Es loco analizar la distancia cuando no existe.
Te siento tan lejos, y a la vez tan cerca.
Como si me abrazaras con el viento.
Autor: NachoFernan Page 4 of 9
Recorrés cientos de vidas,
imaginadas en un recuerdo,
mientras construís un paisaje azul,
ideal y placentero.
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Te acobardás al escuchar el silencio,
te deja sin habla, y sin aroma,
sin sentir más allá de lo que ves,
su infinidad de colores en un sólo idioma.
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Pero por alguna razón,
soltás,
y en algún momento,
saltás.
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Muchas veces para intentar volar,
otras para sentir la caída,
tan aterradora como real,
sabiendo que dejará una herida.
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Catapultando el alma al aire,
dejándola caer en algún cielo,
para no fotografiarla nunca,
y que sea admirada sin celo.
Contuviste las lágrimas.
Nunca fuiste de demostrar tus sentimientos.
Preferías guardarlos y no romper con el mandato.
Ese egoísmo insoportable era una jaula en la que siempre confiaste.
Y lo vas a seguir haciendo.
Una y otra vez te vas a justificar, aunque tu reflejo sea por siempre tu peor enemigo.
Sabiendo que con una lágrima te amigarías con él.
Pero la mentira para vos es más fácil, más dulce.
Poética.
Es crear un sueño.
Algo que no existe.
Y muchas veces necesitás que exista.
Aunque sea mentira.
Para que esa lágrima siga ahí.
Pase lo que pase.
Porque tu egoísmo y falta de aceptar el cambio te bloquean.
Y no te permitís otra cosa, más que tener la razón.
La satisfacción de tener razón, por sobre la razón.
Y tu verdad se transforma en tu realidad.
Porque no vas a dejar que una simple lágrima te cambie.
Y sabés…
… que de alguna manera, esa lágrima va a caer.
… que en algún momento, esa lágrima va a explotar.
Y no te va a quedar otra que amigarte con tu espejo.
Porque él no es más que lo que sos, pero sin la necesidad de ser.
Un destino creado por vos mismo.
Para verte y sentirte.
Y deleitar a tu alma con una representación casi perfecta.
Un alter ego que no necesita de la vida para existir.
Y sin embargo tiene más poder que muchos mortales.
Transformándose en un Dios intocable.
En la sensación de llegar el cielo.
De contemplar lo invisible.
De imaginar un sueño.
Regalándole personalidad a un reflejo.
Un nombre y una existencia.
Y sin embargo le temés.
Le escribís su destino dos días antes.
Sabiendo que también es el tuyo.
Y construís el peor escenario.
Conteniendo el dolor y la angustia por el placer del mandato.
Rogando que algo cambie.
Y nada cambiará mientras esa lágrima siga cautiva.
Y seguirá así por mucho tiempo.
Porque a la felicidad la vas a tener que ir a buscar.
Moviéndote.
Activando.
Cambiando.
Vos.
Y a ese Dios.
Dos átomos, divisibles, pero con una potencia latente en sus núcleos.
Cada uno con un escudo eléctrico, negativo, invisible y atómicamente a una distancia impresionante del centro.
Y vacío. Eterno y simple vacío.
Sus propias fuerzas no permiten acercarse más allá del escudo.
No permiten entrar en el vacío interno.
No permiten llegar a sus núcleos. A sus positivos.
El escudo invisible de negatividad condena a ese núcleo a protegerse y vivir en soledad. A esconder sus deseos y guardarlos sin intenciones.
Dos átomos se vuelven eternos danzando sin separarse de cierta distancia, atómicamente eterna y soñando que nunca lleguen a sus núcleos.
Versalitas y miradas de chatarra cotorrera.
Frío polar de un antiguo sueño que añeja una sabiduría que alcanza el día y la noche. Se sume a sí mismo en búsqueda del letargo.
De la muerte suave y vibrante.
De la fuerza procuradora de la literatura.
Del abrazo de una madre.
Desde un abismo ciego y sin señales.
Porque la pasión sin amor es simplemente energía malgastada en un objetivo redundante y tan poco anecdótico que no tiene ningún sentido.
Verde-agua, gritos y penumbra. Dueños del espacio ínfimo que transforman la calma del huracán en una estampida inalcanzable. Tiempos que circundan y malgastan la vida de la gota de rocío que desaparece en el aire.
Verdad para elegir, y para creer.
