buenardo este pasto, ¿no? ¿No se dice así?

A veces me siento solo, ¿sabés? Pero enseguida alzo la vista y veo a alguien que me entiende. O al menos me escucha. No sé, algo tiene este campo, es como que siempre va a haber alguien ahí para escucharte.

Es lindo el campo este, ¿no? ¡Qué se yo! Algo de esto me gusta. Creo que me quedo porque me siento escuchado de alguna manera.

Además el pasto está buenísimo. “Buenardo”.

Je.

Y la vista.

La vista es impresionante.

Tengo la vista para atrás, ¿sabés?

Es importante cuidarse la vista.

Gracias por escucharme che, nos vemos. Me voy a comer pasto por allá.

¡Hola!

¡Amigooooooo!

¿Qué hacés tanto tiempo?

[… … …]

Tan Simple que Aturde

Me comía la uñas mientras esperaba que pase. Mi nivel de ansiedad podía hacer estallar cualquier termómetro que lo midiese. Y sin embargo, nada pasaba.

Había en mis pies una sonata que no cesaba de galopar en un tono sordo, marcando un tiempo perfecto, eterno y muy acelerado.

No había en la sala un reloj que fuese tan exacto. El tiempo entre que mi cabeza escupía una imagen y la transformaba en película era muy distinto al que comúnmente medimos. Una década en segundos.

Y nada pasaba.

No existía entorno, no existían los objetos, los entes, las cosas. Sólo ideas y millones de estrellas sin soles que me cegaban. El ruido no tenía sonido, pero el silencio era tan sutil que aturdía.

Tardé tres minutos en entenderlo.

Pero cuando lo entendí, entendí todo.

Siempre fui yo.

Tammy

“¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?”

“Tranquila Tammy, debes descansar.”

El olor a plástico quemado me estaba asfixiando. Mis ojos todavía estaban procesando la oscuridad y apenas distinguía las luces led de su cabeza metálica.

Intenté mover algunos músculos pero me fue imposible.

“Tranquila Tammy, debes descansar.”

Me repitió al escuchar mis quejas vacías.

“Duerme, te repondrás.”

Sentí un pinchazo agudo en el cuello y mi mundo se volvió negro. Dormí durante 15 días y al despertar sus leds ya no andaban. La sonda me seguía suministrando lo que necesitaba. Yo necesitaba otra cosa. A él.

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