Algunas de las cosas que se me ocurren

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Más Allá del Tiempo

Recorrés cientos de vidas,

imaginadas en un recuerdo,

mientras construís un paisaje azul,

ideal y placentero.

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Te acobardás al escuchar el silencio,

te deja sin habla, y sin aroma,

sin sentir más allá de lo que ves,

su infinidad de colores en un sólo idioma.

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Pero por alguna razón,

soltás,

y en algún momento,

saltás.

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Muchas veces para intentar volar,

otras para sentir la caída,

tan aterradora como real,

sabiendo que dejará una herida.

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Catapultando el alma al aire,

dejándola caer en algún cielo,

para no fotografiarla nunca,

y que sea admirada sin celo.

Dioses Sin Sus Destinos

Contuviste las lágrimas.

Nunca fuiste de demostrar tus sentimientos.

Preferías guardarlos y no romper con el mandato.

Ese egoísmo insoportable era una jaula en la que siempre confiaste.

Y lo vas a seguir haciendo.

Una y otra vez te vas a justificar, aunque tu reflejo sea por siempre tu peor enemigo.

Sabiendo que con una lágrima te amigarías con él.

Pero la mentira para vos es más fácil, más dulce.

Poética.

Es crear un sueño.

Algo que no existe.

Y muchas veces necesitás que exista.

Aunque sea mentira.

Para que esa lágrima siga ahí.

Pase lo que pase.

Porque tu egoísmo y falta de aceptar el cambio te bloquean.

Y no te permitís otra cosa, más que tener la razón.

La satisfacción de tener razón, por sobre la razón.

Y tu verdad se transforma en tu realidad.

Porque no vas a dejar que una simple lágrima te cambie.

Y sabés…

… que de alguna manera, esa lágrima va a caer.

… que en algún momento, esa lágrima va a explotar.

Y no te va a quedar otra que amigarte con tu espejo.

Porque él no es más que lo que sos, pero sin la necesidad de ser.

Un destino creado por vos mismo.

Para verte y sentirte.

Y deleitar a tu alma con una representación casi perfecta.

Un alter ego que no necesita de la vida para existir.

Y sin embargo tiene más poder que muchos mortales.

Transformándose en un Dios intocable.

En la sensación de llegar el cielo.

De contemplar lo invisible.

De imaginar un sueño.

Regalándole personalidad a un reflejo.

Un nombre y una existencia.

Y sin embargo le temés.

Le escribís su destino dos días antes.

Sabiendo que también es el tuyo.

Y construís el peor escenario.

Conteniendo el dolor y la angustia por el placer del mandato.

Rogando que algo cambie.

Y nada cambiará mientras esa lágrima siga cautiva.

Y seguirá así por mucho tiempo.

Porque a la felicidad la vas a tener que ir a buscar.

Moviéndote.

Activando.

Cambiando.

Vos.

Y a ese Dios.

Atómicamente Eternos

Dos átomos, divisibles, pero con una potencia latente en sus núcleos.

Cada uno con un escudo eléctrico, negativo, invisible y atómicamente a una distancia impresionante del centro.

Y vacío. Eterno y simple vacío.

Sus propias fuerzas no permiten acercarse más allá del escudo.

No permiten entrar en el vacío interno.

No permiten llegar a sus núcleos. A sus positivos.

El escudo invisible de negatividad condena a ese núcleo a protegerse y vivir en soledad. A esconder sus deseos y guardarlos sin intenciones.

Dos átomos se vuelven eternos danzando sin separarse de cierta distancia, atómicamente eterna y soñando que nunca lleguen a sus núcleos.

El Día que el Cielo se Volvió Violeta

Estaba aletargada, envuelta en suspiros. Y se mecía de un lado al otro.

Pasaron varias lunas hasta que por fin pudo abrir los ojos y encontrar una inspiración para hacerlo. Sus días no completaban las horas por miedo a perder alguna. Y así y todo, recitaba con dulzura y tinto los pesares que le apretaban la respiración. Pero respiraba, porque era todo lo que sabía hacer.

Se mecía de un lado al otro, y buscaba completarse.