Me desperté tosiendo. Tardé un rato en recordar esa mañana. Apenas entendía que estaba ahí. Los dolores me recordaban a cada segundo que nada de lo que viví era un sueño. Los intestinos se estrujaban y generaban un ruido profundo y bastante molesto. Necesitaba comer algo. También necesitaba sacarme el gusto ácido-amargo que nacía desde el fondo de la garganta y se colaba en las papilas gustativas. Un eructo esporádico trajo consigo la esencia concentrada al punto que llegué a olerlo y me revolvió el estómago.
Junté un poco de saliva y escupí al suelo mientras me agarraba el pelo. La mano se me enganchaba entre los pelos y me tiraba del cuero cabelludo. Eso me despertó un poco y, juntando algo de fuerza, me levanté.
Me fregué los ojos una vez más e intenté ubicar al sol que resultó estar muy encima mío. Casi en el centro del cielo.
“No me servís mucho ahora”, le dije al tatuaje.
No recordaba el punto exacto en dónde había nacido el sol, tampoco en donde había despertado.
“Creo que aparecí en algún lugar de por allá”, me decía mientras señalaba a un horizonte llano y sin referencia alguna, pero sabía que era más o menos por aquel lado.
La panza volvió a marcar su presencia.
“¿Y ahora qué como?”, pensé.
Nada me daba la sensación de comida. Espié rápido todo lo que había alrededor y nada parecía comestible. Hice un par de pasos y levanté la billetera. No tenía nada más, el cuero estaba muy gastado y no mantenía un color uniforme. Por tercera vez volví a revisar cada pliegue, pero seguía sin haber nada. Recordé el papel y lo levanté del suelo. Lo guardé en la billetera de nuevo no sin antes leerlo de nuevo.
“Tranquilo, todo va a estar bien”
Levanté la campera y la golpeé un poco intentando limpiar las hojas y la tierra que había juntado. Tenía mucho barro todavía. La revisé sin buscar nada, y en mi sorpresa encontré una caja de cigarrillos (que apoyé en el tronco) y una cortapluma (que puse al lado). Seguí buscando pero no había más nada.
“Nada de comida”, suspiré.
Me puse en cuclillas a analizar lo que había encontrado. Agarré la caja de cigarrillos, y al abrirla encontré cuatro cigarrillos y un encendedor. Saqué un cigarrillo y se me revolvió el estómago al verlo, una arcada terminó de sentenciarlo. Lo volví a guardar. Saqué el encendedor y dejé la caja de cigarrillos apoyada en un costado.
Algo dentro mío sabía cómo se hacía para que funcione. Con el pulgar derecho giré la rueda del encendedor y varias chispas salieron al mismo tiempo que la yema del dedo finalizaba su recorrido presionando el gatillo que liberaba el gas. Esto formó una combustión casi instantánea y mantenida. En mi cabeza todo ese proceso tenía una explicación perfecta, lógica, racional y…
… cuando se iluminó la llama todo eso no importó más.
Era perfecta y hermosa.
Iluminaba y daba calor, y se mantenía ahí.
Libre.
Solté el pulgar y la llama se apagó. Volví a prender el encendedor. Y me quedé obnubilado una vez más. Repetí el proceso una, y otra, y otra y una vez más. Era hermoso, me daba seguridad. Hasta que en una vuelta no volvió a prender y me desesperé. Sentí cómo el corazón frenó por un segundo. Intenté prenderlo de nuevo y volvió la llama.
“Lo voy a romper”, pensé y lo dejé apoyado junto con la caja de cigarrillos.
Por unos instantes me había olvidado del hambre hasta que la panza se encargó de recordármelo. Tenía que ir a buscar comida y ese monte no tenía más para ofrecerme. No hacía frío pero por comodidad me puse la campera y comencé a guardar todo lo que había sacado en los distintos bolsillos. Dejé separado los cigarrillos del encendedor. Guardé la cortapluma sin revisarla. Me puse la billetera en uno de los bolsillos delanteros del jean y salí del pequeño monte. El sol prácticamente no formaba sombra, lo tenía justo por encima de mi cabeza, dándome un calor muy satisfactorio. Ya mucho menos doloroso a la vista.
Por primera vez escuché el ruido de los pájaros. Entendí que siempre estuvieron ahí cantando, pero recién en ese momento fui consciente de eso.
“¿Ahora a dónde?”, pensé mientras trataba de enfocar el horizonte.
No sabía a dónde ir, cualquier lugar era ningún lugar. No sabía de dónde sacar comida, busqué referencias en la llanura.