Abrió el libro y arrancó las últimas dos hojas. No quería conocer el final. Nunca se preparó para ello y se negaba a aceptarlo.

Contaba los colores en el arcoíris, inventaba nuevos y olvidaba los que ya había inventado. Azul, celeste, turquesa, marfil, ceniza, llanto, amarillo, verduzco, azul, granizo y violeta.

El canto la contorneaba, la espiralaba, y se mecía de un lado al otro.

Llanto, dolor y pena,

sólo el hambre las supera,

la agonía de estar vivo,

y el silencio de un amigo.

Ventriloquía

Ventana a un olvido

Que recuerda un pasado

Desprendido y encontrado

Que no deja respiro

Sin antes haber oído

El eterno desengaño

[…]

“Seamos dos”, dijo una bruja

Que en su cielo ella dibuja

Sin sentido y sin abrigo

Sintiendo su ser querido

Y cumpliendo en su destino

Tan frágil como una burbuja

Hechizada

Se levantó.

Mirando al cielo.

Aturdida.

Complejizando.

Describiéndose como un error.

Algo que no debería ser.

Pero que es y está.

Apretó las uñas.

Tan profundo.

Buscando.

Respondiendo.

Despertándose un segundo.

De una falsa realidad.

Que no distingue.

Cerró los ojos.

Despacio y sin ruido.

Descansando.

Casi durmiendo.

Simulando que está todo bien.

Cuando sabe que no.

Pero que fluya.

De Circos & Cirqueros

– Y dime, ¿Hasta cuándo tendré que soportar tus atrevimientos?

Las venas de su muñeca se trenzaron como ríos. Su tensión se podía medir en onzas. Su ojo izquierdo se retorció y lo cerró enseguida.

Recordaba sus épocas de inexperto, y cómo pagaba por sus errores. “Si tan solo hubieses nacido en mis dorados veinte…”, rezaba por dentro.

– Ven muchacho. Así es el sistema. Lo entenderás mejor de grande. Ve a jugar y olvídate por un segundo de que las cosas están mal.

El viejo se guardó todas sus emociones y las terminó canalizando en pequeñas supernovas de Alplax.

Bendijo una vez más al muchacho y se marchó.

Esperando nunca más volver a verlo.

Y así fue.

Por Siempre

“No te veo hace tiempo, pero sé que estás bien. De alguna u otra manera lo sé. Tal vez sea esa briza que me acompaña, o ese amargo final de saber que no volveré a verte aunque sepa que estés bien”.

El motor se encendió y sus mechones blancos se sacudieron por debajo del casco. La navaja cayó al suelo. Ella sabía que era en vano, pero sin embargo la dejó tirada ahí, junto a su última lágrima.

“Por siempre.”, dijo y aceleró. El reflejo de la hoja recorrió por horas el camino de luces que dejaba la motocicleta.

Años más tarde, una nueva lágrima formó un huracán en sus manos. Olvidando el recuerdo de la navaja. Por siempre.

Riendo y Jugando

“¡Y que sea la última vez!”, le gritó. Estaba enojado y muy molesto. La sopa le había salido pésima y se la agarraba con el pibe por una macana que se había mandado.

“Eso es proyectar”, se dijo así mismo mientras veía las lágrimas del pibe. Hasta donde él sabía, no quedaban dudas de que un vaso roto no significaba tanto escarmiento.

“Pero si me hubiese pasado a mí de chico, hasta con el cinturón me daban”, se justificaba. Una y otra vez justificaba cada una de sus acciones, y sin embargo eso le hacía pensar.

“Soy mejor que mis viejos”, se repetía. Pero no le gustaba esa frase.

“Yo no soy mis viejos”, esgrimía para adentro mientras veía caminar al pibe directo a su pieza sin comer.

“¡Concha!”, y dejó de pensar por un rato. Pidió una pizza de puerros y palmitos. Esa que más le gusta al pibe, y se la llevó a la pieza con un vaso de coca.

“Que no se entere tu madre”, le dijo mientras le guiñaba el ojo. El pibe entendía mejor que nadie que esa era su peculiar forma de pedir perdón.

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