Comencé a nombrar todos los montes y árboles que había cerca. De a poco me fui creando un mapa mental de los próximos metros y qué podía ver a la distancia. Puros árboles, montes y arbustos grandes. Había algo a la distancia que no distinguía. Demasiado geométrico para ser un árbol.
Sin definirme empecé a caminar hacia el monte más cercano. Las piernas no dolían tanto como en la mañana, pero el piso arrugado y deforme me complicaba mantener el equilibrio. El agua que tenía dentro de los borceguíes ya no estaba tan fría y producía un ruido gracioso al caminar.
La mano me seguía sangrando, aunque bastante menos que antes. Evidentemente la tela estaba dando resultado, de todos modos sentía un latido interno en la mano, y tenía cierta picazón. No importaba tanto. Yo seguía rato llorando. Tiritando. Y totalmente desmoralizado. Nada tenía sentido. Ni lo de afuera, ni lo de adentro.
– ¡Qué mierda todo!
Me escuché la voz por primera vez y no me reconocí. No quería hablar, me rechazaba a mí mismo. No era yo. Pero tampoco sabía quién o qué era yo.
El llanto se convirtió en una angustia que me rompía el pecho. En algún lugar adentro mío había un agujero que me estaba chupando toda la energía; me daba vuelta pensar que nada tenía sentido. No había respuesta a nada. Tragaba saliva espesa, mezclada con moco y un gusto amargo.
“¿Yo hice esto? ¿Por qué no sé nada?”
Sabía que mágicamente no iba a aparecer una respuesta. Cualquier cosa era mentirme. Ese dolor inocuo era muy distinto al dolor que sentía en la mano. No había una venda para frenarlo un poco, sólo podía llorar. Desconsolada y primordialmente. Y al igual que la venda, el llanto no curaba, pero al menos me desahogaba y servía. Mi respiración se hizo errática y defectuosa, el aire que entraba no alcanzaba para llorar y cubrir mi necesidad de oxígeno. Y por esa misma falta de oxígeno me marie.
Estaba mareado, tragando saliva y moco, con la palma ensangrentada latiéndome y ganas de vomitar. Empecé a respirar de modo sincronizado y poco a poco me fui calmando. Intenté re-analizar la situación, pero el estómago se me estrujó de repente y me tiré de costado a escupir una gran cantidad líquido espeso blanco y marrón. Era asqueroso. Mucho peor que su contextura semifluida era su gusto y el hecho de saber que eso estaba en mi organismo. Escupí un poco más y ya no se sentía tan mal. El gusto era apenas soportable. Lo importante es que tranquilizaba mis tripas.
Me agarré la cabeza, el sol se había movido un poco y ya me daba de frente a los ojos. Intenté taparme con el antebrazo y al cerrarlos sentí como el dolor de cabeza se escondía y me aliviaba. Evidentemente la luz me estaba haciendo mal. Entré en un letargo momentáneo hasta que una pequeña brisa me molestó por la espalda y me despertó.
“Quiero dormir”, y asentí con la cabeza.
Me acurruqué en torno al tronco partido y acomodé la campera debajo del cuello. Necesitaba descansar, aunque me duela todo, y de repente tenga hambre, quería dormir un rato más. Despertarme de vuelta. Tirité por última vez y fui cerrando los ojos esperando que todo pase.
“Tranquilo, todo va a estar bien”, recordé.
Cuidando la herida lo más posible pude sacarme la campera y apoyarla en una rama. La hemorragia no disminuía, pero no podía seguir haciendo cosas con la mano en la boca, todos los movimientos me valían el doble de esfuerzo. Necesitaba que deje de sangrar.
“¿Y vendarla?”
Me vi la camisa y se me ocurrió romperle una de las mangas para envolver la mano y contener la herida. Comencé a desabrocharme la camisa y me vi una remera azul adentro, también empapada por el sudor. Me sorprendí al verla, estaba completamente limpia, a diferencia de la camisa que ya estaba marrón del barro y roja de la sangre. Terminé de desabrocharla y al quitármela noté en el antebrazo izquierdo una mancha. Hermosa. No parecía natural. Era hecha. Tenía forma de flor geométrica con las puntas alargadas.
“Un tatuaje. Es una estrella de ocho puntas. ¿O son dos de cuatro?”
Todos eran lados iguales, salvo por una de las puntas que se extendía unos milímetros más y me apuntaba directamente a la muñeca. Por un par de segundos me quedé asombrado de su forma y complejidad tan simple. Lo veía de un lado y del otro. Lo conocía. Algo me resultaba conocido en esa forma. Reconocí las letras, y las pude leer. Había una N, O, S y E. Y entre medio de las letras grandes también había más pequeñas: SE, SO, NE y NO.
“Una rosa de los vientos… ¿y cómo carajos es que sé eso?”
Sabía que se llamaba así. Y ahora sabía que representaban los puntos cardinales.
“Norte… Oeste, Sur y Este. Y del Este sale el sol. Porque el sol sale del este”
Acomodé el antebrazo para que la E apunte al sol, que para mi satisfacción seguía bastante cerca del horizonte. Me resultaba más cómodo girar mi cuerpo y pude ordenarlo para que el sol me golpeara la mejilla derecha y quede mirando al norte. Sonreí.
Pero la satisfacción de lograrlo se esfumó al momento en donde me miré la mano, y mi cerebro se quedó mudo, sin sonidos internos o externos. Me miré la mano y de un modo totalmente consciente la cerré. Extrañamente la mano se movía como yo quería.
“Yo”
…
“¿Yo?”
En forma de pregunta resonó tres o cuatro veces en mi cabeza.
“¿Yo? ¿Qué es yo? ¿Quién es yo? ¿Quién soy yo?”
Y no hubo respuesta. Las preguntas quedaron rebotando en un eco silencioso que no encontraba salida alguna. Me tildé. Miraba sin mirar un punto fijo que estaba en ningún lado entre mi mano y el suelo. Todos mis sentidos estaban tildados y en mi cabeza resonó de nuevo con mucho más enojo que antes.
“¿Quién soy yo?”
… nada … el corazón se detuvo un instante, y al siguiente empezó a latir frenéticamente.
“¿Qué hago acá? ¿Dónde estoy?”
Miré para todos lados y no lograba enfocar la vista en nada particular. Sentí cómo se me aceleraba el pecho, mi respiración era asimétrica. Mi mente estaba en blanco y una catarata de preguntas caían a un vacío. Necesitaba enfocarme en algo. Miré el tatuaje, y en ese recorrido me vi la mano de nuevo. Intenté moverla. Y la moví. Pero no pude reconocerla. No sentía que era mi mano. Era algo ajeno a mí, a mis pensamientos. Era como una extensión de mi.
“¿Quién soy?”
Abrí los ojos muy grandes. Necesitaba enfocar, centrarme en algo. La vista se borroneó de nuevo. Intenté enfocarme en los pantalones mojados, llenos de barro, en las botas marrones. En el suelo. En algún árbol. El sol. Mi cabeza seguía sin tener un punto fijo. No paraban de llover preguntas que no terminaban de formularse. Simplemente aparecían y se colaban para desaparecer. No sabía qué responderme, no entendía que estaba pasando. Me desesperaba. Necesitaba alguna respuesta, algo me llevó a buscar la campera y empecé a revisarle los bolsillos. Me sorprendí al encontrar una billetera de cuero negra. No pensé, la abrí.
Revisé los espacios entre todas las capas del cuero y encontré un papel doblado no más grande que la palma de mi mano. Estaba escrito con un trazo fino y color azul en letras grandes e irregulares.
“Tranquilo, todo va a estar bien”
Mi mente se quedó en blanco. Lo intenté leer varias veces. Lo leía, pero no lo entendía. No le encontraba sentido. Las preguntas iban y venían pero seguía sin enfocarme en lo que realmente decía. Respiré despacio mientras acomodaba los ojos.
“Tranquilo, todo va a estar bien”
“¿Tranquilo? ¿Quién? ¿Yo?… ¿Qué es todo? ¿Qué es que todo va a estar bien?”
A medida que una nueva pregunta aparecía, mi corazón latía con más fuerza. No se aceleraba, sino que más bien eran latidos pesados y toscos. Mi pecho se infló como nunca. Comencé a morder las muelas muy fuerte; sentía la presión constante en las mandíbulas. Me dolía pero no me importaba. Estaba enojado. Apreté las manos y estrujé el papel. Grité y tiré la billetera lejos con la poca fuerza que me quedaba. Mientras el grito se iba apagando, la gravedad me regalaba un viaje directo al suelo. Estaba agotado. No tenía fuerzas para seguir enojado. Me dejé caer de costado. Y empecé a llorar. No sé por qué. Pero simplemente lo hice. Lo necesitaba y me estaba haciendo bien.
Escupí a un costado y la saliva tenía dejos de un espeso verde amarronado. El estómago volvió a molestarse e intentó vomitar. Pero lo frené y mientras me quejaba por cada movimiento logré levantarme. Sentía las piernas flojas y duras al mismo tiempo.
Usé el antebrazo para tapar al sol y ver un poco más allá. La vista seguía algo nublada, pero quería irme de ahí y necesitaba buscar algún lugar seco y cómodo. Necesitaba estar tirado para no presionar ningún área sensible y liberarme un poco de todos los dolores. O al menos de alguno.
Empecé a caminar sin rumbo. Los primeros pasos fueron insoportables, pero la acción de caminar se fue volviendo cada vez más fácil, a pesar de los dolores parecía sencillo caminar. Relojié el paisaje buscando a dónde podía ir, pero sin pensarlo ya estaba enfilando a un pequeño monte de árboles. Era ideal para protegerme del viento.
El suelo estaba inestable y ocupaba toda mi atención al caminar. Cada cinco o seis pasos frenaba para relajar los músculos y le dedicaba unos segundos al cielo. Estaba cubierto de nubes grises bastante claras. En algunos lugares se agolpaban lo suficiente para que el gris se transforme en casi negro. Eran pocos los espacios en donde el celeste del cielo se dejaba ver. Desde donde estaba naciendo el sol estaba todo bastante despejado.
Los árboles resultaron estar más lejos de lo que esperaba. Las piernas me empezaban a molestar y sentía pequeños calambres, pero quería llegar. Todo ese peso líquido que me sumaba la ropa mojada no me ayudaba en nada a la travesía. Y cada tanto el viento se hacía presente y me recordaba el frío insoportable del cual me había olvidado. Los últimos metros parecían interminables. Lo único que lograba aliviarme era el sol. Era casi imperceptible, pero podía sentir el calor en la cara y en las manos. Era agradable. Me hacía sentir bien.
Llegué cansado y muy adolorido. Las piernas me pedían que las deje descansar y busqué rápidamente dónde yacer. Había varias ramas y troncos tirados. Me acerqué al más cercano, y con movimientos toscos pero lentos fui sentándome. Al soltar el peso del cuerpo el tronco se rompió y apareció una sensación de caída al vacío. Rápidamente intenté sostenerme de cualquier cosa y agarré la primer rama que pude. Y sin querer apreté una espina que me atravesó la mano en ese espacio carnoso entre los dedos índice y pulgar. Me nació un grito gutural y sordo mientras seguía en caída libre al suelo. Abrí la mano, pero la espina seguía clavada ahí junto con un pedazo de rama.
Sentía un dolor punzante y categóricamente superior a cualquier otro que recuerde. Ya no me importaba la panza o la cabeza. Tampoco el golpe en la cintura al chocar contra el suelo y el tronco. Sentía en la mano un ardor profundo y electrificante.
Me senté rápidamente y me miré la herida. Varios hilos de sangre salían de ambos lados de la palma. El mundo se aceleró de golpe, la respiración no sólo me agitaba el pecho, los pensamientos iban a la velocidad del sonido y no lograban encadenar una idea. Tenía que relajarme.
Algo me decía que sacar la espina era la única forma de terminar con el dolor. Aunque también me decía que iba a ser doloroso. Casi tanto como cuando se incrustó.
Por un segundo no sentí la cabeza, ni el estómago. Tampoco el frío, ni las piernas, ni ningún otro músculo. Por un segundo no sentí siquiera el dolor de la mano, toda mi atención se enfocaba en el futuro dolor que iba a sentir cuando tenga que sacar la espina. La tocaba para entender con qué lidiaba, y cual sería la forma menos dolorosa para sacarla. Pero por cada movimiento sentía un pinchazo eléctrico en la mano que me recorría hasta el codo.
La espina era enorme, casi tan larga como el pulgar y la punta tenía un filo increíble. Revisé toda la situación varias veces y no había muchas opciones, era lento o rápido. Contuve todo el aire que pude.
Y empecé. Despacio.
A medida que salía iba padeciendo cada milímetro de forma exponencial. Dudé de seguir, el dolor iba en aumento y apenas adelanté medio centímetro. Me faltaban tres más. Seguir lento significaba que el dolor vaya en aumento por mucho tiempo más. Sabía que la respuesta era hacerlo rápido. Lo sabía desde un principio. Pero no quería hacerlo. Ya el dolor era bastante y…
Le pegué un tirón sin pensarlo y la terminé de sacar, escapando consigo muchísima sangre. El dolor era atroz. Grité. Por una fracción de segundo algo del grito interrumpió el dolor y me apreté la mandíbula muy fuerte, pero enseguida el recuerdo punzante y la sensación aguda de la herida abierta volvió a tomar protagonismo.
Tapé la herida con la boca para que deje de sangrar y de paso limpiar el barro. La sangre no paraba de salir y se sentía dulce, el barro era bastante más amargo. Me senté en el suelo cuidando de no clavarme nada. Todavía estaba sosteniendo la espina. La miré con desprecio y la tiré. El dolor ya no era tan constante y me permitía sentir algunos otros dolores de los que ya me había olvidado. Como los de la cabeza y el estómago. Quería estar bien y se me estaba poniendo difícil.
Me desperté con frío. Muchísimo frío.
Sentía el cuerpo helado y se movía por cuenta propia tratando de buscar algo de calor, aunque sea ínfimo. Por cada contracción muscular aparecía un dolor agudo que me hacía olvidar el frío y me obligaba a morder con fuerza. Mi cuerpo actuaba solo. Yo simplemente sentía, no podía controlar nada, me movía por impulsos y reacciones.
Me sentía mojado. Todo el costado derecho estaba tieso por el frío y la humedad. Intenté moverme, pero sentía cómo el agua se colaba entre los pliegues del pantalón y llegaba a la piel. Congelando aún más la zona.
Intenté abrir los ojos, pero la claridad de la mañana me aniquiló de un rayo y lo único que pude ver fue el blanco. Los tuve que cerrar con fuerza por el dolor de cabeza que me provocó. Quería ver algo, donde estaba. Fui abriéndolos despacio. Intentando ver de a poco, no sé, algo.
Veía todo borroso, pero pude entender que estaba acostado en un charco de agua y barro. Apreté las manos y las volví a estirar. Las necesitaba funcionales, sentía que las iba a necesitar pronto y quería que se vayan preparando. Las piernas resultaron estar muchísimo más dormidas y doloridas. Moví el cuello intentando poner la cabeza en horizontal y al enfocar un poco más la vista alcancé a ver pastos bastante altos.
Un suave viento se hizo presente y los pastos se golpeaban unos con otros dejando escuchar la brisa. Estiré los dedos y apoyé la mano izquierda en el suelo. Se hundió en el barro hasta la muñeca, pero frenó en donde había una piedra, o tal vez tierra más dura. En un acto de esfuerzo impresionante pude reclinarme un poco y fue cuando noté que el pasto no estaba tan alto realmente. Tirado en el suelo todo parecía alto.
Me acomodé un poco más y me vi el jean que estaba totalmente mojado y lleno de barro. La campera zafaba un poco más, estaba embarrada de un sólo lado y al ser de cuero se bancaba mejor la humedad. El pecho lo tenía empapado, pero la humedad era pegajosa, parecía que era simplemente transpiración.
Pasó otro viento más fresco que el primero y sentí como me atravesó dejando un escalofríos insoportable. Me apreté fuerte el pecho y miré para los costados. Cuando me encontré con el sol de frente me enceguecí de nuevo. El dolor de cabeza se hizo presente por segunda vez y esta vez fue mucho más profundo y aniquilador que la primera. Me obligó a cerrar los ojos y me dieron ganas de vomitar. Aunque algo me decía que no lo haga. Sentía en la boca un gusto ácido y amargo. Ese algo me decía que no estaba bueno sumarle el gusto del vómito.
Me refregué los ojos con los dedos y el barro me raspó los párpados. Me limpié los nudillos con la camisa y con un poco más de esfuerzo estiré algo de la misma para limpiarme la vista. Me concentré tratando de no sentir por un instante el dolor de cabeza y ubicarme en dónde estaba. La vista seguía algo nublada, y hasta donde llegaba a ver sólo habían pastos hasta la rodilla y algún que otro árbol a unos cuantos metros. No había nada que me resulte conocido. Pero nada me resultaba extraño tampoco.
Me acomodé en cuclillas sintiendo la pesadez de cada movimiento. Todo me dolía. Las piernas, la cintura, la espalda, los brazos, el cuello, la cabeza, la panza. La sensación de vómito había dejado develado un malestar estomacal que se hacía más irritante segundo a segundo. No entendía, pero tampoco buscaba ninguna respuesta, sólo quería que se pasen todos los dolores. Todo me dolía y necesitaba salir del charco.